Siria vive un clima de intensa violencia hace varios meses. Es una consecuencia más de la llamada “primavera árabe”, un movimiento social y político que comenzó con la caída del gobierno de Túnez y luego sacudió a Egipto y Libia.
La crisis de Siria está tomando un “peligroso cariz”. Así lo ha admitido el propio Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, y la comunidad internacional está preocupada por el incremento de la violencia en el país árabe.
Desde el comienzo de los reclamos sociales en enero del año pasado, las tropas sirias y fuerzas de seguridad quitaron la vida a unas cinco mil personas. También están detenidas o desaparecidas entre nueve mil y quince mil personas.
Como ocurrió antes en Túnez, Egipto y Libia, los manifestantes demandan más libertades y plena democracia, así como también un mayor respeto de los derechos humanos.
Los acontecimientos comenzaron el 26 de enero de 2011, cuando el ciudadano Hasan Ali Akleh se roció con gasolina y se prendió fuego imitando al tunecino Mohamed Bouazizi que un mes antes se había quemado, marcando el inicio de la llamada “primavera árabe”.
Las primeras manifestaciones en Siria fueron débiles, pero con el transcurrir de las semanas logró ganar impulso hasta convertirse en la mayor rebelión popular que tuvo lugar en el país durante décadas.
Como respuesta, las fuerzas de seguridad sirias quitaron la vida a cientos de manifestantes e hirieron a otros millares. Este tipo de protesta no tiene precedentes desde la masacre de Hama en 1982, donde se estima sucumbieron más de diez mil personas.
El gobierno sirio utiliza diversas tácticas para frenar las revueltas como el envío de tropas militares con tanques y helicópteros artillados, así como también francotiradores para disparar a cualquier protestante. La orden es abrir fuego contra los manifestantes. Los soldados que se nieguen a acatar dichas órdenes son ejecutados por el propio ejército sirio, lo cual plantea un escenario similar a la reciente guerra civil libia que terminó con el derrocamiento y muerte del dictador Muammar Kadafi. Desertores del ejército sirio han revelado que cientos de soldados son muertos por negarse a disparar contra los manifestantes y también denuncian violaciones en masa.
La respuesta del ala extremista de los protestantes no se ha dejado esperar y varios atentados explosivos se han registrado en Damasco los últimos meses con innumerables víctimas mortales.
Tiranía de décadas
El actual presidente, Bashar al-Assad, está en el cargo desde el 17 de julio de 2000, fecha en que sucedió a su padre, Hafez al-Assad, quien se mantuvo el poder durante 30 años, después de haber dado un golpe de estado con el apoyo de una parte del partido Baath que, actualmente, domina la vida política siria, incluyendo el Congreso. En buena cuenta, la familia Asad se aferra al poder desde hace cuatro décadas.
La familia Assad pertenece a la secta “alawita”, una rama del Islam chiita conformado por solo un 12.6 por ciento de la población siria. Sin embargo, están en la mayoría en los altos cargos del ejército y mantiene “un férreo control” sobre la población, generando “un profundo resentimiento” entre los suníes que constituyen las tres cuartas partes de la población de ese país.
Las organizaciones de los derechos humanos son sumamente críticos con el régimen sirio. Dicen que la situación de los derechos humanos en ese país es uno de los peores en el mundo. El estado de emergencia se mantiene en vigor desde 1963 y esa medida otorga a las fuerzas de seguridad amplios poderes para el arresto y detención de los ciudadanos. Los derechos de expresión, asociación y reunión están estrictamente controlados. Las mujeres y las minorías étnicas se enfrentan a la discriminación. Las autoridades acosan y encarcelan a activistas de derechos humanos, así como también a otros críticos del gobierno.
La brutalidad de la represión del régimen sirio ha suscitado duras condenas en la comunidad internacional. En mayo del año pasado, la Unión Europea acordó incluir al presidente sirio y a otras 10 personas de su régimen en la lista negra de sancionados por la sangrienta represión.
La propia Liga Árabe ha reaccionado ante tanta violencia. El 12 de noviembre del año pasado, suspendió a Siria por los abusos contra los grupos opositores; lo que es más, envió una misión de observadores como parte de los esfuerzos para finalizar el derramamiento de sangre antes de que estalle la guerra civil.
El gobierno de Damasco se está quedando completamente solo contra sus enemigos internos, mientras que otros intereses foráneos manipulan también los hilos invisibles para lograr la desestabilización del régimen.
La crisis siria refleja una nueva situación que pocos avizoraban hace dos años en el mundo árabe. Tres gobiernos dictatoriales sucumbieron en tan pocos meses. El gobierno de Bashar al-Assad podría ser el cuarto en caer. ¿Hasta dónde se extenderá la “primavera árabe” y cuáles serán las consecuencias?.