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07 de Marzo del 2017

La deidad de Jesucristo

“Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?. Rev. Luis M. Ortiz

  • La deidad de Jesucristo

“Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.”  Mateo 16:13-17. Rev. Luis M. Ortiz

La determinación de más de doscientos millones de cristianos evangélicos dispuestos a morir como mártires durante las persecuciones imperiales y las inquisiciones religiosas, era igual a la de los primeros cristianos, quienes se negaron a admitir la deidad de César y proclamaron la deidad de Jesucristo; no podían aceptar un mediador que no fuera Cristo.

Este pasaje bíblico muestra que en el pueblo había opiniones diversas y distintas acerca de la persona y de la identidad de Cristo, pero todas equivocadas, y las había hasta mal intencionadas, como las de los fariseos, que le tildaban de sedicioso ante las autoridades políticas, y de blasfemo ante las autoridades religiosas. La única respuesta correcta salió de los labios del apóstol Pedro, la que le fue dada por revelación divina.

Igual a Dios

En su oración intercesora hablando con el Padre, Él decía: “Y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo es mío” (Jn. 17:10). Para poder redimirnos “... siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil. 2:6-11).

Los hombres mataron a Cristo, porque se hacía igual a Dios (Jn. 5:18). Pero Dios lo resucitó vindicándole como Hijo de Dios (Ro. 1:4). “Sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no solo en este siglo, sino también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies” (Ef. 1:20-22). Conjuntamente con el Padre y el Espíritu Santo forman la Santísima Trinidad, cuya evidencia bíblica es abrumadora. Su igualdad con el Padre es evidencia de la deidad de Cristo.

Su nacimiento y vida

Las profecías y los detalles milagrosos acerca del nacimiento de Cristo, como doscientos setenta, hubiesen sido humanamente imposibles de cumplirse, a no ser que el que habría de nacer fuera el Hijo del Dios Altísimo. Estos centenares de profecías y detalles milagrosos que se cumplieron al pie de la letra en su nacimiento fueron confirmados por millares de milagros y prodigios realizados por Cristo en su vida y ministerio que probaban su deidad.

Por ejemplo, su victoria sobre Satanás en la tentación en el desierto; la proclama de Juan el Bautista presentándolo como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; el testimonio audible del Padre desde el cielo; su vida impecable, su amor y paciencia perfectamente balanceada con su indignación contra la hipocresía; sus enseñanzas, su doctrina, su sabiduría, su seguridad, su autoridad. No había enfermedad del cuerpo, de la mente o del espíritu que Él no pudiera sanar, echaba fuera demonios y aun los demonios reconocían que estaban ante el Hijo de Dios. Él calmaba la tempestad, multiplicaba los panes, resucitaba a los muertos. Sabía perfectamente que iba a ser traicionado, arrestado, juzgado, negado, condenado, maltratado, crucificado, que habría de morir, pero también que habría de resucitar y saldría vencedor sobre el pecado, el diablo, la muerte. Por cuarenta días se apareció a sus discípulos, y luego ascendió a los cielos, y se sentó a la diestra de Dios. Con su vida impecable, victoriosa y llena de obras sobrenaturales dejó abundante evidencia de ser el Hijo de Dios.

La eficacia de su sacrificio

“... como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Ro. 5:12). Y “por cuanto todos pecaron, ... están destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3:23). Por lo cual “ningún hombre podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate” (Sal. 49:7). Entonces, para poder redimir al hombre hacía falta una persona santa, impecable, divina; para que pudiera dar su vida y su sangre como precio para el rescate del hombre pecador (Ro. 3:10, 23). Y esa persona es nuestro amado Salvador Jesucristo, de quien la Biblia nos dice que en el propósito de Dios Él “fue inmolado desde el principio del mundo” (Ap. 13:8).

Es por la preciosidad de su sangre inocente, pura, inmaculada, divina, incorruptible, eterna, presentada como ofrenda por el pecado del hombre, que Él hace perfectos para siempre a los que creen en su nombre y aceptan su sacrificio, y ya Dios nunca más se acordará de sus pecados (He. 10:14-17). La eficacia de su sacrificio proclama la deidad de Cristo.

El triunfo de la Iglesia

La determinación de más de doscientos millones de cristianos evangélicos dispuestos a morir como mártires durante las persecuciones imperiales y las inquisiciones religiosas, era igual a la de los primeros cristianos, quienes se negaron a admitir la deidad de César y proclamaron la deidad de Jesucristo; no podían aceptar un mediador que no fuera Cristo, pues dice la Biblia: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Ti. 2:5). Todo esto es posible porque Jesucristo es el Señor, todo esto proclama la deidad de Jesucristo.

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