En medio de un continente dominado por los Nazis y el más cruel Holocausto, la solidaridad de un grupo de diplomáticos españoles, repartidos por Europa, puede verse en la exposición Visados para la libertad, una muestra organizada por la Casa Sefarad-Israel, que se expone en Madrid.
En el verano de 1944 Budapest había dejado de ser una ciudad tranquila y glamorosa y el destino ideal para un joven diplomático como Ángel Sanz Briz, encargado de Negocios en la legación española en la capital húngara.
En sus calles los esbirros nazis hacían notar su presencia y los judíos vivían en un estado de terror. A sus 34 años, este zaragozano sentía que no podía permanecer impasible mientras miles de personas eran despojadas de todos sus derechos y bienes materiales.
Sus informes enviados al Ministerio de Asuntos Exteriores español explicando la desesperada situación de los judíos en Hungría no obtenían respuesta y la situación se agravaba.
“El Gobierno español se limitaba a no decir nada. Él pedía instrucciones y nadie respondía”, explica el embajador José García Bañón, casado con Pilar, una de las hijas de Sanz Briz.
LOS JUDÍOS SEFARDÍES
“La posición del Gobierno franquista era muy difícil, estaba muy ligado a Alemania, y debía pensar que salir con un registro diferente en un tema tan sensible para los nazis como era el de la cuestión judía podía ser visto como una especie de traición”, añade el diplomático.
No pudiendo contar con ningún tipo de ayuda, Ángel Sanz Briz empezó a actuar por su cuenta. En un principio, se acogió al Real Decreto de Primo de Rivera de 1924, que contemplaba la posibilidad de conceder la nacionalidad española a los judíos sefardíes, descendientes de los judíos expulsados de España en 1492.
Después decidió conceder salvoconductos, cartas de protección y pasaportes a todos los judíos que buscaran su ayuda, y para evitar tener problemas con los nazis intentó ganarse la benevolencia de la máxima autoridad alemana en Hungría.
“Hizo de todo para salvar al mayor número posible de personas. Incluso llegó a alquilar casas que pagaba con dinero de su propio bolsillo para que los judíos estuvieran a salvo mientras arreglaba su salida de Hungría”, explica García Bañón.
Cuando los rusos se encontraban a las puertas de Budapest, en diciembre de 1944, Sanz Briz se vio obligado a dejar la capital húngara rumbo a Suiza, siguiendo las órdenes del Ministerio de Asuntos Exteriores y, tras un tiempo en Madrid, partió rumbo a San Francisco.
“Nosotros, su familia, no supimos de esta historia hasta mucho tiempo después. Él nunca dijo nada ni dejó ningún testimonio escrito. Nos pareció raro que acudieran a la embajada judíos que se reunían con él en su despacho y se mostraban agradecidos”, comenta su yerno.
En 1991, el Museo del Holocausto Yad Vashem de Jerusalén lo distinguió con el título de Justo entre las Naciones e inscribió su nombre en el memorial del Holocausto. Tres años más tarde, en 1994, el Gobierno húngaro le concedió a título póstumo la Cruz de la Orden del Mérito de la República Húngara.
VISADOS PARA LA LIBERTAD
Sin embargo, el conocido como ‘el Ángel de Budapest’ -que salvó a más de 5.000 judíos- no fue el único diplomático español que se interesó de los judíos.
Desde París, Budapest, Berlín, Bucarest, Salónica y Sofía, otros diplomáticos ofrecieron su ayuda a miles de judíos. Son los ‘Schindler’ españoles y al igual que el famoso empresario alemán Oskar Schindler impidieron que más judíos murieran en el Holocausto.
El régimen franquista se limitó. “El Gobierno español no hizo nada. Pero ahí está siempre el debate: ¿la heroicidad es moralmente exigible?”, afirma Miguel de Luca, diplomático y Secretario General de Casa Sefarad-Israel.
Algunos aprovecharon sus contactos con las autoridades alemanas y locales, en expedir documentos de protección, pasaportes y salvoconductos para evitar que miles de judíos fueran enviados a los campos de concentración y exterminio nazis. “En total por la actuación directa o indirecta de España durante la II Guerra Mundial se salvó la vida de 35.000 judíos”, confirma De Luca.
HÉROES SILENCIOSOS
Eduardo Propper, primer secretario en la embajada española en París, puso en peligro su vida para proteger a miles de personas. Firmó documentos que sirvieron como salvoconductos hacia la libertad y puso a resguardo obras de artes y bienes pertenecientes a judíos. Pero su compromiso tuvo desagradables consecuencias en su vida profesional.
Una defensa también encendida de los judíos sefardíes y de sus bienes fue la que llevó a cabo el diplomático español Julio Palencia en Bucarest. Tras conocer que el artífice de la solución final Adolf Eichmann había incluido a los judíos búlgaros en el programa de exterminio alemán, Palencia evitó que se cumpliera su funesto destino. Su insistencia le valió el apodo del ‘amigo de los judíos’, como le llamaban despectivamente los alemanes. Pero lejos de amedrentarse ante la animadversión que le profesaban los nazis, Palencia no dudó en oponerse a la ejecución del judío búlgaro, León Arié. No lo logró pero sí consiguió que las autoridades búlgaras le permitieran adoptar a los dos hijos de Arié y su madre pudiera vivir en la residencia oficial con un pasaporte diplomático español.
VALENTÍA, CORAJE Y DETERMINACIÓN
Desde Atenas, el cónsul Sebastián Romero Radigales salvó a más de 800 judíos sefardíes invocando el Real Decreto de 1924 de Primo de Rivera. Pese a que, en un primer momento, sirvió para evitar su traslado a los campos de la muerte; los nazis terminaron encerrando a este grupo de sefardíes en Bergen Belsen.
“Romero Radigales no cejó en su empeño por salvarlos y siguió enviando informes jurídicos insistiendo en que se trataba de un error”, explica De Luca. Su insistencia dio finalmente frutos y tras seis meses de cautiverio los liberaron y los llevaron en un tren a España. “Uno de los supervivientes me contó algo realmente sorprendente, me explicó que un oficial de las SS fue uno a uno dándoles la mano y pidiéndoles disculpas en nombre del Tercer Reich. Pero se salvaron sólo gracias al empeño de Romero Radigales”, añade el diplomático.