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01 de Enero del 2011

Túnez y África en su hola decisiva

Túnez está ubicadaen el África septentrional y colinda con el mar Mediterráneo por el norte y  al este, al sureste con Libia y al oeste con Argelia. Con una corta vida republicana, la nación ha estado marcada por las dictaduras y autocráticas. Colonia francesa desde 1881, hizo una heroica guerra de resistencia hasta su independencia en 1956, año en el que asume la presidencia Habib Bourguiba, que había sido un luchador incansable contra el colonialismo galo.

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Pero la salud le jugó una mala pasada a Bourguiba y en el año de 1987 fue declarado no apto para gobernar y lo reemplazó Zine el-Abidini Ben Alí que ha gobernado hasta hace unos pocos días y que fue derribado por un movimiento popular.

 

Ben Alí, como popularmente lo llamaban, instituyó una maquina represiva que le permitió gobernar con una oposición disminuida sino encarcelada y con un control de aparato judicial que le facilitó las constantes reelecciones debido a antojadizas y descabelladas interpretaciones constitucionales, todo ello sin descartar la corrupción galopante que ulceraba todo el tejido político, económico y social del país.

 

Túnez era considerado uno de los regímenes más sólidos y gobiernos más fuertes del Magreb. Además de ello, su fluida relación con los Estados Unidos obligaba a que sea percibido por sus pares regionales como una administración estable y cercana a occidente.

 

Pero, el tormentoso río de la política surcaba sus tierras subterráneamente. Una insatisfacción constante permitía incubar un movimiento de grandes proporciones en el que, sin lugar a dudas, los jóvenes serían los que se pondrían a la cabeza de las protestas.

 

Cuando se empezaron a dar las primeras señales de rebelión, el gobierno sacó a las calles su aparato represivo y cerró liceos y universidades. Encarceló a dirigentes sindicales y estudiantes y muchos líderes de la oposición fueron a dar a los sótanos de tortura y luego desaparecidos.

 

Además de los factores citados, existían otros que estaban más profundamente ubicados en el colectivo popular y uno de ellos era las falsas de expectativas para la población, añadido al alto nivel de desocupación, la carestía de los productos básicos y un indignante proceso de corrupción, ejercido principalmente por la familia de su esposa, Leila Trabelsi, y por ella misma.

 

Ante la dimensión de la protesta y ante la inminencia de una revuelta popular, el presidente Ben Alí, a quien llamaban Alí Baba y sus cuarenta ladrones, buscó desarticular directamente la máquina rebelde y se apresuró a hablar en la televisión donde prometió que no habría más represión y que destituía al Ministro del Interior, que no volvería a presentarse a una nueva reelección para presidente, que se rebajarían los precios de los productos básicos y que se crearían 300,000 nuevos puestos de trabajo.

 

Pero el gobierno había sido invadido por una ola de descrédito y el autócrata recién entendió que los límites del poder los ponía la población y en ésta la capacidad de soporte había llegado a sus fronteras.

 

La situación de ingobernabilidad que empezaba a inundar las tierras tunecinas fueron la señal para que el dictador empezara a buscar asilo entre los países amigos, pero los mismos permanecieron sordos y mudos. Finalmente Arabia Saudí le extendió la mano y fue la ciudad de Jeddadh, la que lo acogió y con ello se cierra un capítulo de la historia tunecina.

 

Pero los efectos que ha tenido en la región este derrocamiento recién se inician, principalmente entre los regímenes en los que se repite la historia como en un espejo biselado. Un efecto dominó ha puesto en alerta algunos gobiernos como el de Ben Alí que tiene 74 años y estuvo 23 en el poder. El argelino Abdelazis Buteflicka que tiene 73 años y 12 en el gobierno, el egipcio Hosni Mubarack con 82 años y 29 en el poder y el líder libio Gadafi con 68 años y 40 en el gobierno.

 

Pero a estas gerontocracias del África musulmana se añade otro elemento del África negra, que se ha puesto al descubierto con la caída de Ben Alí y es la corrupción y despilfarro de las esposas.

 

Las damas de oro

La ex primera dama tunecina Leila Travelsi, según Le Monde, al momento de su huída logró saquear las arcas del Banco Central y llevarse la friolera de 1.5 tonelada de oro, valorizado en aproximadamente 48 millones de dólares.

 

Por otro lado Naadu Mill, esposa del presidente de Ghana, en un gesto de excesiva obsequiosidad le dio a Michelle Obama, en su visita a la Casa Blanca, un reloj de oro y brillantes, valorado en 52 mil dólares, todo esto en un país cuya renta per cápita alcanza la modesta suma de 1,200 dólares al año.

 

Por su parte Grace Mugabe, esposa del mandatario de Zimbahue de quien se dice posee 3000 pares de zapatos, gastó en una visita relámpago a París 135,000 dólares.

 

La etíope Azeb Mesfin, asidua visitante de las tiendas de alta costura londinenses y parisinas, tiene un esposo con una fortuna de aproximadamente 1,600 millones de dólares.

 

Caso especial es el de Constantine Obiang, esposa del presidente de Guinea y que en los últimos tiempos todos los proyectos millonarios de su país le son adjudicados a su empresa constructora.

 

Sin embargo, esta galería del infortunio y de la corrupción es encabezada por el Rey de Swazilandia, Mswatt  lll, y sus 13 esposas, que lo acompañan a todas sus visitas de Estado. Ellas hicieron un viaje a Francia e Italia por cinco días en el que gastaron 7 millones de dólares. En este país africano, la legislación sobre Seguridad del Estado condena muy duramente a quien publique información privada del soberano.

 

La camerunense Chantal Biya es famosa en su pobre país por sus bolsos de Chanel que se los manda confeccionar personalmente a precios exorbitantes al que igual que su amiga la congoleña Antoine Sasson, también aficionada a los talleres de moda francesa y todo ello en países cuyos habitantes tienen magros ingresos.

 

Sería interesante recordarles a estos jerarcas y a sus esposas que sus regímenes, muchos de ellos considerados estables y sólidos tienen los límites que les pone la soberbia y al pueblo  que ninguna máquina represiva puede detenerlos indefinidamente.

 

Juan Velit Granda

Internacionalista

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