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CUANDO SE SECA EL ARROYO Imprimir E-Mail
Escrito por Impacto2   
miércoles, 17 de febrero de 2010
Rev. Gustavo Martínez GaravitoPor: Rev. Gustavo Martínez Garavito, Presidente Internacional del M. M. M.

“Entonces Elías tisbita, que era de los moradores de Galaad, dijo a Acab: Vive Jehová Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra. Y vino a él palabra de Jehová, diciendo: Apártate de aquí, y vuélvete al oriente, y escóndete en el arroyo de Querit, que está frente al Jordán. Beberás del arroyo; y yo he mandado a los cuervos que te den allí de comer. Y él fue e hizo conforme a la palabra de Jehová; pues se fue y vivió junto al arroyo de Querit, que está frente al Jordán. Y los cuervos le traían pan y carne por la mañana, y pan y carne por la tarde; y bebía del arroyo. Pasados algunos días, se secó el arroyo, porque no había llovido sobre la tierra”, 1 Reyes 17:1-7.

Al leer estos versos de la Palabra de nuestro Dios, uno trata de meditar y a la vez de imaginar el ambiente en el cual Dios sometió al profeta Elías, un ambiente de mucha presión, un ambiente hostil, uno muy difícil. Pero Dios, que conoce el futuro y el presente de cada persona, sabía que era necesario pasar al profeta por estas etapas dentro del proceso de formación para cumplir ese propósito por el cual Dios había levantado a Elías.

En el plan de Dios hay muchas sorpresas y hasta misterios que nos sorprenden y quedamos maravillados y sin respuestas, y muchas veces sin entenderlos. Dios utiliza cualquier circunstancia dentro de sus planes en la formación de un hombre. Dios utiliza las personas y las circunstancias, utiliza la familia, los amigos y aún los que no son amigos, y a otras muchas personas en nuestra preparación para que podamos llegar y dar una medida al servicio del Señor como Él requiere.

En 1 Reyes 17:3-4, leemos: “Apártate de aquí, y vuélvete al oriente, y escóndete en el arroyo de Querit, que está frente al Jordán. Beberás del arroyo; y yo he mandado a los cuervos que te den allí de comer”; podemos ver cosas importantes con las que Dios trabaja y perfecciona la vida de un hombre ¿Por qué el Señor saca a Elías de la comodidad de la ciudad? Puesto que era una persona muy conocida, con fama y respeto, pero Dios le da un mensaje para que lo lleve al Rey Acab, un mensaje sencillo, corto, pero muy comprometedor porque no le está anunciando victorias, no le habla de prosperidad -que es lo que hubiese querido oír Acab- y tal vez muchas personas deseen oír estos mensajes, mensajes que los exalten, que levanten su ánimo y su ego, mensajes de prosperidad y victorias y de cosas extraordinarias.

El Señor le da el mensaje para que lo comunique a Acab, mensaje que decía que no llovería, que no habría lluvia ni rocío en años, no en una semana ni un mes ni dos meses, sino en años; y sabemos que la sequía duró más de tres años en Israel. Elías dijo a Acab: “Vive Jehová Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra”, 1 Reyes 17:1. Así como Dios utilizó a este hombre para anunciar la sequía, lo utilizaría para que volviera a llover.

Este mensaje despertó furia e ira en Acab y se sentía impotente para atacar al profeta, pero después de pensarlo usted ve que Acab mandó a buscar al profeta por todos los rincones y por todos los lugares por lo cual Dios ordena a Elías a esconderse en el arroyo de Querit; primero es para ser librado de la persecución de Acab; y segundo para enseñar al profeta a depender de Dios en sus necesidades diarias. “Y él fue e hizo conforme a la palabra de Jehová; pues se fue y vivió junto al arroyo de Querit, que está frente al Jordán” (1 Reyes 17:5).

Elías era un hombre obediente, sumiso, respetuoso, entendido de lo que es la voz y la Palabra de Dios, que no debe contradecirse, posponerse, sino que debe obedecerse y acatarse tal como Él lo dice. Obedeció e hizo conforme a la Palabra de Jehová, si hay algo difícil es hacer las cosas conforme se nos ordena. El hombre prefiere hacer las cosas a su manera, pero no de la manera que le ordena Dios. Pero el profeta obedeció e hizo conforme a la Palabra de Jehová. Si hay algo que Dios toma en cuenta es cuando se hace conforme su voluntad; Él se da cuenta y procura se haga conforme lo ha ordenado porque se puede obedecer, pero hacerlo a su manera y no a la manera de nuestro Dios.

Los hombres de Dios no se deben maravillar por lo que en un momento dado Dios pueda hacer con ellos en un lugar. Esto no es lo que hace admirable al hombre de Dios. Es su conducta, son sus acciones lo que hace admirable a una persona, es esa sencillez, esa madurez, esa sensatez para actuar en los momentos difíciles, en los momentos adversos, es su actitud para obedecer, para atender la voz de Dios. Es ahí donde se sabe quién es quién. ¿Cómo actúa esa misma persona en sus momentos de crisis? ¿Cómo actúa frente a la prueba, frente a la crítica, a la aflicción, en aquellas áreas donde parece que Dios no estuviera?

¿Acaso mantiene esa misma calma, sabe callar cuando hay que callar; es prudente cuando actúa, murmura, trata de pasar a los demás por su misma amargura a través de lo que está moviéndose dentro de su corazón? Ahí es donde como oyentes y como personas tenemos que medir su trayectoria; y cómo ha actuado cuando hay admiración o desprecio, cuando hay críticas o cuando se está atravesando por un desierto. Es ahí donde se sabe la calidad de cada profeta, de cada predicador, de cada hombre de Dios; porque en los momentos de euforia cuando todo está bien, todos respondemos bien. Cuando no respondemos bien es “cuando se seca el arroyo”.

Es ahí donde fallamos, donde decimos quiénes somos y qué trato de Dios hemos tenido, a quién creemos, si esta Palabra la estudiamos para aplicársela a otros, pero no para nosotros en los momentos difíciles. ¿Cómo reaccionaría si le dijera Dios: deje todo y retírese un tiempo, escóndase donde nadie lo conozca, deje sus cargos y responsabilidades y siéntese atrás? ¿Cuál sería su actitud? ¿Vendría de la misma manera, ofrendaría con el mismo gozo? Porque si el motor que nos mueve es el motor de los cargos, de los nombramientos, entonces somos dignos de conmiseración, dignos de lástima. Lo que nos debe mover es el amor de Cristo, es el amor a su obra redentora.

Debemos estar dispuestos a servir a Dios tanto en la multitud como en el desierto. Debemos aprender a aceptar las cosas dentro de la voluntad de Dios, aceptando Su soberanía. Cuando nos acostumbramos a cargos y de pronto no los tenemos, pensamos ¿qué pasó? ¿Acaso no dice la Palabra que iremos de poder en poder? Cuando pensamos lo que pudo significar para Elías el que Dios le dijera vete, escóndete (dejar de ser reconocido para agradar a Dios), Elías tuvo la misma disposición que cuando llevó el mensaje a Acab al palacio, no se le ve que se haya restado su ánimo ni amargado por las pruebas, vemos un hombre sereno y tranquilo, capaz de dominar las circunstancias, sirviendo a Dios de la misma manera.

Dios puede suplir, dar, guardar, sanar, salvar, libertar y dar vida; pero también Dios puede reservarse el derecho de no hacerlo. Aceptamos y declaramos que Dios es sanador, pero Él puede decidir no obrar. Aceptamos todas las cosas que Dios puede hacer, pero no aceptamos las que no quiere hacer. Él espera que le sigamos viendo igual, aceptando su soberanía, no desubicándonos espiritualmente y para ello tenemos que confiar en Dios, conocerle y esperar en Él. Si la voluntad de Dios es que esté frente a multitudes o en un desierto, mi sentir debe ser el mismo. Tenemos que aceptar su soberanía, aceptar la voluntad de Dios para no amargarnos.

Job, un hombre que conocía en verdad a Dios, no lo veía como en un momento de emoción. ¿Cuál fue la actitud de este hombre ante tanta adversidad? Job adoró a Dios y retuvo su integridad. Siempre hablaba de la bondad de Dios y no pecó. Decía Job: “De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven” (Job 42:5), después de salir del crisol le dice a Dios: ahora siento tu gloria, ahora veo que Tú eres Dios eternamente y para siempre. Cuando se está triste uno no adora, llora, se aflige, se sienta y se queja. Conocemos la prueba que enfrentó Job, la diferencia era que Job conocía a Dios.

Job dijo: “Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito” (Job 1:21). Pero su mujer, que carecía de una experiencia con Dios y era menos espiritual, dijo: “Maldice a Dios, y muérete” (Job 2:9). Una persona que ha tenido un encuentro con Dios no se expresa de esta manera, una persona así necesita tener un encuentro real con Dios; porque los encuentros con Dios nos cambian, nos hacen dóciles, nos transforman, nos sensibilizan, nos santifican, nos hacen buenos cristianos. Un hombre de Dios no anda hablando despropósitos, no anda sembrando cizaña, criticando, ni anda quejándose.

Dios tiene derecho a bendecirnos, como decidir no bendecirnos. Como buenos cristianos debemos aprender a aceptar la soberanía de Dios, así como Job la aceptó. En ocasiones Dios nos mete en el crisol para que seamos oro puro, para que seamos verdaderos hombres y mujeres de Dios. El Señor permite la adversidad en nuestras vidas, no para destruirnos sino para que tengamos un conocimiento más amplio.

Dios quiere que tengamos un carácter fuerte y diferente; quiere hombres y mujeres que hagan las cosas según Él las ha ordenado. Dios quiere gente responsable, gente que acepte la soberanía de Dios, quiere que tengamos un encuentro con su gloria. Dios solamente quiere verdaderos discípulos que sigan adelante aun “cuando se seca el arroyo”.
 

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