Devocionales
18 de Octubre del 2011

El sacrificio agradable a Dios

Rev. Gustavo Martínez

Para el pueblo de Israel el sacrificio era fundamental, pues la única forma de acercarse a Dios era por medio del sacrificio. Diariamente, se debía derramar sangre de animales a fin de que los pecados de la nación fueran cubiertos.

El sacrificio agradable a Dios

“Entonces David dijo a Gad: En grande angustia estoy; caigamos ahora en mano de Jehová, porque sus misericordias son muchas, mas no caiga yo en manos de hombres. Y Jehová envió la peste sobre Israel desde la mañana hasta el tiempo señalado; y murieron del pueblo, desde Dan hasta Beerseba, setenta mil hombres. Y cuando el ángel extendió su mano sobre Jerusalén para destruirla, Jehová se arrepintió de aquel mal, y dijo al ángel que destruía al pueblo: Basta ahora; detén tu mano. Y el ángel de Jehová estaba junto a la era de Arauna jebuseo. Y David dijo a Jehová, cuando vio al ángel que destruía al pueblo: Yo pequé, yo hice la maldad ¿qué hicieron estas ovejas? Te ruego que tu mano se vuelva contra mí, y contra la casa de mi padre.

 

Y Gad vino a David aquel día, y le dijo: Sube, y levanta altar a Jehová en la era de Arauna jebuseo. Subió David, conforme al dicho de Gad, según había mandado Jehová; y Arauna miró, y vio al rey y a sus siervos que venían hacia él. Saliendo entonces Arauna, se inclinó delante de rey, rostro a tierra. Y Arauna dijo: ¿Por qué viene mi señor el rey a su siervo? Y David respondió: Para comprar de ti la era, a fin de edificar un altar a Jehová, para que cese la mortandad del pueblo. Y Arauna dijo a David: Tome y ofrezca mi señor el rey lo que bien le pareciere; he aquí bueyes para el holocausto, y los trillos y los yugos de los bueyes para leña. Todo esto, oh rey, Arauna lo da al rey. Luego dijo Arauna al rey: Jehová tu Dios te sea propicio. Y el rey dijo a Arauna: No, sino por precio te lo compraré; porque no ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada. Entonces David compró la era y los bueyes por cincuenta siclos de plata. Y edificó David un altar a Jehová, y sacrificó holocaustos y ofrendas de paz; y Jehová oyó las súplicas de la tierra, y cesó la plaga de Israel” (2 Samuel 24:14-25).

 

Para el pueblo de Israel el sacrificio era fundamental, pues la única forma de acercarse a Dios era por medio del sacrificio. Diariamente, se debía derramar sangre de animales a fin de que los pecados de la nación fueran cubiertos. Sin embargo, tras entregar Su vida en sacrificio perfecto por la humanidad, Cristo entró una vez para siempre en el Tabernáculo de los Cielos, y Su sangre limpia del pecado a todo aquel que se rinde a Sus pies.

 

Dios es digno de que le ofrezcamos lo mejor en el momento indicado, y Él se reserva el derecho de aceptar o de rechazar un sacrificio que no le es agradable. Por ejemplo, Dios miró con agrado tanto a Abel como a su ofrenda, mas a Caín y su ofrenda le desagradaron (Génesis 4:5). Caín sabía que Dios no había aceptado su sacrificio y se enojó en gran manera por ello, porque el Señor siempre nos da testimonio acerca de si le agradamos o no. Y así también, las Escrituras contienen numerosos pasajes que hablan de la aceptación o del rechazo de Dios hacia un sacrificio que le ofreciera algún hombre.

 

Como veremos a continuación, para que un sacrificio sea agradable a Dios, el mismo ha de ser: 1) un acto voluntario; 2) un acto de amor; 3) un acto de obediencia; y para terminar 4) un acto costoso.

 

1. UN ACTO VOLUNTARIO

 

En la dispensación de la gracia cambió por completo el tipo de sacrificio que el creyente debe ofrecerle a Dios, y así lo describe el apóstol Pablo: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Romanos 12:1).

 

Un cristiano que ha entregado su vida en el altar de Dios, ya no puede andar según la corriente de este mundo. Debe haber una separación total entre el creyente y las cosas que el mundo ofrece las cuales son vanas y efímeras.

 

La Palabra de Dios es clara al respecto y aquellas personas que, estando comprometidas con Dios, siguen buscando las cosas del mundo son llamadas “almas adúlteras”, en la epístola de Santiago leemos: “¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios” (Santiago 4:4).

 

En los versículos que citamos del libro 2 de Samuel, la historia de David nos proporciona un modelo de lo que significa ofrecerle a Dios un sacrificio valioso y no gratuito. Este compromiso ha de estribar en un acto voluntario, y nadie tiene que obligarnos o presionarnos a hacerlo, porque, entonces, ese sacrificio involuntario no será agradable a Dios.

 

En el Antiguo Testamento, se tenía que amarrar los animales a los cuernos del altar, a fin de que no se escaparan. Más nosotros, quienes hemos entendido la Palabra de Dios, debemos comprender que el acto del sacrificio del cristiano es un acto libre y voluntario. Conscientes de que Cristo se ofreció en sacrificio por nosotros, y de que Él nos libró de la muerte y del poder del pecado; ha de nacer en nuestro corazón el deseo de agradarle, de honrarle, de someternos a Dios y a Su Palabra. Cuando una persona ha sido libertada del pecado, éste último no puede enseñorearse más, a menos que se lo permita. Dice la epístola a los Romanos: “Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos de pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia” (Romanos 6:17-18)

 

2. UN ACTO DE AMOR

 

El sacrificio se puede definir de dos maneras: 1) algo que nos cuesta en nuestra forma de vivir; 2) dejar o entregar algo que amamos por alguien a quien amamos aún más.

 

Dios sabe perfectamente el valor que puede tener algo o alguien para nosotros, y también cuanto amor le profesamos a una persona o a una cosa. Asimismo Dios conoce lo que nos impide rendirnos y someternos por completo a Él.

 

Por eso, cuando Dios le pidió a Abraham que sacrificara a su amado hijo Isaac, aquel varón se podía haber negado a hacerlo. En efecto, todo ser humano tiene la libertad tanto de amar como de aborrecer, de aceptar o de negarse a sacrificar algo o a alguien en su vida.

 

El Señor quería que Abraham le demostrara hasta dónde llegaba su amor por Él; porque el amor se vive, y se demuestra más con hechos, actitudes y acciones que con bellas palabras y promesas.

 

Abraham, por su parte se levantó al amanecer para realizar lo que Dios le había pedido, y cortar la leña para el futuro altar en el que sacrificaría a su hijo. Esto demuestra su diligencia y absoluta resolución para cumplir con la ordenanza de Dios (Génesis 22:3)

 

Abraham conocía y temía a Dios; por eso estaba dispuesto a agradarle con cualquier sacrificio que Él le pidiera. Por eso, cuando llegó al lugar que Jehová le había indicado, edificó el altar y ató a su hijo sobre la leña para degollarlo.

 

El sacrificio agradable a Dios implica que atemos sobre el altar aquellas cosas que amamos y valoramos, para demostrarle que no existe nada mayor que nuestro amor por Él. Por eso mismo, Dios ha derramado en nuestros corazones Su amor inmutable y que no defrauda, a fin de que le amemos con el mismo amor con el cual Él nos amó primero: “Y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Romanos 5:5).

 

Cuando el amor de Dios ha sido derramado en el corazón de un creyente, nada ni nadie podrá separarlo de ese amor (Romanos 8:35-39). El amor divino nos permite soportar cualquier vicisitud que se presente a nuestras vidas, el rechazo, los maltratos y las humillaciones.

 

El amor de Dios también estriba en fuente de nuestra fuerza y nos hace seguir hacia delante. Nunca podemos olvidar que somos simples instrumentos en las manos de Dios, y que Su gracia en nosotros es la que nos permite alcanzar las victorias.

 

Nosotros no trabajamos ni tampoco obtenemos nada por nuestros propios méritos; sino que el amor, la gracia y la misericordia de Dios nos impulsan y nos permiten alcanzar las metas que Él ha establecido para nosotros.

 

Dios se agradó de Abraham por cuanto su amor paternal nunca superó su amor hacia Dios. Y asimismo, el Señor no quiere que haya en nuestra vida nada mayor que nuestro amor por Él, ni siquiera nuestra propia vida. Muchas veces nos amamos más a nosotros mismos que a Dios.

 

Cualquier comentario en contra nuestra nos altera, y si no recibimos ningún reconocimiento o halago por algo que hayamos realizado, hasta nos arrepentimos del bien que hemos hecho. Amemos, pues, a Dios por encima de todas las cosas, y nuestra propia vida tendrá menos valor por nosotros que el Señor.

 

3. UN ACTO DE OBEDIENCIA

 

Todo sacrificio que llevamos a cabo ha de ser dedicado a Dios y no a los hombres, por cuanto éste estriba en una prueba de amor dedicada exclusivamente a Dios. Sin embargo,  también el Señor se agrada que obedezcamos Su palabra en todo lo que hacemos.

 

Al respecto, el profeta Samuel dijo a Saúl unas palabras que todavía hoy son una realidad: “¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros. Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación. Por cuanto tú desechaste la palabra de Jehová, Él también te ha desechado para que no seas rey” (1 Samuel 15:22-23).

 

Dios se agrada más del corazón obediente que de muchos sacrificios y obras vanas que podamos hacer en Su nombre. ¿De qué nos sirve, pues traer sacrificios y hacer muchas cosas a favor de la obra de Dios, si somos desobedientes y hacemos las cosas a nuestra manera y no a la manera de Dios? Saúl hizo las cosas a su forma, y como él creía que era conveniente hacerlas; pero su desobediencia le costó el reino y más adelante su propia vida.

 

En algunas circunstancias, Dios tiene que quebrantarnos porque no hacemos las cosas tal y como Él nos las ha ordenado. Así sucedió cuando David quiso trasladar el arca a Jerusalén a su manera, y sin consultar el libro de la ley, en el cual Dios revela como tenía que ser transportada el arca sobre los hombros de los levitas. Por consiguiente, aunque la intención y el acto de David eran muy nobles y llenos de amor, la desobediencia a la Palabra de Dios le costó la vida a Uza, quien tocó el arca para que no se cayera del carro donde la habían montado.

 

Dios quiere que le ofrezcamos un sacrificio según Sus ordenanzas, y no a nuestros estilo o gusto. Cuando hacemos las cosas como queremos, Dios tiene que quebrantarnos para que entendamos que no tenemos el dominio sobre nuestra vida, sino que lo tiene Él.

 

4. UN ACTO COSTOSO

 

Arauna jebuseo quiso regalarle al rey David todos los elementos del sacrificio, mas David no quiso aceptarlo ni ofrecerle a Dios una adoración barata y sin costo.

 

Y asimismo, tarde o temprano llegará a nuestras vidas la tentación de ofrecerle al Señor un sacrificio de adoración barato y gratuito, y que no afecte nuestros intereses o metas. Por supuesto, la naturaleza humana es muy propensa a buscar la comodidad, y está deseosa de que le entreguen todo en las manos sin tener que pasar ningún trabajo.

 

Hoy día, tanto las emisoras de radio como los canales de televisión cristianos están desbordados con llamadas telefónicas, en las que la gente pide la oración por fortaleza espiritual o para que Dios rompa las ataduras en su vida. Sin embargo, ¿quién dijo que el cristiano debe recostarse de otros mientras él no está orando? Sin duda, muchos creyentes llevan una vida cristiana barata y cómoda, con muchos paseos y diversiones, mas sin una búsqueda genuina del rostro de Dios.

 

La fortaleza espiritual si llega a nuestras vidas, pero en el momento cuando nos ponemos a orar y a escudriñar las Escrituras. Y de igual manera, hay ataduras y amistades que nosotros mismos debemos romper voluntariamente en el nombre de Jesús, y la oración de otros no será eficaz hasta que nos decidamos a hacerlo.

 

De otra parte, en ciertas ocasiones, nosotros no somos quienes hacemos el sacrificio, pero nos queremos llevar la gloria como si lo hubiésemos hecho. David no permitió que Arauna entregara el sacrificio que él tenía que ofrecer a fin de parar la mortandad en Israel. Es muy fácil apropiarnos de lo que no nos ha costado nada, de las lágrimas de otros, del sudor de otros, de los sufrimientos de otros, y luego afirmar que todo lo logramos nosotros solos.

 

Lo barato y lo fácil no le agradan a Dios, y es una ofensa querer darle a Dios aquello que nos sobra o lo que no tiene valor. El rey David había entendido este concepto, y por lo tanto, no quiso ofrecer nada que no le costara un esfuerzo y precio.

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