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Devocionales
01 de Febrero del 2011

La letra mata, mas el espíritu vivifica

La oración fuente de poder: Libro II

Pero, sobre todo, se distinguió en la oración. La interioridad y gravedad de su espíritu, la reverencia y solemnidad de su discurso y de su actitud, la parquedad y plenitud de sus palabras, han movido a menudo la admiración aun de los extraños, como al mismo tiempo aportaban la consolación para otros.  Debo decir que nunca he sentido ni contemplado algo más importante, vivo y respetuoso que sus oraciones. Y de veras fueron un testimonio del poder de Dios. Vivía más cerca del Señor que otros hombres, y lo conocía mejor pues los que lo conocen mejor, encontrarán más razones para acercarse a Él con reverencia y temor.William Penn, hablando de George Fox

  • La letra mata, mas el espíritu vivifica

Los privilegiosmás precisos pueden producir los frutos más amargos por una ligera perversión. El sol da vida, pero la insolación da muerte. El objeto de la predicación es dar vida, pero a veces mata. El predicador tiene las llaves del corazón y con ellas lo abre o lo cierra.  Dios ha instituido la predicación para que la vida espiritual germine y madure. Cuando se aplica debidamente, sus beneficios son inmensos; en caso contrario, sus resultados perjudiciales no tienen comparación. Es fácil destruir el rebaño, cuando el pastor está descuidado o los pastos se han acabado; es fácil tomar la fortaleza si los centinelas se han dormido o el alimento y el agua se hallan envenenados. Estando investida de tan espléndidas y expuesta a tan grandes males, encerrando tan graves responsabilidades, sería una parodia de la malignidad del demonio y un libelo de su carácter y reputación, si él no usara sus hábiles influencias para adulterar al predicador y a sus mensajes. En presencia de todo, cabe la pregunta de Pablo: ¿Y para estas cosas quién es suficiente?

 

El mismo Pablo contesta: "Nuestra suficiencia es de Dios; el cual a si mismo nos hizo ministros suficientes de un nuevo pacto; no de la letra, más del espíritu; porque la letra mata, más el espíritu vivifica". El verdadero ministro está influenciado, capacitado y formado por Dios. El Espíritu de Dios unge al predicador con poder, el fruto del Espíritu está en su corazón, el Espíritu de Dios vitaliza al hombre y a la palabra; su predicación da vida, como la fuente de vida, como la resurrección de vida; vida ardiente como la que produce el verano, vida llena de frutos como el otoño. El predicador que da vida es un hombre de Dios, cuyo corazón tiene sed continua de Dios, cuya alma suspira constantemente por Dios, cuyo ojo es sencillo para con Dios y quien, por el poder del Espíritu Santo ha crucificado la carne y el mundo, y su ministerio es como la corriente generosa de un río vivificante.

 

La predicación que mata es la predicación carente de espiritualidad. La habilidad del predicador en este caso no proviene de Dios. Otras fuentes no divinas le han dado su energía y estímulo. El Espíritu no se revela ni en el predicador, ni en su predicación. El mensaje que mata pone en juego muchas fuerzas, pero no son fuerzas espirituales. Pueden parecer como tales, pero no son más que una sombra, un engaño; parece que tienen vida, pero es una vida magnetizada. La predicación que mata solo se preocupa por la letra; está bien ordenada y presentada, pero es más que letra seca, hueca, vacía. Aunque la letra tenga el germen de la vida, le falta para brotar el aliento de la primavera; es como las semillas del invierno, dura como el suelo, helada como el aire invernal, sin deshielo ni germinación. La predicación de la letra tiene la verdad. Pero aun la verdad divina no tiene energía por sí sola para dar vida; necesita ser reforzada por el Espíritu, quien se apoya en toda la omnipotencia de Dios. La verdad que no está vivificada por el Espíritu de Dios mata tanto como el error o aun más. Aunque sea la verdad pura, si carece del Espíritu, su contacto es mortal, su verdad error, su luz tinieblas.

 

La predicación de la letra no tiene unción del Espíritu, no está madurada por Él. A veces lleva lágrimas, pero las lágrimas no mueven la maquinaria de Dios; pueden ser como la brisa del verano sobre una montaña de hielo, que solo causa un ligero reblandecimiento en la superficie. Puede ser que haya sentimiento y entusiasmo, pero no es más que la emoción del actor, el acaloramiento del abogado.

 

El predicador se siente encendido por sus propias chispas, elocuente en la presentación de su propia exégesis y con afán de presentar lo que produce su propio cerebro; es el profesor usurpando el lugar y el fuego del apóstol; la inteligencia y los nervios simulando la obra del Espíritu de Dios y de esta manera la letra brilla y flamea como un letrero iluminado, pero a pesar del resplandor hay tan poca vida como la de un campo sembrado de perlas. El elemento mortífero se esconde detrás de las palabras, del sermón, de la ocasión, de los ademanes y de la acción. El gran obstáculo está en el predicador mismo. Le falta el poder vivificante. Quizá no haya nada que decir de su ortodoxia, de su honradez, de su pureza, de su sinceridad, pero, por alguno que otro motivo, el hombre, el hombre interior, en lo más íntimo de su corazón, no se ha quebrantado ni se ha rendido a Dios, y por lo tanto, su vida interior no es camino real por donde puedan pasar el mensaje y el poder de Dios. En el lugar santísimo de su alma domina el yo y no Dios. En algún punto, inconsciente para el predicador, ha sido tocado su ser interior y ha sido cortada la corriente divina. En su ser íntimo no ha sentido la bancarrota espiritual, su completa ineficacia; nunca ha sabido clamar con voces inefables de desesperación y desamparo hasta conseguir que el fuego y el poder de Dios entren en él y lo llenen, purifiquen y fortalezcan. La vanidad, la confianza propia en alguna forma perniciosa, han profanado el templo que debería estar consagrado a Dios. La predicación que da vida demanda mucho del predicador -la muerte del yo, la crucifixión del mundo, el sufrimiento del alma. Solo la predicación crucificada puede dar vida. Esta predicación solo puede venir de un hombre crucificado.

 

"Todos los despertamientos empiezan en la cámara secreta; ningún corazón arde en fe sin mucha conversación secreta con Dios, y nada puede sustituir su falta".

Berridge

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