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Literatura
11 de Diciembre del 2012

El triunfo del Crucificado

 

La historia de la salvación en el Nuevo Testamento analizada por el teólogo Erich Sauer, un tratado indispensable. El libro presenta en forma detallada la obra redentora del Hijo de Dios.

  • El triunfo del  Crucificado

 

El sentido más profundo del nombre de “Jesús” se encierra en la etimología de la palabra misma, que en su forma completa “Jehoshua” significa “El Señor es sal­vación”. Por ser el niño el Redentor del mundo, José había de darle el nombre de “Jesús”: “por­que él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1:21)... Así es que el nombre “Jesús” por sí solo declara el propósito por el cual el Redentor vino al mundo, y sirve como “índice de temas” que re­sume la historia de su actividad salvadora, sien­do a la vez su título, símbolo y lema.

 

“El triunfo del Crucificado”, célebre obra del ámbito evangélico, traza las líneas ge­nerales del desarrollo del plan divino de la redención en el Nuevo Testamento. Escrito por Erich Sauer, en 1937, este texto es im­prescindible para el pueblo cristiano debi­do a que aproxima a tres puntos clave de la segunda parte de las Sagradas Escrituras: la formación de la Iglesia, la conversión de las naciones y la transformación del universo.

 

El odio de los fariseos llevó a Cristo a la cruz, siendo su ejecución el crimen judicial más in­fame de la historia del mundo. Se ha calificado el hecho como “el asesinato más cobarde de un embajador que jamás se ha visto, y el ultraje más vil que rebeldes jamás han perpetrado contra el benefactor de su patria”.

 

Pero detrás del crimen máximo de todos los tiempos se halla la obra de Dios quien cumple por medios tan extraños el plan eterno.

 

Dios ha convertido este acto de alevosa y diabólica rebelión contra su persona en el medio para la expiación de los pecados y la salvación de los mismos rebeldes.

 

El libro de Sauer, que consigna no menos de 3,700 referencias bíblicas y fue resumido en su momento en 87 bosquejos de sermo­nes, engloba la esencia de la doctrina evan­gélica y la expone en orden histórico. En pri­mera instancia da cuenta de la encarnación y la persona del Señor Jesucristo. Luego expone su muerte y resurrección. Después hace un repaso de la obra de San Pablo y el carácter de la Iglesia.

 

Cristo el Señor murió en la cruz para que nosotros fuésemos salvados de la cruz. Esta afir­mación subraya la parte negativa y judicial de su muerte, o sea la liberación que fue provista por el Gólgota. Desde otros puntos de vista Cristo murió en la cruz con el fin de que fuésemos aso­ciados con Él allí, lo que nos incluye en el signi­ficado de su muerte a los efectos morales de una vida santa, y eso señala la obligación del Gólgo­ta. Nosotros somos “plantados juntamente” con el Crucificado, siendo vinculados orgánicamente a la “semejanza de su muerte” (Ro. 6:5).

 

LA SEGUNDA VENIDA

 

A través de este magnífico trabajo teológico, el pensamiento de Sauer se presenta como una fuente conveniente para el enriqueci­miento espiritual de los seguidores de Dios. La profundidad y claridad de los conceptos vertidos por el doctor alemán, legendario en las esferas de la cirugía, de la ciencia y de los conocimientos bíblicos en Gran Bretaña de mitad del Siglo XX, ocupan un lugar princi­pal en el desarrollo del compendio.

 

 

Si Cristo hubiera regresado al cielo sin la re­surrección corporal, no habría desplegado toda la extensión de su obra como vencedor absoluto de la muerte (Sal. 16:10). Habría triunfado es­piritualmente y moralmente sobre ella, pero no habría manifestado su victoria, como soberano, sobre la muerte física, ya que la personalidad humana está constituida de espíritu, alma y cuerpo, y un triunfo que hubiera alcanzado tan sólo a los dos primeros elementos, quedando fuera del cuerpo, habría sido parcial, de “dos terceras partes” por decirlo así, y no total.

 

Según su propio testimonio, el autor afirmó en su momento que gracias a “El triunfo del Crucificado” la mirada de los cristianos “trascenderá la oscuridad que nos rodea para dirigirse a la aurora que surge de la eternidad, y a la victoria de la causa de Cristo, con el porvenir glorioso de su Igle­sia. Así nuestros corazones se regocijarán en los planes de su amor, y mientras andamos a través de este mundo con sus crisis y ca­tástrofes, sabremos que la luz está sembrada para el justo”.

 

Es sólo Dios quien hace todas las cosas y rea­liza toda obra, pero eso no estorba para que noso­tros seamos también obreros. Todo lo nuestro vie­ne de sus manos como precioso regalo, pero a la vez, nosotros hemos de adquirirlo todo por nues­tros esfuerzos (2 P. 1:3; Col. 4:12). La santidad es obra sólo de Dios (1 Ts. 5:23; 1 Co. 6:11), pero a la vez la santificación ha de ser nuestra obra, ya que Él, quien nos la da, nos la exige también, y Él quien la otorga, nos impone la tarea de cumplir.

 

“El triunfo del Crucificado” es tan mi­nucioso que hace una descripción comple­ta de las señales de la segunda venida de Cristo. Del mismo modo, narra de forma pormenorizada respecto al reino de Dios sobre la tierra y aborda los últimos capí­tulos del juicio final y el estado eterno. De este modo, se alza mucho más allá que una simple sinopsis de las Sagradas Escrituras y se constituye en un recurso para cualquier predicador que desee exponer un pasaje del Nuevo Testamento.

 

La Pascua de la Resurrección es el signo de la era actual, que empezó con la resurrección del Redentor y termina con la resurrección de los redimidos. Entre estos dos polos se extiende la época de la resurrección espiritual de quie­nes participan de la vida del Señor resucita­do (Ro. 6:4-11; Col. 3:1). Nuestra vida se desenvuelve, por lo tanto, entre dos resurrecciones, to­cándonos el deber de brillar como luminares en el mundo entre estas dos manifestaciones del res­plandor de la luz eterna (epifaneia, Fil. 2:15; 2 Ti. 1:10; Tit. 2:13).

 

LOS ÚLTIMOS TIEMPOS

 

Escrito en una época de la historia mundial caracterizada por grandes sucesos, el texto del admirado predicador igualmente le de­dica una parte de su contenido a la persona del Anticristo. En ella se delinea su venida al mundo, su personalidad y el sistema que utilizará para mostrar toda su rebeldía de­moníaca. Además, se esboza las señales de los últimos tiempos y se proyecta el juicio sobre Satanás.

 

El Anticristo es a la vez una persona y un sis­tema. Como individuo es la cabeza personal de un sistema, el caudillo y encarnación del espíritu re­belde generalizado en la raza humana. Puede es­tar presente siempre como una inspiración o ten­dencia, produciendo “el misterio de la iniquidad” y “el espíritu del anticristo” (1 Jn. 2:22; 4:3; Ts. 2:7). Hallamos, pues, a través de los siglos aque­llos precursores de la figura culminante que Juan llama “los anticristos”. No obstante, en la consu­mación de la historia humana, aparece como un individuo, un genio demoníaco, una figura más que humana, el mesías que envía el diablo.

 

Maestro evangélico y conferencista muy conocido en el seno del cristianismo germano, Sauer por intermedio de su tex­to revela de forma adecuada la escala cós­mica de la redención y de la glorificación del Altísimo sobre todas las cosas. Incluso, según los entendidos, este tomo puede ser un eficaz manual de muchas doctrinas re­lacionadas con la salvación gracias a que ofrece noventa bosquejos resumidos con maestría y rigor.

 

Acabada ya la consumación del proceso del mal y la eliminación de Satanás, autor y perso­nificación de este mal, habrá llegado el momento para la renovación total del escenario de este uni­verso, que no consistirá en el aniquilamiento de la materia, sino en su transformación, sin duda por aquellos procesos que los físicos empiezan a vislumbrar en la ciencia atómica. La hora será de la más espantosa sublimidad y se describe de esta forma en 2 Pedro 3:10: “Pero el día del Se­ñor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas”.

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