Cómo el peso de los resultados históricos causa lenta, pero seguramente un giro en las tendencias y la manera de expresarlas. De los extremismos y posiciones antagónicas hacia lo racional, justiciero y eterno.
El diario “The New York Times”1 anuncia, más bien denuncia, el momento de la verdad económica el cual se ha dado en Gran Bretaña, aclarando que “aquello que no puede continuar, no lo hace. Un país puede gastar y gastar, acumular deuda, pero al final llega un momento en el que surge un líder que dice basta, y en el que la gente decente, analizándose a sí misma y a lo mejor de su naturaleza, responde y exige retornar a la responsabilidad”. El líder al que se refiere el artículo es el conservador inglés (sustentador de principios libertarios) George Osborne, y el artículo se refiere a cómo ese país le lleva delantera a los EE.UU. en poner coto a un Estado cobrador y gastador, el cual, en nombre de la “redistribución” ha llegado a ser un carcelero de su propia ciudadanía. Inglaterra vive hoy el reto de retornar a la racionalidad en el gasto, al corte de programas sociales excesivos… recién empiezan a ver, después de meses no exentos de disturbios sociales el difícil y lento retorno a la razón después de décadas de gasto y sueños mullidos por un Estado proveedor.
En España, país que hace ya tres años observa cómo el déficit fiscal aumenta a la par que el desempleo, José María Aznar -el ex presidente exitoso en llevar a España a nivel de potencia europea- no hizo esperar a que se escuche su voz de conservador, y opinó sobre los planes de rescate, el proteccionismo y Europa. Refiriéndose a las medidas redistributivas socialistas del actual gobierno español afirmaba Aznar: “El Estado español en estos momentos es insostenible, política y financieramente. No obstante España –desde 2004 gobernado por el partido socialista-, podría recuperarse con un programa audaz que incluya no solo la reducción del déficit, sino también la disminución de los impuestos y una mayor privatización”
“Dos izquierdas muy diferentes en la región” 2, el titular del diario peruano El Comercio declara flanqueado por otras dos declaraciones: “Venezuela, Bolivia y Ecuador se agrupan en el lado de la izquierda populista”, y “Chile primero y luego Brasil promovieron una izquierda social demócrata”. ¿Socialistas…, realmente? Para nadie es un secreto que la tendencia de las facciones socialistas exitosas en Latinoamérica se moviliza hacia un pacto entre empresa privada, Estado encargado de infraestructura y una población –especialmente las comunidades nativas- cada vez más consciente de sus derechos y lo que pueden exigir a sus Estados y a los inversionistas. Atrás van quedando las opciones radicales, que aun cuando no han desaparecido del todo –y sus abruptas insurgencias se explican más bien por las tremendas brechas de inequidad de la región latinoamericana más que por su solidez ideológica y pragmática- van en franco decrecimiento.
De uno y otro extremo del mundo vemos un cambio gradual, pero seguro: por un lado el abandono de los excesos del corporativismo financiero3; la opción por formas de crédito más democrático –abandonando lo que los descontentos ante la injusticia social llaman “capitalismo salvaje”–; la conciencia de que es indigno depender del Estado, y por el otro, que es mejor distribuir riqueza real y posibilidades de emprendimiento empresarial que distribuir migajas excedentes de la burocracia del Estado, que este no es el mejor empresario, y que -imposible negarlo- los programas asistenciales y subsidiarios dan señales inequívocas de inviabilidad. Hace pocos días los medios norteamericanos volvieron a dar la noticia de que MEDICARE sería inviable para el 2024.
El problema está en la manera en que las nuevas tendencias se expresan, causando aun desencuentros que en muchos casos son simplemente semánticos, términos que en el devenir histórico han perdido la fuerza y la connotación inicial cuyo propósito era la denuncia del opositor. Y es que, resultado de una larga confrontación o lucha por el poder4, como se define erróneamente a la política en el mundo académico, el lenguaje político ha devenido en extremista y antagónico al punto que, aun revestidos de las mejores intenciones, es imposible llegar a un pleno consenso, ya que los ismos tienden a absolutizar una tendencia y al mismo tiempo a descalificar al oponente (ese lenguaje no permite interlocución, sino solo enfrentamiento): El socialismo tiene una connotación negativa para los derechos individuales, especialmente de empresa, lo que en sociedades fragmentadas es fatal a cualquier esquema económico, y el liberalismo tiene una connotación también negativa de egoísmo siendo ambos imposibles de conciliar con un beneficio a la vez individual y colectivo.
Es más, desde que en el siglo XVIII, en el Parlamento Francés los sectores conservadores y liberales se sentaron a derecha e izquierda respectivamente, la idea de que el derecho individual y el colectivo son irreconciliables tomó tanto impulso que es hoy un tema sacramentado en la educación política, y por tanto, no se puede hablar de liberal pues de inmediato evocará al salvaje liberalismo; de igual modo, es peligroso para alguien hablar de capital: se entenderá capitalismo y quien se atreva a mencionarlo será calificado por lo menos de neoliberal. El mismo Adam Smith, al hablar de La Riqueza de las Naciones y de la necesidad de que se promueva el comercio de acuerdo a las ventajas competitivas y riquezas de cada sociedad, y aunque hizo explícita la necesidad de un fundamento moral, fue calificado como liberalista; aunque él nunca quiso establecer la libertad en términos individualistas absolutos. Hoy por hoy, “economía de capital” y “capitalismo” son sinónimos, especialmente en los Estados Unidos, y ello no permite ver a los aterrados conservadores norteamericanos del Tea Party Movement que su problema no es la expansión de la tendencia socializante de su presidente Obama, sino que su idea de “capital” hace mucho que desbordó en imperialismo financiero, el cual mostró su fea cara avariciosa en la última crisis hipotecaria y mundial.
Urge recuperar un lenguaje de categorías precisas con las que la población pueda exigir un Estado que establece un claro marco jurídico a la propiedad –nativa- y las ganancias, que no maquiavelice la habilidad para hacer dinero –como lo hace el concepto inimaginable y aberrante de sobreganancia (?)- y se asegure un Estado de Derecho el cual garantice libertades individuales armonizándolas con las colectivas, en donde ambos, lo individual y lo social puedan ser libres de la dicotomía que los convirtió en términos excluyentes. Es decir, necesitamos redefinir lo social, como inclusivo, protector del derecho individual y libertario, alejado del socialismo redistribuidor de las ganancias ajenas, y necesitamos redefinir una economía de capital también inclusiva y no capitalista, y ese lenguaje definitivamente no puede ser hallado en las categorías de pensamiento pragmático y enfocado en programas económicos de la política de hoy. Es un lenguaje de categorías claras el cual puede ser hallado en las fuentes clásicas del pensamiento libertario de aquellas naciones que en siglos pasados contaron con una fuente precisa y contundente a partir de las reformas religiosas, sociales, políticas y económicas del siglo XVI. El modelo social bíblico sobre el cual juran sus cargos muchos presidentes… aún sin saber sobre qué están jurando.
¿Imposible? No se trata de utopías, aunque algunas cosas excelentes lo parezcan. El escritor Ernesto Sábato ha dicho: “Solo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido”5. Me atrevo a decir algo más, que encuentro necesario cuando de ir en pos de una visión se trata: “Sé realista, apunta a lo imposible”.