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EL COMIENZO DEL MINISTERIO DE JESÚS Imprimir E-Mail
Escrito por Impacto2   
martes, 22 de diciembre de 2009
Jsús en GalileaJESÚS EN GALILEA

1. Jesús sale de Judea (Mateo 4:12; Marcos 1:14a; Lucas 4:14, 15). El ministerio de Jesús comenzó en Judea. El cuarto evangelio describe sus contactos con los primeros discípulos, la primera vez que purificó el templo y la conversación con Nicodemo (Juan 1-3). Jesús no pasó a Galilea cuando le ministró a la samaritana.

¿Por qué no mencionan los sinópticos su ministerio en el sur? Tal vez la respuesta a esta pregunta se halla en la importancia que estos tres evangelistas le dan al hecho de que Juan fue encarcelado y después Jesús comenzó sus actividades en el norte (Mateo 4:12). Parece que consideraron que este período de Judea se relacionaba más con los últimos meses del ministerio de Juan que con el ministerio de Jesús. Después que terminó la misión de Juan, empezó la misión especial de Cristo.

En los primeros tiempos del ministerio de Juan, gran cantidad de gente salió conmovida al escucharlo y recibir su bautismo. Jesús mismo fue bautizado, y Juan señaló que era el “Cordero de Dios”. En cambio, los líderes religiosos no aceptaron el mensaje de Juan y demandaron de Jesús una señal de su autoridad para purificar el templo. El entusiasmo del pueblo suele enfriarse pronto, por lo que se les endureció de nuevo el corazón.
Su arrepentimiento había sido superficial y de corta vida. Por ello el rey Herodes, consideró que ya no había peligro en detener a Juan y encarcelarlo. Jerusalén habría de rechazar al Rey. Si su precursor recibía este trato, ¿qué podía esperar del Mesías? Fue entonces cuando Jesús se retiró a Galilea, región donde los fariseos y saduceos tenían menos influencia.

De las cuatro provincias de palestina, la zona llamada Galilea es la más bella, la más productiva y la más septentrional. No es muy grande; tiene unos cien kilómetros de norte a sur y unos cincuenta de este a oeste. Está bordeada al este por el Jordán y el mar de Galilea, y la separa del Mediterráneo la llanura sirofenicia. Su topografía es accidentada, ya que es una alta meseta de la cual se elevan varios cerros. La cuneca del mar de Galilea es fertilísima; en tiempos de Cristo había en ellas muchas ciudades y estaba densamente poblada. Galilea fue la tierra donde creció Jesús y constituyó su primer campo misionero. Antes de la última semana de la vida terrenal de Jesús, la mayoría de los relatos de los evangelios se sitúan en los alrededores del mar de Galilea.

Los habitantes de Judea, y especialmente de Jerusalén, menospreciaban a los galileos. Consideraban bárbara hasta la manera de hablar de los norteños, y la región recibía el título de “Galilea de los gentiles”, en parte por la gran cantidad de personas de sangre mezclada que vivían allí. Sin embargo, la Galilea le presentó a Jesús grandes oportunidades para proclamar las buenas nuevas. “Las multitudes eran perspicaces, despiertas e inteligentes… Allí también Jesús podría reunir un grupo numeroso de seguidores antes de volver a ofrecerse en Jerusalén a la nación como el Mesías prometido”.

En el ministerio del Señor en Galilea se destacan tres características: su actividad consiste mayormente en la enseñanza pública; se manifiesta en forma extraordinaria el poder del Espíritu Santo a través de sus milagros, y Jesús es glorificado por todos. Por esto, la noticia de lo que está haciendo se esparce con rapidez en todas direcciones (Lucas 4:14, 15).
2. Jesús es rechazado en Nazaret (Lucas 4:16-30; Mateo 13:53-58; Marcos 6:1-6). El primer sermón del Señor que se menciona en los evangelios sinópticos fue predicado en Nazaret. Lucas lo ubica al principio de su relato sobre el ministerio público del Señor, probablemente porque consideró que en éste se presentaban la misión de Jesús y la reacción de los judíos ante su mensaje. Jesús era el Ungido de Dios, que llevaría la salvación no solamente a los judíos, sino a todos los que creyeran en Él. También el intento de los habitantes de Nazaret por matarlo presagiaba el final violento de Cristo.

Jesús vuelve a la ciudad donde se había criado y donde todo el mundo lo conoce. Esto nos señala la obligación de predicar el evangelio no sólo a las personas que no son extrañas, sino también a aquellas que están relacionadas íntimamente con nosotros. A veces no es fácil testificar ante parientes y amigos íntimos, especialmente si no están dispuestos a aceptar la salvación ofrecida por Cristo. Sin embargo, el Espíritu puede capacitarnos para tener éxito aun entre aquellas personas que nos sean más difíciles de alcanzar.

Lucas arroja luz sobre la vida religiosa de Jesús: “Entró en la sinagoga conforme a su costumbre”. Las sinagogas eran lugares de reunión. Se oraba, se leían las Escrituras y después se explicaban. El templo continuaba siendo el centro religioso de toda la nación y el único lugar donde se podían ofrecer sacrificios. Aunque los que se reunían en la sinagoga eran, sin duda, imperfectos y apegados al formalismo, no por ello Jesús dejaba de asistir a las reuniones. Al igual que Jesús, debemos desarrollar la buena costumbre de asistir fielmente a las reuniones de oración y a los estudios bíblicos.
Las noticias sobre el ministerio de Jesús lo habían precedido en Nazaret. La sinagoga estaba llena de parientes, viejos amigos y conocidos de Jesús. Todos ansiaban oírlo, puesto que su fama los había alcanzado. Puesto que las sinagogas no tenían predicadores ni maestros oficiales, se permitía que cualquier varón competente dictara la lección del día. Sin embargo, el principal de la sinagoga solía escoger al lector entre los hombres más jóvenes. Por esto, cuando Jesús se puso de pie indicando su deseo de leer, le fue permitido hacerlo.

Entonces eligió una porción tomada del libro de Isaías (Isaías 61:1, 2; 58:6) y afirmó a continuación que este pasaje se cumplía en su persona. En otras palabras, dijo que Él era el Mesías tan largamente esperado. Notemos los aspectos del ministerio mesiánico.

a) Un ministerio ungido. “El Espíritu del Señor está sobre mí”. La misma palabra “Mesías”, en griego “Cristo”, significa “Ungido”. Jesús realizó la obra de Dios por el poder del Espíritu Santo. Cuando comenzó su ministerio, dejó de usar su propio poder divino. En su lugar, usó el poder que se halla a disposición de todos los creyentes.

b) Un ministerio de evangelización de los pobres, es decir, de los que sufren por su pobreza, tanto física como espiritual. Los fariseos, saduceos y esenios menospreciaban a la gente humilde y sencilla. Enseñaban que todo aquel que contaba con la aprobación de Dios era próspero. Sin embargo, los pobres luchaban bajo un severo sistema de impuestos y a menudo padecían hambre y enfermedades. Jesús vino para ministrar a sus necesidades más profundas.

c) Un ministerio de sanidad y liberación. El Señor sanó por el poder del Espíritu a los abrumados por aflicciones de la mente y del corazón.

d) Un ministerio de libertad para los cautivos. Satanás es el carcelero, mientras que el pecado es la cadena. El maligno “mantiene cautivos a los hombres sin darles esperanza alguna de escaparse por sus propios esfuerzos”. Jesús es quien ata al “hombre fuerte” y pone en libertad a sus prisioneros (Mateo 12:29).

e) Un ministerio que les da la vista, tanto física como espiritual, a los ciegos. La frase “vista a los ciegos” es traducción de la Versión de los Sesenta, pero la expresión del texto hebreo es “abrir la prisión a los encadenados”. Es posible que llame “ciegos” a los cautivos “encadenados” en la oscuridad de las mazmorras. Estos recuperan la vista al salir de esa oscuridad.

f) Un ministerio que inaugura la era de la salvación. El “año agradable del Señor” es probablemente una referencia al cumplimiento espiritual del año de jubileo (Levítico 25:8-22). Este año era siempre el año quincuagésimo que seguía a cada séptimo año sabático. En éste se proclamaba la libertad de los esclavos; se devolvía la tierra a sus propietarios originales y se concedía una amnistía general a los que tenían deudas. Las bendiciones prometidas a los antiguos israelitas son símbolo de una liberación aún mayor.

La idea que presenta el pasaje de Isaías es que el pecado empobrece, entristece, hace cautivo, esclaviza, ciega y oprime al hombre. En cambio, el Ungido es el evangelizador, sanador, libertador, revelador y restaurador. Jesús se detuvo en la parte que dice “a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová”, pues la frase siguiente, que dice “y el día de venganza del Dios nuestro”, se refiere a su segunda venida.

Cuando Jesús afirmó que en aquel día se había cumplido esta Escritura, los habitantes de Nazaret se maravillaron de sus palabras tan llenas de gracia. Sin embargo, muy pronto su actitud cambió. No podían creer que Jesús fuera el Mesías. Decían: “¿No es éste el hijo de José?” Es como si dijeran: “¿Acaso no es este hombre nuestro vecino, el carpintero?” Además, se desilusionaron porque no obró milagros para satisfacer su curiosidad (Mateo 15:38).

El Señor los oyó y les contestó sacando a la luz lo que albergaban en su mente. El refrán “Médico, cúrate a ti mismo” significa: “Demuéstranos que eres el Mesías, haciendo aquí los milagros que hemos oído que has hecho en Capernaum”. Cristo señala mediante otro refrán que sus antiguos vecinos, los cuales habrían debido ser los primeros que creyeran en Él, no lo creen; pero eso no es nuevo. Elías y Eliseo, los profetas más poderosos de Israel, habían encontrado en el pueblo una incredulidad semejante a la de Nazaret, y en cambio habían obrado grandes milagros entre los gentiles (1 Reyes 17:8-16; 2 Reyes 5:1-14). Se trata de una advertencia: si Israel rechaza a los que Dios les envía, entonces Él los enviará a los gentiles. Dios conceda su misericordia con generosidad, sin hacer acepción de razas.

Los que escuchaban en la sinagoga se llenaron de ira y trataron de matar a Jesús, pero Él pasó ileso por medio de ellos. Es probable que la dignidad moral del Señor los avergonzara. De todos modos, no había llegado la hora de su muerte, y hasta ese momento sería inmortal (véase Juan 7:30).

Si los relatos de Mateo y Marcos sobre la visita de Jesús a Nazaret se refieren al mismo episodio narrado por Lucas, entonces sabemos que Jesús jamás volvió a aquella ciudad. Esto nos enseña que la paciencia divina tiene sus límites, y que el rechazo puede ser fatal.
 

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