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Héroes de la Fe
14 de Enero del 2013

La revelación de Hsi

 

La historia de Xi Sheng Mo, conocido como el pastor Hsi, narra la expansión del cristianismo moderno en parte de China. Su conversión generó la admiración de su propia familia y todo el pueblo. Hasta el fin de sus días vivió entregado a servir a Dios.

  • La revelación de Hsi

 

había sucedido lo “imposible” y toda la población deploraba semejante “tragedia”: ¡el señor Hsi, ciudadano respetado por todos, se ha­bía hecho un creyente! Hacía dos años que un misionero de la “nueva religión” predicaba en la provincia de Shan-si. Al paso que se esperaba que se adhiriesen a la nueva religión “algunos ignorantes”, nadie imaginaba que el señor Hsi, que era un hombre culto, de gran influencia en­tre el pueblo y un destacado adepto de Confu­cio, ¡fuera el primero en caer “hechizado” por los “diablos extranjeros”!

 

No había nadie entre el pueblo que odiase tanto a los extranjeros como el señor Hsi. Pero, sucedió que se sintió ligado en espíritu al misio­nero. Entonces abandonó todos los ídolos; ¡se decía que los había quemado! Dejó de adorar las tablas ancestrales. Ya no se percibía más el olor de incienso en su casa. ¡Y lo más extraño de todo, el señor Hsi dejó de fumar opio!

 

TRANSFORMACIÓN FAMILIAR

 

Día tras día, la señora de Hsi notaba la gran transformación que ocurría en la vida de su ma­rido, y comenzó a abandonar el intenso odio que sintió cuando él se convirtió. Cuando se desper­taba de noche lo encontraba absorto leyendo el precioso Libro de los libros, o arrodillado supli­cando al Dios invisible, cuya presencia él sentía. La persistencia de este hombre en reunir a todos los miembros de la familia diariamente, para los cultos extraños, fue tan grande que ganó tam­bién a su esposa para Cristo.

 

Fue entonces que sucedió lo más inesperado: la propia personalidad de la señora de Hsi pare­cía cambiada; al convertirse, se volvió profunda­mente alegre y recibía las lecciones sobre las Es­crituras ávidamente. Su marido esperaba que en breve ella se volviese una verdadera compañera en la obra de ganar almas. Pero repentinamente parecía cernirse sobre ella una nube de mal. A pesar de todos sus esfuerzos, se sentía arrastra­da, contra su propia voluntad, a practicar todo cuanto el diablo le sugiriese. Especialmente a la hora del culto doméstico, le daban violentos ata­ques de cólera.

 

Durante algún tiempo el enemigo de las al­mas pareció invencible. La señora de Hsi, a pesar de todas las oraciones de los creyentes, continua­ba debilitándose, hasta quedarse casi sin fuerzas.

 

Fue entonces que Hsi confiando en el poder de Dios, llamó a todos los miembros de la familia para que ayunasen y se dedicasen a la oración. Después de orar durante tres días y tres noches consecutivas, en ayuno, Hsi se sintió débil físi­camente, pero fuerte en espíritu. Entonces, puso las manos sobre la cabeza de su esposa y ordenó, en el nombre de Jesús, que los espíritus inmun­dos saliesen del cuerpo de ella para nunca más volver a atormentarla. La cura de la señora de Hsi fue tan notable y completa, que tuvo una gran repercusión en toda la ciudad.

 

SERVIDOR DEL TODOPODEROSO

 

Entre tanto, la persecución a los recién conver­tidos se volvió cada vez más severa, hasta que por fin el pueblo planeó, con motivo de una gran fiesta pagana, estirar cuerdas entre las vigas que sostenían los techos de los templos idólatras y colgar allí por las manos a todos los creyentes, hasta que se retractaran o negaran su fe en la “re­ligión de los extranjeros”. Empero, Hsi decidió llevar el caso al conocimiento de las autoridades. Era novato en la fe y no conocía bien los versícu­los de las Escrituras como estos: “no resistáis al que es malo” y “mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor”. Mas hizo tanto alboroto ante el mandarín, que este, para librarse de él, envió sol­dados para que defendieran a los creyentes.

 

Después que Hsi procuró estar más cerca del Señor, fue elegido jefe por el pueblo de la aldea donde vivía, cargo que rehusó de entrada por­que no podía participar de los ritos del templo pagano. Pero ese hecho había sido previsto por el pueblo, de modo que insistieron para que aceptase la magistratura, con la condición de que no tenía ninguna obligación de asistir a las so­lemnidades que tenían relación con los dioses de ellos. “Solamente tiene que mandar y nosotros obedeceremos”, decía la multitud. Sin embargo, cuando Hsi rehusó aceptar, a no ser que el pue­blo cesase todas las ceremonias paganas y cerra­se el templo, todos se regresaron a sus casas.

 

Grande fue la sorpresa cuando algunos días más tarde, el pueblo volvió y estuvo de acuerdo en cerrar el templo. El erudito Hsi era el único entre ellos que se había librado del vicio del opio y que estaba capacitado para gobernar al pueblo. Entonces el fervoroso creyente asumió el cargo como un servicio que hacía ante el Señor. Hubo una buena cosecha, un buen éxito financiero y prevaleció la paz y la felicidad. Fue reelecto para el segundo año y para el tercero. Pero cuando lo reeligieron para el cuarto año, él rehusó el cargo, insistiendo en que debía entregar todo su tiempo a la obra de la evangelización, obra que había au­mentado grandemente.

 

LOS REFUGIOS DE HSI

 

El gran problema que el pastor Hsi enfrentó fue la salvación de un pueblo entregado al vicio de fumar opio. Había un medio para liberar a esos infelices esclavos de la desesperación indescrip­tible, porque el Hijo de Dios vino con el propó­sito definido de buscar y salvar a los perdidos. Mientras el pastor Hsi oraba sobre ese problema, fue inducido a convertir su casa en “refugio”, e invitó a un misionero que tenía un remedio para aliviar el ansia que sienten los viciosos cuando se ven privados de la droga, para que lo ayudara. Al comienzo, sólo dos de los interesados tuvie­ron el coraje de experimentar el tratamiento; los otros frecuentaban el “refugio” día tras día para ver el resultado.

 

Por fin, uno de los pacientes, cuyo cuerpo y mente agonizaban, despertó a los otros a media­noche. En respuesta a la oración, el Señor, que es el mismo ayer, hoy y siempre, lo alivió de inme­diato. El gozo que sintió el hombre liberado del vicio fue tan grande, que uno tras otro de los más interesados, solicitaron permiso para comenzar el tratamiento de inmediato. Uno de los secretos del increíble éxito que alcanzó el pastor Hsi en la obra del “refugio”, fue la audacia de su amor para con los desdichados cautivos del vicio del opio; amor que lo llevó a persistir y a sacrificarlo todo por ellos.

 

En una de sus innumerables oraciones, el Señor lo impresionó profundamente con respec­to a los habitantes de la ciudad de Chao-ch’eng que vivían y morían sin conocer el camino de la salvación. Pero ¿cómo podía él abrir otro “refu­gio” en una ciudad cuyas costumbres no cono­cía? ¿De dónde podía él sacar el tiempo nece­sario? Entonces Dios le dijo: “toda potestad me es dada” Pero ¿cómo podía ir sin recursos? No tenía dinero suficiente ni para pagar el pasaje hasta la ciudad. Continuó orando y el Señor con­tinuó allanando las dificultades. “¿Dinero? ¿Era dinero lo que precisaba para abrir los corazones y ganar almas? ¿Si el Señor llamaba, no supliría Él todo lo necesario? ¿Acaso los muros de Jericó no se desplomaron hasta el suelo, sin la interven­ción de manos humanas?

 

Así, al finalizar el año 1884, cinco años des­pués de su conversión, el Pastor Hsi era ya el dirigente de una Obra que se extendía desde Teng-ts’uen, al sur de donde él vivía, hasta Chaoch’eng, ubicada a sesenta kilómetros al norte. Había entonces ocho “refugios” ya y un buen número de congregaciones dispersas en­tre ellos. Pero el Pastor Hsi no podía contenerse. A una distancia de un día de viaje todavía más al norte, quedaba la gran ciudad de Hoh-chau. Constreñido por el amor de Dios, suplicaba al Señor que lo usase como instrumento para abrir la Obra allí. Todos los días oraba insistentemente por Hohchau en el culto doméstico.

 

CRISTIANO VIRTUOSO

 

Al finalizar un culto, la esposa de Hsi, colocó un paquetito sobre la mesa, diciendo: “yo creo que el Señor ya respondió a nuestras súplicas”. Ad­mirado e ignorando lo que ella quería decir con aquel gesto, tomó el paquete que estaba sobre la mesa. Contenía algo pesado envuelto en varias tiras de papel, y dentro del papel un pañuelo. Al abrir el pañuelo, encontró los objetos más apre­ciados de una señora china: anillos, pulseras, pendientes, y broches de oro y de plata, objetos que le fueron regalados a la señora de Hsi cuan­do se casaron.

 

El pastor aceptó el ofrecimiento de su espo­sa, que representaba un profundo sacrificio de parte de ella, pero que era suficiente para abrir el “refugio”, que luego se convirtió en un centro de luz y de bendición en la gran ciudad. Después de iniciar la Obra en Hoh-chau, se realizó una convención en la cual fueron bautizados setenta y dos nuevos convertidos. El poder de Dios era tal y la asistencia a esas reuniones era tan grande, que fue necesario realizar los cultos al aire libre, a pesar de las grandes lluvias. Eso sucedió después de un gran período de sequía, y los creyentes no querían orar al Señor para que retuviese la lluvia.

 

El pastor Hsi en el transcurso de los años lle­gó a ser un poderoso expositor de las Sagradas Escrituras. La fuerza y resistencia que manifesta­ba bajo pruebas físicas y mentales, eran extraor­dinarias; recibía virtud de Dios para realizar su obra. Así estando ya viejo podía andar cuarenta y cinco kilómetros de una sola vez, y asimismo, después de ayunar por dos días seguidos podía bautizar a cincuenta personas sin descansar y sin interrupción.

 

Finalmente, a la edad de sesenta años, en me­dio de su lucha evangelizadora, Dios lo llamó. En la misma sala donde antes de su conversión fumaba opio, pasó algunos meses en cama, sin experimentar ningún sufrimiento, tan sólo con sus fuerzas casi completamente agotadas. Al ce­rrar los ojos, en la mañana del 19 de febrero de 1896, ante la presencia de su Señor, centenares de sus hijos en la fe que lo amaban ardientemen­te, no pudieron contenerse más y rompieron en un gran llanto y fuertes sollozos.

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