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Devocionales
01 de Abril del 2011

El Espíritu Santo y la evangelización

 

Y estando juntos,les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días…


  • El Espíritu Santo y la evangelización

 

Y estando juntos,les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días… pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra”, Hechos 1:4-5 y 8.

 

Si comparamos la acción de la Iglesia de hoy, su labor de evangelización en el mundo, con el crecimiento demográfico, con los adelantos de la ciencia moderna, y la proliferación de tantos cultos heréticos, veremos que la Iglesia no está marchando al ritmo acelerado con que todo se mueve en estos días del fin.

 

¿Podrá la iglesia de Jesucristo hoy día moverse con la premura y con la urgencia que estos días requiere? Si la iglesia de los primeros tiempos pudo hacerlo, creemos que la iglesia de hoy puede hacerlo. La iglesia comenzó con doce apóstoles; luego en el día de Pentecostés 120 fueron llenos del Espíritu Santo; en ese mismo día 3 mil almas fueron salvas, un poco más tarde 5 mil hombres fueron convertidos, no solo en Jerusalén, sino que también en Galacia, Macedonia, Acaya y Asia, multitudes eran salvas.

 

Hablando de este crecimiento, Pablo habló a los Colosenses que el Evangelio llegó a todo el mundo, aquel era un crecimiento continuo, leemos: “Así que las iglesias eran confirmadas en la fe, y aumentaban en número cada día”, Hechos 16:5.

 

¿Cuál fue el secreto del crecimiento fenomenal de la iglesia al principio? Existe una razón principalísima: El Espíritu Santo. Sí, el Espíritu Santo, obrando a través de vasos limpios, firmes, rendidos y obedientes. Muchos predicadores eran verdaderamente ungidos por el Espíritu Santo. Vemos a Pedro lleno de la unción del Espíritu Santo predicando un gran sermón en el día de Pentecostés, 3 mil almas fueron salvas; vemos a Pedro y a Juan llenos del poder del Espíritu Santo sanando al cojo que se sentaba a la puerta del templo, y 5 mil fueron salvos por este lugar.

 

Vemos a Pedro por la operación del don del Espíritu Santo, el don de la palabra de conocimiento, reprendiendo a Ananías y Safira por su engaño; como resultado los convertidos se afirmaron, los hipócritas se alejaron, y los que creían en el Señor se aumentaban en gran número, tanto hombres como mujeres. Vemos nuevamente a Pedro bajo la unción del Espíritu Santo predicando en casa de Cornelio, y el Espíritu Santo descendiendo, convirtiendo y bautizando a los gentiles. Le vemos también lleno del Espíritu Santo orando por Dorcas que había muerto y Dios devolviéndole la vida, y esto fue notorio en toda Jope, muchos creyeron en el Señor.

 

Vemos también al diácono “Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía prodigios y señales entre el pueblo” (Hechos 6:8), “su rostro como el rostro de un ángel” mientras predicaba (Hechos 6:15), y estando “lleno del Espíritu Santo, puesto los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios” (Hechos 7:55); la sangre del mártir Esteban fue la semilla que produjo al gran misionero y ganador de almas San Pablo.

 

Vemos también a otro diácono, “Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les predicaba a Cristo. Y la gente, unánime, escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía. Porque de muchos que tenían espíritus inmundos, salían éstos dando grandes voces; y muchos paralíticos y cojos eran sanados; así había gran gozo en aquella ciudad” se bautizaba hombres y mujeres (Hechos 8:5-8).

 

Vemos también a Bernabé, otro predicador, varón bueno, lleno del Espíritu Santo y de fe, mucha compañía fue agregada al Señor durante su ministerio. También está San Pablo, hombre erudito, cuyo ministerio excepcional y predicación no “fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu Santo y de poder” (1 Corintios 2:4). Que Pablo era un gran erudito, teólogo, un gran orador e intelectual; sabía que si él iba a lograr verdaderas conversiones de sus oyentes no sería haciendo gala de sus recursos humanos y dejando que el Espíritu Santo hiciere uso de él y de sus talentos.

 

Un gran predicador no es uno que predica bonito y florido, sino uno que predica y las almas se convierten a Cristo. El mismo Cristo para hacer la obra del Padre dijo: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor” (Lucas 4:18-19).

 

En la iglesia primitiva no solo los predicadores eran llenos del Espíritu Santo, sino que también los discípulos. “Ahora bien, los que habían sido esparcidos a causa de la persecución que hubo con motivo de Esteban, pasaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, no hablando a nadie la palabra, sino sólo a los judíos. Pero había entre ellos unos varones de Chipre y de Cirene, los cuales, cuando entraron en Antioquía, hablaron también a los griegos, anunciando el evangelio del Señor Jesús. Y la mano del Señor estaba con ellos, y gran número creyó y se convirtió al Señor. Llegó la noticia de estas cosas a oídos de la iglesia que estaba en Jerusalén; y enviaron a Bernabé que fuese hasta Antioquía. Este, cuando llegó, y vio la gracia de Dios, se regocijó, y exhortó a todos a que con propósito de corazón permaneciesen fieles al Señor” (Hechos 11:19-23). Hoy día, causa mucha pena ver predicadores que casi nada hacen, porque no le entregan una Iglesia para pastorear; pero en la Iglesia primitiva, aun los miembros de la Iglesia, predicaban y fundaban Iglesias.

 

En los días primitivos de la Iglesia, las Iglesias locales eran centros de evangelización y de fervor misionero, donde el ministerio del Espíritu Santo era tan real y evidente en la Iglesia de Antioquia donde estaban Bernabé, Saulo y otros. “Ministrando éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado. Entonces, habiendo ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron. Ellos, entonces, enviados por el Espíritu Santo, descendieron a Seleucia, y de allí navegaron a Chipre” (Hechos 13:2-4).

 

La labor misionera de esta Iglesia, lo cual fue tan notable, que fue precisamente aquí en Antioquia, donde los discípulos por primera vez fueron llamados “Cristianos”. A la iglesia en Tesalónica Pablo escribe: “Porque partiendo de vosotros ha sido divulgada la Palabra del Señor, no sólo en Macedonia y Acaya, sino que también en todo lugar vuestra fe en Dios se ha extendido…” (1 Tesalonicenses 1:8). Da lástima ver hoy en día iglesias que no salen de sus cuatro paredes, no realizan labor de evangelización en sus alrededores, ni respaldan financieramente la labor misionera en otros países, estas son iglesias que tiene nombre que viven, pero está muerta. En la iglesia primitiva, los dirigentes eran hombres llenos del Espíritu Santo, en quienes los dones espirituales, el Espíritu Santo estaban en operación.

 

Por esto, cuando un Ananías y Safira se confabularon para engañar a la Iglesia y al Pastor, Pedro, en este caso y con el don de la palabra de conocimiento en operación les dijo: “Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios. Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró. Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron. Y levantándose los jóvenes, lo envolvieron, y sacándolo, lo sepultaron. Pasado un lapso como de tres horas, sucedió que entró su mujer, no sabiendo lo que había acontecido. Entonces Pedro le dijo: Dime, ¿vendisteis en tanto la heredad? Y ella dijo: Sí, en tanto. Y Pedro le dijo: ¿Por qué convinisteis en tentar al Espíritu del Señor? He aquí a la puerta los pies de los que han sepultado a tu marido, y te sacarán a ti. Al instante ella cayó a los pies de él, y expiró; y cuando entraron los jóvenes, la hallaron muerta; y la sacaron, y la sepultaron junto a su marido. Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas” (Hechos 5:3-11).

 

Por eso, cuando los legalistas quisieron mezclar la ley y la gracia para que los cristianos guardasen la Ley y el sábado, etc., los dirigentes del primer concilio o convención cristiana en Jerusalén, con el Espíritu Santo, y con el don de la palabra de sabiduría dijeron: “Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias” (Hechos 15:28).

 

La Iglesia de Jesucristo en estos tiempos ha de moverse a ritmo acelerado. Estos tiempos tan peligrosos requieren, se hace urgente, que tengamos un poderoso derramamiento del Espíritu Santo; y que el Espíritu Santo sea una gloriosa realidad en cada corazón, en cada congregación, para que este mundo sea conmovido, sacudido hasta sus cimientos y las multitudes se tornen al Señor.

 

Amados, el ministerio glorioso del Espíritu Santo en toda su plenitud, es indispensable para el crecimiento de la Iglesia, para la evangelización del mundo, para el avance de la obra misionera y la conquista de millones de almas perdidas para Cristo. De razón el evangelista Evans Roberts constantemente enfatizaba y decía: “Obedece al Espíritu Santo, no contriste al Espíritu Santo, sea lleno del Espíritu Santo”. Con razón el gran evangelista Spurgeon oró diciendo: ¡Oh Dios, envíanos al Espíritu Santo, danos Señor tanto el aliento de una vida espiritual, como el fuego de un fervor incontrastable, hasta las naciones se rindan al dominio de Jesús; oh Dios nuestro, contéstanos con fuego te lo pedimos, contéstanos con el viento recio y con el impetuoso fuego, mándanos el fuego que enciende y mueva a muchos, mándanos el viento que agite el tranquilo mar mundanal donde el hermano ha lanzado su ancla de comodidad para que las olas se despierten y se ponga a trabajar. ¡Oh Espíritu de Dios, tú estás listo para trabajar con nosotros así como los estuviste ayer, comienza ahora Señor, rompe oh Dios toda barrera que impida la manifestación de tu poder, sopla oh divino viento del Espíritu de Dios, consume todo obstáculo con fuego celestial, danos ahora Señor corazones en llamas, lenguas de fuego para tu Palabra predicar por doquier”.

 

Si hermanos, que se encienda el fuego glorioso del Espíritu Santo en cada corazón, en cada oyente en estos instantes.

 

Amigo, si usted no es salvo, deje que el fuego del amor de Dios consuma todo el pecado; que el fuego del Espíritu Santo arda en su corazón y en su Iglesia, que únicamente con ese fuego podremos ya rotar las huestes del enemigo y rescatar las almas para Cristo. Amén.

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