Testimonios
19 de Marzo del 2013

Está junto al Señor

 

Rebecca Hernández Colón partió a la presencia del Señor el pasado 24 de febrero cuando le faltaban 40 días para cumplir 91 años de vida. La esposa del pastor Luis M. Ortiz, con su profundo amor al Creador, deja un gran legado de fe para la Obra de Dios.

Está junto al Señor

 

Rebecca hernández colón, la es­posa del Rev. Luis M. Ortiz, quien colaboró en la fundación, crecimiento y consolidación del Movimiento Misionero Mundial, dejó de existir el pasado 24 de febrero a cuarenta días de cum­plir noventa y un años de vida.

 

Hija de misioneros evangélicos, componen­te destacado de la Obra de Jesucristo, maestra de la fe y cristiana aguda e infatigable defenso­ra de la Palabra del Todopoderoso, la hermana Rebecca vivió revestida en la bandera del Señor y se convirtió en una representante ilustre del Movimiento gracias a su incansable labor a fa­vor de la difusión universal de los Santos Evan­gelios.

 

NIÑA ILUMINADA

 

Nacida en Puerto Rico el 5 de abril de 1922, Hernández Colón procedía de una familia de sólidas convicciones cristianas. Su padre, el predicador Francisco Hernández, y su madre, la maestra evangélica Victoria Colón, la instru­yeron desde muy pequeña para que amara al Creador con todo el corazón.

 

Rebecca tardó apenas un suspiro en trans­formarse en una precoz mensajera del Altísimo. Según su propio testimonio, recogido en su li­bro autobiográfico “Conságrame a mí todas tus aspiraciones”, realizó trabajo evangelizador en “su casa, en otras casas y en la calle” desde los dos años de edad.

 

Ingeniosa, lista y siempre versada, Rebec­ca Hernández empezó sus estudios primarios en 1925, con tan sólo tres años de edad, en el municipio puertorriqueño de Las Piedras por intervención del director de la escuela local que era seguidor de Cristo. Al respecto, la esposa de Luis M. Ortiz recordó en 1993, en la parte inicial de sus memorias, que en aquel tiempo: “apren­día muchas cosas de memoria, entre ellas, por­ciones de la Biblia y poesías. Así cursé mis primeros años de estudios. Se hacían debates de textos con jóvenes y con adultos y casi siempre yo me los ganaba porque recordaba muchas porciones de la Palabra”.

 

El 3 de septiembre de 1930, junto a su ma­dre, viajó a República Dominicana y se unió a la labor misionera que dos meses antes había iniciado su padre en suelo dominicano. Allí, en la nación que fue descubierta por Cristó­bal Colón en 1492, afianzó su entrega a Dios. Porque, mientras su padre salvaba almas, cu­raba enfermos y predicaba la Palabra, Rebecca nunca dejó de instruirse en la sana doctrina. Según sus propias palabras, en el segundo país más grande del Caribe, guiada por su madre oraba a solas, meditaba sobre la Biblia y se comunicaba de manera muy especial con el Altísimo.

 

CONSAGRADA AL CREADOR

 

La constancia y preparación de Rebecca Her­nández tuvieron su recompensa. La presencia de Dios se hizo más permanente en su vida y a lo largo de su adolescencia ella se dedicó aún más a las cosas del Todopoderoso. Entonces, como está detallado en su obra autobiográfi­ca, sus diálogos con Cristo se sucedieron uno detrás de otro y en todos ella le transmitió su anhelo de dedicar su existencia a enseñar su Pa­labra a los impíos.

 

Conforme a su versión, la respuesta del Se­ñor fue determinante y marcó el rumbo de su destino. Y es que según la hermana Rebecca, Dios le dijo en una ocasión: “conságrame a Mi todas tus aspiraciones, y Yo te daré todo lo que tú me pidas”.

 

Tiempo después, el Instituto Bíblico Mizpa, la escuela teológica más antigua del pentecosta­lismo de Puerto Rico, la admitió dentro de sus aulas en el año 1937 en la inauguración de sus actividades académicas. Al interior de esta ins­titución fundada por el Rev. Juan L. Lugo, pio­nero de la evangelización en la Isla del Encanto, fortaleció su amor y dedicación a Jesucristo y tuvo la ventura de tener como compañera de estudios a la hermana de Luis M. Ortiz: Matilde Ortiz. Asimismo, en tanto estudiaba las Sagra­das Escrituras en Mizpa, recibió el bautismo en el Espíritu Santo durante una campaña cristia­nizadora.

 

Tras culminar con éxito su primer año de formación espiritual, en medio de sus vacacio­nes al lado de sus padres en República Domi­nicana, Hernández recibió la visita del Rey de Reyes quien le anunció como sería su vida fu­tura y la terminó de convencer sobre su rol pro­tagónico dentro del cristianismo. El revelado acontecimiento se produjo una mañana cuan­do el Creador, a través de una joven, le dijo: “te voy a bendecir, y te voy a usar. Vas a sufrir, pero recuerda, como yo fui con Moisés, así seré contigo; no te dejaré, no te desampararé. Te voy a llevar a muchos países para que anuncies Mi nombre y hables de Mi venida. Mira te voy a dar un compañero y vas a ir con él por el mun­do. El se llamará Luis”.

 

PROMOTORA DE LA OBRA

 

Aquel Luis proclamado por Dios no fue otro que el hermano Ortiz Marrero, escogido tam­bién por el Altísimo para llevar por el mundo su Palabra, quien coincidió y trabó amistad con Hernández en 1940 en las clases del Instituto Mizpa. Tiempo más tarde, luego que el Salva­dor le confirmara repetidas veces a Rebecca su profecía, el 21 de abril de 1943, ambos unieron sus vidas en una austera, pero trascendental boda que selló de forma definitiva sus cami­nos. De inmediato, la pareja emprendió su la­bor evangelizadora en conjunto para cumplir el llamado del Padre Eterno que los trasladó a República Dominicana y Cuba.

 

Posteriormente, luego de casi veinte años de llevar el mensaje cristiano por gran parte Centroamérica y Sudamérica junto al pastor Luis M. Ortiz, la sierva del Señor fue partíci­pe principal de la fundación del Movimiento Misionero Mundial el 13 de febrero de 1963. A partir de ese momento, Rebecca Hernández, quien había contribuido a definir el nombre de la Obra de Dios, empezó una labor titáni­ca que, tal como se lo anunció el Creador, la llevó diversos países del mundo entero con la misión de anunciar la segunda venida de Cristo. Fueron más de treinta y tres años, has­ta el fallecimiento del reverendo Ortiz el 25 de septiembre de 1996, al servicio del engrande­cimiento del Movimiento.

 

En 1993, con motivo de la celebración de su cincuentenario en la obra misionera, la her­mana Rebecca reflexionó acerca del Salvador y proclamó que: “el Señor lo es todo y es lo único real en esta vida. Todo lo demás es ficticio, pa­sajero, mentira, engaño y al fin, miseria y dolor. Hay que leer la Palabra y memorizarla, para cuando estemos en apuros, el Espíritu Santo nos recordará y aclarará todas las cosas. Si nos detenemos a escudriñar bien las Escrituras en­contraremos caudales de riquezas eternas, be­llezas escondidas a los sabios de este mundo, mas descubiertas para los fieles. Pero hay que recordar que el principio de la sabiduría es el temor a Dios”.

 

Rebecca Hernández Colón ya no está más entre nosotros. Sin embargo, como la luz de cada día, su figura se mantendrá imperecedera­mente intacta e infundirá de fe a los miembros del Movimiento Misionero Mundial y a toda la comunidad evangélica internacional. Esposa, compañera y amiga del reverendo Luis M. Or­tiz, con su vitalidad intacta hasta casi el final de sus días, nunca dejó de hablar del Padre Eterno, de predicar su Palabra y de dar un buen testi­monio del cristianismo. Su ánimo incansable y laborioso, su firmeza dogmática, su brillante y sagaz inteligencia y su amor a los Evangelios colocaron a la Obra del Señor en un sitial in­cuestionable.