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Historias de Vida
05 de Mayo del 2017

La triste infancia de Sabina

Apeló a la hechicería como una forma de escapar al sufrimiento que le dejó una agresión sexual en la niñez. Sin embargo, lejos de experimentar tranquilidad, sentía más angustia, hasta que una mujer apareció en su vida y le enseñó el camino de la paz.

  • La triste infancia de Sabina

Susan Amau Villanueva

Cierta mañana de 1996, una niña de seis años entró a una casa en la ciudad de Badén AG, Suiza. Con la inocencia propia de su edad, aquella pequeña no sabía que ingresaba a la vivienda de una hechicera. Sus padres la llevaban de la mano, con los rostros preocupados por los problemas económicos que la familia atravesaba desde hace tiempo.

De ese modo, Sabina Afonso Santos Funez tuvo el primer contacto con el ocultismo que durante los años posteriores le traería tanta angustia y sufrimiento, hasta hacerle pensar en la muerte como solución a su drama.

La historia de su familia empieza a principios de la década del 90, cuando la crisis económica agobiaba a Portugal, había desempleo y muchos jóvenes tuvieron que abandonar el país en busca de un futuro mejor.

Cada uno por su lado, José Antonio Pinto dos Santos y María Ascenção Lourenço Afonso Santos migraron a Suiza. Allí se conocieron y formaron una familia. Sabina fue la mayor de las hijas y vivieron varios años de felicidad plena.

Cuando Sabina tenía cuatro años, sus padres rentaron una tienda para vender productos de su ciudad natal. Todo marchaba bien, hasta que un embustero, amigo de su padre, les robó el negocio y la tienda fracasó.

La crisis afectó a la familia, que buscó la solución en la hechicería y santería de una brasileña. Pronto aquella pareja fue convencida de participar en una secta satánica. Sus menores hijas, Sabina (6) y Mery (4), recibieron una joya como símbolo de unión a la secta. Pero nada menguó, los problemas financieros y el hambre siguieron agobiando a la familia.

La agresión

Debido a las fuertes pérdidas y sin un sustento para el hogar, Sabina y su hermana fueron enviadas a Portugal, a la casa de una hermana de su madre. Pero antes de que viajaran, la hechicera intentó comprar a Sabina para usarla como ofrenda a la oscuridad, propuso una fuerte cantidad de dinero. Aunque la situación era crítica, los padres no aceptaron.

Ambas niñas llegaron a la casa de la tía y comenzaron a vivir un verdadero calvario. Las niñas extrañaban a los padres y lloraban todos los días. Sabina, que apenas tenía siete años en ese entonces, sentía que el cuidado de la hermana menor era mucha carga para ella.

Fue allí que algo terrible le ocurrió. Un familiar la agredió sexualmente y marcó su vida. Ella nunca habló porque fue amenazada de muerte y sufrió en silencio el daño causado por aquel adulto desalmado que no respetó su inocencia.

Después de un año, las menores regresaron a Suiza. Sabina estaba diferente. Atrás había quedado la niña juguetona, amorosa y divertida con sus padres. Miraba con rencor a las personas y no quería hablar con nadie. Era una niña atormentada. Peleaba constantemente con sus hermanas y no estaba tranquila hasta ver la sangre. Sus padres, preocupados por su reacción, llamaron a un cura, pero de nada sirvió.

Su padre se convirtió en un alcohólico golpeador. Pegaba a sus hijas y esposa hasta marcarlas en el cuerpo. Esta violencia empeoró la condición de Sabina, que comenzó a pensar en el suicidio.

Deseo suicida

A los doce años, Sabina era una adolescente con mucho rencor. Resentida con sus padres y con la gente que la rodeaba. Sentía que no tenía nada que hacer en este mundo y decidió quitarse la vida. Tomó decenas de pastillas para provocar su muerte. Su intento no funcionó.

Ella culpaba a sus padres de los traumas producidos por la agresión. Los fantasmas de su infancia la agobiaban y, por eso, intentó suicidarse por segunda vez. En la escuela a la que asistía, escuchó de un adolescente que murió por comer hierba, así que lo intentó de ese modo, pero también fracasó. Su afán por dejar de vivir una vida miserable en un hogar destruido la convirtió pronto en una adicta a las drogas.

Sus padres, cansados de seguir en el mismo lugar, compraron una casa en un pueblo llamado Chepeny, al que se mudarían. La rebeldía de Sabina creció aún más al considerar que perdería a las pocas amistades que había logrado conseguir en su vida.

–La escuela era como mi casa y mi casa era como el infierno –recuerda.

Ella afirmaba que soportar las peleas de sus padres era lamentable, y la idea de dejar lo poco que tenía en la vida, la desanimó por completo.

A pesar de ello, Sabina pensó que el cambio podría favorecer el trato entre sus padres, pero nada cambió. Su madre tenía un matrimonio infeliz y sus problemas la llevaron a refugiarse nuevamente en la brujería.

Con 17 años de edad, Sabina y su madre tomaron unas clases de ocultismo para convertirse en seguidoras del mal. Por un tiempo, les fue otorgado un supuesto poder para sanar. Sin saberlo, con dicha acción vendían su alma a la más profunda oscuridad.

Una noche mientras dormía, un sujeto de negro la tomó del pecho y la arrastró hasta caer de la cama. ¿Un sueño o una realidad?, se preguntaba Sabina, pero lo cierto era que había veinte sujetos más en la habitación que la tomaron de los brazos y no la soltarían hasta llevársela. Por más que se esforzaba, nadie escuchaba sus gritos. Fue entonces que una voz tronó.

–¿Recuerdas las oraciones que me hacías? ­–escuchó claramente.

Las palabras le llegaron hasta el alma y recordó las oraciones que pronunciaba cuando era niña. Comenzó a orar. De pronto, un ángel de cabello como el oro más fino, vestimenta de blanco reluciente y de luz inigualable, descendió con una espada y se llevó todos los males. No lo podía creer. Al despertar contó a su madre lo sucedido, pero ella no le creyó.

Pronto la experiencia quedó en el olvido y Sabina continuó con los ritos satánicos. Existía una atracción tan fuerte que no la dejaba retirarse en paz. Cada vez que intentaba alejarse, volvía con más fuerza, como atraída por un imán. En su casa las cosas seguían igual. Su padre llegaba cada vez más borracho y había más golpes en el hogar.

Un día su madre fue golpeada con tanta furia que Sabina intervino y, en su afán de defenderla, intentó golpear a su papá. Estaba enloquecida, tomó una almohada y se encerró en el sótano, en plena oscuridad. Una vez más pensó en matarse, e intentaba ahogarse con la almohada cuando fue interrumpida por alguien que posó su mano sobre su hombro y le dijo:

–No lo hagas.

Entonces, la muchacha sintió una profunda paz, tan intensa que olvidó lo que intentaba hacer en ese momento.

Encuentro con el Señor

Sabina huyó de casa, decidió estudiar enfermería y en el centro de estudio conoció a un pastor, a quien comenzó a contarle sus problemas. Aquel hombre se solidarizó con la joven y le consiguió un lugar donde vivir por el momento. Era la casa de un diácono de una iglesia reformada. Un hogar completamente distinto al que vivía en su casa. Ellos la acogieron con cariño y le enseñaron a orar con devoción. Desde entonces oraba fervientemente por sus padres.

Permaneció en ese hogar por tres años y terminó su carrera. Cuando volvió a casa de visita, notó que sus padres habían cambiado, entonces pensó que había sido efecto de la oración. Pero ese cambio no era suficiente. Si bien era cierto que Sabina había dejado los vicios, aún el dolor y el resentimiento eran grandes obstáculos en su corazón.

Por trabajo se mudó a la ciudad de Basilia. Conoció mucha gente, entre ellas a María, la hermana de un amigo que era cristiana, la que la llevó a su iglesia, pero no le gustó. No sentía lo que estaba buscando: la presencia de Dios.

María al ver la incomodidad de Sabina la llevó a una iglesia que conocía de vista. Desde antes de ingresar, Sabina escuchó ángeles cantar, y cuando ingresó sintió que la gloria de Dios cubría el lugar, por lo que rendida cayó a los pies de Cristo ante el altar. Fue el año 2013 en que decidió cambiar.

Sabina dejó todo atrás. La paz y el amor que buscaba se la dio Cristo el Señor. Se entregó completamente a la obra de Dios y en mayo del 2014 se bautizó en Ginebra.

Sus padres, al ver el cambio, se preguntaban qué le había hecho la iglesia, pero Sabina solo tenía una respuesta: “Cristo me ha cambiado”.

La vida tormentosa de la joven se convirtió en paz. Su anhelo por servir al Señor, la llevó al estudio profundo de la Palabra de Dios. Había una llama misionera que ardía en su corazón. Se convirtió en una fiel seguidora de Cristo y anduvo por donde dijera su pastor.

Meses después conoció a Germán Isaac Funez, de El Salvador, un joven que llegó a Suiza solo por cuatro meses, para enseñar música a los hermanos de la iglesia. Germán se quedó y fue levantado como pastor. Se casó con Sabina en 2015 y ambos sirven en la Obra del Señor en Berna. Tienen una hija, Eunice, la luz de sus ojos.

(Ampliados)

Pero antes de que viajaran, la hechicera intentó comprar a Sabina para usarla como ofrenda a la oscuridad, propuso una fuerte cantidad de dinero. Aunque la situación era crítica, los padres no aceptaron.

Permaneció en ese hogar por tres años y terminó su carrera. Cuando volvió a casa de visita, notó que sus padres habían cambiado, entonces pensó que había sido efecto de la oración. Pero ese cambio no era suficiente...

La vida tormentosa de la joven se convirtió en paz. Su anhelo por servir al Señor, la llevó al estudio profundo de la Palabra de Dios. Había una llama misionera que ardía en su corazón. Se convirtió en una fiel seguidora de Cristo y anduvo por donde dijera su pastor.

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