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Héroes de la Fe
19 de Junio del 2013

El Gran Reformador

Considerado el “Padre de la Reforma del Cristianismo”, Martín Lutero fue el responsable directo del nacimiento del movimiento religioso que está catalogado como la revolución más trascendental en la historia de la humanidad.

  • El Gran Reformador

Mientras el predicador Girolamo Savonarola, en el centro del mundo civili­zado, batallaba por la pureza de la moral y creencias cristianas, crecía en las selvas teu­tónicas un niño que más tarde había de rea­lizar el sueño de este y llevar a cabo la obra colosal de la Reforma del Cristianismo. Se llamaba Martín Lutero. Había nacido cerca de Eisennach, Alemania, el 10 de noviembre de 1483, en el seno de una familia de humilde condición, que sin embargo se empeñó por la educación de su hijo.

 

Acabados los estudios elementales en su pueblo, Lutero pasó un año en una escuela de Magdeburgo y después fue en Eisennach a un colegio religioso. La falta de recurso de sus pa­dres lo obligó a vivir como “estudiante pobre” es decir, recibiendo albergue libre y pidiendo limosnas a los ricos. En Eisennach encontró protección en la familia Cotta, que se interesó por él hasta el punto de ofrecerle un hogar en su casa.

 

Posteriormente, en el año 1501, inició sus estudios superiores en la Universidad de Erfur centro entonces de la vida intelectual de Ale­mania. Su padre había prosperado en su oficio de minero y resolvió hacerlo un abogado.

 

VIDA MONÁSTICA

 

Lutero progresó en sus estudios hasta el año 1505, cuando repentinamente, el 17 de julio dejó la carrera de abogacía para entrar en un monasterio de la ciudad de Erfurt. Al respecto, hay varias leyendas que explican este cambio inesperado, pero lo único real que se conoce de sus propios escritos es que ciertas “dudas” respecto al estado de su alma le impulsaron a tomar los votos monásticos. Estas dudas le atormentaban aún después de entrar en el convento. Se sentía pecador y anhelaba el per­dón de Dios. No encontraba lo que su alma de­seaba en las costumbres y prácticas monásti­cas, a pesar de cansar a sus superiores con sus continuas confesiones y de castigar su cuerpo con un ascetismo riguroso.

 

Desengañado de estas cosas, se dedicó al estudio de las Sagradas Escrituras, una copia de las cuales había encontrado encadenada a un pilar de la biblioteca de la universidad. De estas y de las explicaciones de un anciano her­mano del monasterio llegó a entender que el perdón de Dios no se alcanza por las peniten­cias y “buenas obras”, sino simplemente por aceptar el perdón que Su amor ha previsto. Así, después de dos años de lucha, su alma en­contró la paz que anhelaba.

 

En el año 1510, sus superiores lo mandaron a Roma para desempeñar allí una comisión del convento. Había esperado encontrar en el sumo pontífice y su corte, modales de la vida cristiana, y quedó sorprendido y horrorizado al contem­plar la corrupción que existía en los lugares que creía verdaderamente santos. Sin embargo, con­sideró necesario seguir las costumbres de los pe­regrinos a Roma, y así, entre otras cosas, subió la “escalera santa” de rodillas. Repentinamente recordó la declaración del profeta Habacuc, cita­do después por el apóstol Pablo: “El justo vivirá por su fe” y le ocurrió que todas aquellas peni­tencias y todos estos rezos forzados, no valían absolutamente nada.

 

CONTROVERSIA POR LAS INDULGENCIAS

 

Al regresar a su convento, en 1512, Lutero reci­bió el título de Doctor de la Sagrada Escritura en su universidad de Erfurt, y aceptó el profe­sorado de teología en la recién fundada y pe­queña universidad de Wittenberg. Al princi­pio de su actividad como profesor, enseñaba la misma teología que había aprendido en Erfurt. La única diferencia con los demás profesores, era que él basaba los dogmas en la experiencia más bien que en principios filosóficos o autori­dad del Papa o de la Iglesia. Pero poco a poco vino a entender que era imposible reconciliar sus principios con los de la teología antigua. Así pasaron cinco años.

 

En 1517 llegó cerca de Wittenberg, un frai­le llamado Juan Tetzel recogiendo dinero para acabar la construcción de la iglesia de San Pe­dro en Roma, dando a cambio indulgencias con autorización del mismo Papa y del arzo­bispo de Mainz. Tetzel afirmaba que cada vez que se oía sonar el dinero al caer en la caja de recaudación, se libraba un alma del purgato­rio. El pueblo entendió que se compraba no sólo el perdón de los pecados pasados sino aún el derecho de pecar durante unos días fu­turos, doctrina que soltó todos los lazos de la moralidad.

 

Lutero conoció el desastroso efecto de la venta de las indulgencias por medio del con­fesionario e indignado escribió sus famosas 95 tesis, clavándolo en las puertas de la iglesia del Castillo de Wittenberg el día antes del “de To­dos los Santos” para que fueran leídas por los que llegaran a la celebración de este día.

 

En estas tesis sostuvo que el Papa León X no podía absolver sino de los castigos que el mismo hubiera impuesto, y que estos no se extienden más allá de la muerte; que la ab­solución se debe a todos los penitentes y que ésta no es indispensable. Preguntó también por qué el Papa no libraba a todas las almas de una vez del purgatorio, si es que de veras tie­ne este poder, movido de compasión por sus sufrimientos, en lugar de sacarlas poco a poco por dinero. Estas tesis luego precipitaron una gran discusión que aumentó en intensidad du­rante unos tres años.

 

EXCOMUNIÓN PAPAL

 

El Papa León X después de tres años de discu­sión, se percató que no era posible convencer a Lutero y pensó hacerle callar por la fuerza

 

una vez que no había logrado hacerlo por sus argumentos. Para ello, el 15 de junio de 1520 lanzó al mundo la bula de excomunión con­denando 41 de las tesis luteranas ordenando a todos los magistrados que si no se retractaba dentro de sesenta días, lo aprendieran y entre­garan a Roma.

 

Durante los tres años de discusión grandes masas del pueblo y muchos de los príncipes alemanes habían reconocido en Lutero a aquel que podía salvarles del yugo y de la corrupción de Roma. Entonces, publicó un folleto contes­tando lo que llamó “la bula del anticristo” y el 10 de diciembre de 1520, en la plaza principal de Wittenberg, ante una asamblea compuesta de profesores de la universidad, estudiantes y otras muchas personas, quemó la bula con el libro de la ley canóniga y otros libros romanis­tas. El 3 de enero de 1521 fue publicada la bula papal por la que León X excomulgaba a Lutero.

 

DIETA DE WORMS

 

Por este tiempo después de muchas negocia­ciones diplomáticas, fue aceptado como em­perador de Alemania, el rey español Carlos I, con el título de Carlos V. Era un joven monar­ca enérgico y desapasionado y algunas veces bastante transigente en cosas religiosas. Al su­bir al trono imperial vio con alarma que una gran parte de sus súbditos habían aceptado la doctrina de Lutero y que el Imperio estaba en graves dificultades con el Papa León X. En la esperanza de arreglar algo, llamó a Lutero a que compareciese ante la Dieta de Worms, bajo su protección.

 

Al llegar a Worms, el 16 de abril de 1521, Lutero se presentó ante la asamblea, compuesta por el mismo emperador y sus ministros, altos prelados, sacerdotes, nobles y príncipes del im­perio y doctores de las universidades. Le mos­traron sus libros y le preguntaron si los recono­cía como de su propiedad. A esta pregunta les contestó que sí. En seguida le leyeron algunos pasajes de estos mismos libros y le pregunta­ron si se retractaba de lo escrito. La presencia de tantas altas personalidades en la asamblea, hizo desfallecer un tanto el carácter enérgico de Lutero, quien al oír la tremenda pregunta que le hicieron, pidió un día de plazo para contestarla.

 

Ese día lo pasó en oración en su cuarto pi­diendo que Dios le diera poder para confesar su error, si había error o para mantenerse fir­me, si lo que había dicho era verdad. Al com­parecer nuevamente ante el tribunal al día si­guiente y al repetírsela la pregunta, contestó que no se retractaba mientras que no se pro­base con argumentos basados en las Sagradas Escrituras o en rigurosa lógica, que sus doctri­nas eran falsas. Al exigirse una respuesta final y categórica, acerca de su retractación, dijo que su conciencia no le permitía retractarse. “Aquí estoy, no puedo obrar de otra manera, ampá­reme Dios, Amén”, respondió.

 

Salió en seguida de la asamblea sin que fuese molestado y luego emprendió camino para Wittenberg bajo el mismo salvoconducto del emperador, mientras que este en consejo de ministros acordó ponerle bajo el bando del imperio. Mientras Lutero seguía su camino se encontró con un escuadrón de caballeros que le apresaron y le llevaron a Wartburgo, castillo inexpugnable de la Turingia. Estos fueron de sus mismos partidarios que se valieron de este acto para ponerlo en seguridad. Allí pasó un año, tiempo que empleó en hacer una traduc­ción del Nuevo Testamento al alemán.

 

LEGADO DE LUTERO

 

El 19 de abril de 1529 se reunieron en Espira las autoridades del Sacro Imperio Romano Ger­mánico, con el objeto de arreglar los asuntos religiosos que tan profundamente afectaban al estado alemán, y en ella se dispuso que en to­dos los lugares donde ya se había establecido la doctrina evangélica se diera libertad para que continuara, pero que en las regiones donde no se había establecido, se prohibiera en absoluto la propaganda anti-romanista. De inmediato, los príncipes alemanes evangélicos protestaron contra esta disposición, y esta es la razón histó­rica por la cual se han denominado “protestan­tes” a todos los partidarios de la nueva Iglesia.

 

Los últimos años de la vida de Martín Lu­tero fueron de alegrías y amarguras, pero su muerte, acontecida el 18 de febrero de 1546, fue la de un cristiano que como Pablo, había peleado la buena pelea, había guardado la fe y esperaba el galardón que el Señor, el justo juez, le daría en aquel día.

 

Así pues, Lutero tuvo la dicha de ver a más de media Europa conmovida por la Reforma del Cristianismo para la que él había sido tan importante y elocuente medio. Un éxito que sirvió para la restauración de la verdad evan­gélica y que se gestó gracias a su valor, fe y perseverancia

 

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