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Historias de Vida
10 de Julio del 2018

La fe venció al cáncer

La terrible enfermedad la atrapó para menguar su fe y parecía que los años de dolor y sufrimiento sumergida en el alcohol no habían terminado. Al borde de la muerte clamó a Dios y Él le respondió, y ahora vive para agradecerle.

  • La fe venció al cáncer

Por Susan Amau / Fotos: MMM Colombia y Archivo familiar

Era diciembre de 2014 cuando Lina Gaibor Zurita recibió una triste noticia. Un tumor cancerígeno agresivo había invadido su estómago por completo y necesitaba una intervención inmediata. Mientras el médico le explicaba el diagnóstico, dijo: “Yo sé que mi Redentor vive”.

De la mano de su menor hija, salió del hospital y se dirigió a casa. Se encerró en su habitación, cayó de rodillas y clamó a Dios con todas sus fuerzas. Le pidió al Señor una oportunidad para cuidar de sus hijos y servirle solo a Él por el resto de sus días.

Con su esposo en la cárcel y su hijo mayor con problemas emocionales, vivía su mal con sus dos menores hijas. ¿Sola? Nunca lo estuvo, detrás de ella el ejército de la iglesia del Señor en Roma oraba y ayunaba por ella. Las palabras de aliento jamás faltaron y su fe se fortaleció con el tiempo.

En algún momento Lina pensó que la enfermedad era su castigo por la vida liberal que llevó y los pecados que cometió cuando no conocía a Cristo. Buscando respuestas iba seguido al altar y ahí dejaba sus cargas al Señor.

CRUEL INFANCIA

Lina nació en 1963 y creció en un hogar con excesiva violencia. Su padre, Adán Gaibor Gaibor, era un hombre que golpeaba mucho a su madre, hasta dejarla inconsciente. La escena aterrorizaba a la niña y por eso corría a las calles en busca de ayuda, pero nadie se acercaba por temor a su papá.

Más tarde, con solo 10 años, le tocó vivir una de las escenas más crueles en su familia. Adán golpeó a su hijo mayor con gran brutalidad por querer evitar la golpiza que pretendía darle a su madre.

El alcohol había convertido a su padre en un hombre desquiciado; sin embargo, cuando estaba sano era la otra cara de la moneda: un hombre amable, gracioso, amiguero y hasta cordial con su madre y las demás personas.

Vivían de la agricultura y tenían una casita humilde en el Cantón Montalvo, en Ecuador. A pesar de los problemas familiares, sus padres siempre se esforzaron por dar a sus hijos lo mejor, y darles la educación que ellos no pudieron recibir. Lina vendía yuca con su padre y ayudaba a su madre en el puesto de comida.

UN AMOR DESGRACIADO

Cuando ella tenía 13 años, su padre dejó de beber como antes y dedicó más tiempo a su familia. A Lina, por su parte, le gustaba salir con las amigas y quiso dejar de estudiar, pero una buena reprimenda bastó para hacerla cambiar de opinión y continuar en la escuela.

Sin embargo, meses después conoció a un joven llamado Franklin, de quien se enamoró. Creyó conocerlo bien, hasta que se enteró que era drogadicto. Sus padres no lo aceptaron, pero ella siguió con la relación. Dos años pasaron viviendo su amor a escondidas, hasta que Lina quedó embarazada y se mudó con él para formar un hogar.

Con la llegada del bebé, se instalaron en un terreno que lograron comprar con esfuerzo y vivieron tranquilos un tiempo, pero los problemas vinieron después. El padre de su hijo desaparecía de la casa para refugiarse en la droga. Luego, bajo el efecto alucinógeno, la encerraba, la golpeaba con rudeza y le apuntaba con una escopeta amenazándola con matarla algún día.

Preocupada porque un día maltratara a su hijo, escapó para nunca regresar. Franklin la encontró y le explicó la razón de sus problemas. Le dijo que su madrastra les había hecho ‘daño’ para que fueran infelices y, en la búsqueda de una solución, ellos decidieron recurrir a un brujo para cortar el hechizo.

Fue un 31 de octubre cuando fueron a la última sesión. Al día siguiente Franklin falleció en un accidente. Lina padeció tanto la muerte del padre de su hijo que se refugió en el alcohol. Aunque estudió y terminó de graduarse como profesora, su vicio aumentó.

EL PERVERSO ALCOHOL

En uno de sus constantes viajes a Babahoyo, en Guayaquil, le dio una intoxicación severa por alcohol, conocida en algunos países como la muerte blanca. Sus quejidos en un bar llamaron la atención de Sandra Aguilar, una amiga con la que, tiempo atrás, acostumbraba tomar licor.

Sandra bebía mucho al igual que Lina, era lesbiana, pero Cristo la cambió. Cuando vio a Lina le predicó del Señor, y le regaló tres casetes con videos que daban una lección de vida.

Aún con la resaca, Lina llegó a casa, colocó uno de los casetes y, mientras miraba las imágenes, comenzó a llorar. Era su vida reflejada en aquella historia. El mensaje final: solo Dios tiene poder para sanar.

El Señor hizo una obra especial en su vida y ella comenzó a congregar en una iglesia libre, pero no por mucho tiempo. Una división de la congregación la alejaría de la casa de Dios y emprendería un nuevo rumbo en su vida. Meses después de dar a luz a un segundo hijo, producto de un amor no correspondido, en el 2000 se fue a Italia en busca de un futuro mejor.

Dos años pasaron y fueron más que suficientes para involucrarse nuevamente en el alcohol. La angustia, el dolor, los recuerdos absorbían sus pensamientos y la incitaban a refugiarse otra vez en el vicio.

Más tarde se casó con Vincenzo Cento, un italiano que intentó cambiarle la vida, pero no lo logró. Su hijo mayor, que ya se había casado, se volvió también alcohólico y cierto día se lanzó de un tercer piso y fue internado de emergencia. Afortunadamente salió con vida.

Desesperada, Lina se culpó a sí misma de la desgracia de su hijo y buscó una iglesia. Si ese día alguien le hubiera invitado a cualquier lugar donde hablaran de Dios, hubiera acudido sin reproche. Sin embargo, nadie lo hizo. Ni siquiera el hermano con quien se encontraba siempre en la estación del tren y le hablaba de Cristo.

Buscó entre sus pertenencias y halló un viejísimo tratado. Se dirigió a la iglesia y fue el comienzo de una nueva etapa en su vida. Viajó a Ecuador para ver a su padre enfermó. Se sentía agotada, infeliz, triste y sola. Aun así, llamó a sus antiguos pastores a orar por su familia. Su padre se entregó a Cristo y falleció en la presencia del Señor.

Mejoró la situación de su hijo y Lina se aferró a Dios con todo su corazón. El deseo de seguir bebiendo desapareció a medida que congregó y se hizo una fiel seguidora de Jesucristo. En el 2012 se bautizó en una iglesia del Movimiento Misionero Mundial en Roma y su vida fue otra. Cristo la cambió, la restauró e hizo una obra especial en su vida.

¿DÓNDE ESTÁ OH MUERTE TU VICTORIA?

Fue en esas circunstancias que la enfermedad del cáncer la sorprendió. El médico le dijo que el tumor había comprometido gran parte de su estómago y que lo mejor era sacarlo; siendo agresivo podía tener raíces y comprometer a otros órganos, lo que provocaría su muerte. Lina suplicaba misericordia a Dios y un día antes de su operación tuvo un sueño.

Una mano sacaba de su pecho cosas negras y cosas blancas, y de la zona afectada sacó una serpiente, la que destrozó por completo. Confiada en Dios, Lina entró en la sala de operaciones e hizo antes una oración en voz alta que involucró a los médicos. La operación fue un éxito.

Cuando abrieron a Lina era como si alguien ya la hubiera limpiado y no quedaba mucho por hacer. Los médicos se asombraron de su fe y le dieron de alta.

Dios la sanó, restauró su vida, fortaleció aún más su fe y ahora le sirve a Cristo con mayor devoción por el milagro hecho en su vida.

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Impacto Evangelístico es una publicación oficial del Movimiento Misionero Mundial con 50 años de circulación en el mundo entero, editado en seis idiomas. El contenido, con reportajes, testimonios, historias e información, está orientado a edificar la vida de nuestros lectores.

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