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Historias de Vida
11 de Diciembre del 2018

SANTIAGO, EL SERVIDOR DE DIOS

Era bebedor, revoltoso e irresponsable hasta que decidió cambiar para convertirse al cristianismo. Sin embargo, chocó contra su propia familia porque lo preferían alcohólico antes que un seguidor de Jesucristo. Hoy, por la gracia de Dios, todos sirven al Señor.

  • SANTIAGO, EL SERVIDOR DE DIOS

Por Susan Amau / Fotos: Archivo Familiar

Pasó mucho tiempo, quizás horas de rodillas en el altar. Bañado en sudor y lágrimas apenas podía levantar la mirada. Se sentía miserable a causa de los innumerables pecados que había cometido en su vida. Quería cambiar y dejar el camino de la perdición. En su mente resonaba el mensaje que el pastor emitió durante el culto.

“Jesús vino a salvar y a buscar lo que se había perdido”. “¿Acaso soy yo?”, se repetía a sí mismo. De repente, una mano se posó sobre su cabeza y una voz le invitó a repetir la oración de fe, y él tembló de cuerpo entero.

Era un 24 de diciembre. Santiago Guaji Cabejo podría haber estado borracho y perdido como en otras ocasiones, pero aquella noche estaba en un templo cristiano y el Señor lo encontró y cambió su vida para siempre. Ese día aceptó a Jesús como su Salvador personal, hubo algarabía en la iglesia y el pastor lo abrazó, como un padre abraza a su hijo. Entonces, se sintió conmovido, nunca antes lo habían tratado con cariño, su padre nunca lo había abrazado.

MARCADO EN LA INFANCIA

Santiago nació en San Ignacio de Moxos, Bolivia, un pueblo tradicionalmente dedicado a los santos. Su padre, Alejandro Guaji, participaba de las fiestas patronales, danzaba y bebía casi hasta perder la conciencia. Indolente a causa del alcohol, abandonó a su familia. Entonces, su madre, Abelina Cabejo, empezó su lucha para salir adelante con sus seis hijos pequeños.

Tiempo después, ella se unió con otra persona y les presentó a sus hijos un padrastro. Al principio parecía el hombre perfecto, el padre que Santiago siempre quiso tener, pero con el tiempo llegaron los problemas. Comenzaron las discusiones y conforme pasaron los meses el maltrato y las agresiones físicas se tornaron cada vez peores.

Santiago no pudo soportar más. Con tan solo siete años, huyó de su casa para evitar más palizas y sufrimiento. Caminando solo y triste por las calles de su pueblo, encontró a un hombre gentil que le ofreció comida y un lugar donde vivir. Lo matriculó en la escuela y le prometió que haría de él un niño diferente.

Pasaron dos años y el recuerdo de sus padres agobiaba a Santiago. Los extrañaba, pues era solo un niño que merecía crecer en un hogar feliz. Su pequeño corazón fue dañado aún más cuando el hombre que lo protegía le pegó y lo echó de su casa. La razón: salir a jugar con otros niños.

No podía regresar con su mamá en esas circunstancias. Vagó y divagó hasta quedar agotado; la calle se convirtió en su nuevo hogar. Ahora los niños de la calle eran su familia y encontró refugio en las drogas y el alcohol, hasta que un día fue sorprendido por su hermano mayor, quien lo vio sucio y desvalido durmiendo debajo de un puente. Con el alma desgarrada, lo llevó de regreso a casa. Pero no fue la solución a su vida: su llegada generó más pleitos en su hogar.

Acostumbrado a la calle, Santiago no quiso vivir más en la casa de su familia y escapó muchas veces; robó a su madre; era un niño atrevido y malcriado. Para tratar de corregir la situación, el padrastro falsificó sus documentos para que pueda prestar servicio militar cuando apenas era un adolescente. Inútil decisión. El niño lo odió más. Detestó su vida y juró nunca más regresar.

Se alojó donde su hermano mayor, en Santa Cruz; consiguió trabajo en una discoteca y volvió a las andanzas. La soledad y la falta de amor lo consumían. Empezó a usar drogas que lo invitaban al suicidio. En más de una ocasión lo intentó, se paró en medio de la pista y esperó el impacto de algún vehículo, pero no sucedió.

ENCUENTRO CON DIOS

Regresó a su pueblo a los 19 años y su vida todavía no tenía rumbo. Merodeando por las calles un joven se le cruzó, era un pandillero con el que había compartido sus fechorías de adolescente. De inmediato, Santiago lo invitó a beber licor, tenía que ‘festejar’ haber hallado a su tocayo y compinche después de varios años. “No puedo”, respondió el amigo. “Cristo me ha cambiado”, continuó.

¿Cristo?, la única vez que había oído esa palabra fue ante su madre y unos conocidos, quienes aseguraban que los seguidores de Cristo eran del diablo. Santiago recordó el hecho y echó a reír, e insistió en la invitación. Finalmente, el amigo aceptó bajo una condición: ir antes a la iglesia.

Santiago fijó sus ojos en el aspecto de su compañero, sin duda se veía diferente. “¿Realmente había cambiado? ¡Imposible! – se dijo–, la gente no cambia”, pero aceptó por curiosidad.

Al llegar al templo se sentó en la última fila de sillas. Desde allí observó a los hermanos cantar, llorar y adorar. De inmediato pensó que todos estaban locos. Llegó el momento de la prédica y entonces algo sucedió. A pesar de que la Palabra de Dios quebrantó su corazón, se resistió al llamado. No lloró en ese momento porque pensó que sería un cobarde, además era inexplicable lo que le estaba pasando. Todos sus recuerdos venían a su mente. Cerró los ojos y se quedó en su lugar.

CORAZÓN RESTAURADO

Concluido el servicio, se puso de pie, y mientras recordaba tantos golpes en su vida no pudo controlar sus lágrimas. El odio a su padrastro había desaparecido. Comenzaba a liberarse de aquella carga que le hacía sentir deseos de venganza y cometer actos suicidas. La noche de ese 24 de diciembre, Dios le hizo reflexionar sobre todo lo malo que había en su corazón. ¿Y la invitación a beber?, quedó en el olvido.

Pese a todo, todavía quedaba alguna resistencia. Sin embargo, su amigo le regaló una Biblia y lo visitaba todos los días para enseñarle a leerla. Lo buscaba por las noches para llevarle al culto. De ese modo, comenzó a ir más seguido a la iglesia y esta vez por voluntad propia. Había regresado a vivir con su madre y ella notó su cambio.

Las visitas constantes de su amigo fastidiaban a la familia, quienes no soportaban a los evangélicos. Abelina no sabía aún que su hijo era un cristiano. Sin embargo, cierto día el joven quiso compartir las Santas Escrituras con el deseo de predicar la salvación divina. La madre se enojó de tal modo que comenzó a gritar.

– ¡No quiero un diablo en mi casa, te prefiero como antes, olvídate que soy tu madre! –vociferó y lo echó de su casa.

Fue un duro golpe para un recién convertido, pero el amigo nunca lo abandonó y lo buscó con mayor ahínco, animándolo a seguir adelante. Le ofreció su hogar para vivir y se convirtió en su fiel compañero.

Santiago regresó a casa muchas veces buscando el perdón de su madre. “Mira, mami, yo te quiero, yo te amo, pero no voy a dejar el Evangelio. Cuántas veces he llegado borracho, he roto la puerta, cuántos golpes, cuánto daño te hice mamá, pero Cristo me ha cambiado, hizo una vida nueva en mí y hoy soy diferente”, le dijo un día.

– Deja la iglesia, has manchado la sangre de esta familia –respondió ella.

SALVACIÓN DIVINA

Santiago no comprendía la actitud de Abelina, pero seguía perseverando, hasta que cierto día ella enfermó. Los médicos no encontraban cura para su mal y la desahuciaron repentinamente. La trasladaron a diferentes hospitales buscando salvación, la llevaron a los brujos y nada; se moría sin remedio.

El joven pidió a su madre que autorizara la visita de los hermanos de la iglesia evangélica para que oren por ella y emprenda el camino de Cristo. Ante tanta insistencia y viendo muy cercana su muerte, ella aceptó.

El pastor de Santiago, que estaba pendiente del caso, llegó junto con otros miembros de la iglesia. Por coincidencia, la familia de Abelina estaba en el hospital acompañándola. Después de los cánticos a Dios, el pastor oró y pidió que ella aceptara a Cristo. La enferma aceptó para el gozo de la iglesia y esa noche durmió profundamente, después de varias noches de insomnio.

Al día siguiente Abelina era otra persona. Se levantó como nueva, Dios había hecho un milagro en su vida. Pidió que Santiago volviera a casa y él se convirtió en el guía de su madre y juntos ganaron a su familia para Cristo. Aunque al inicio fue dura la oposición de sus hermanos, uno a uno fue llegando a los caminos del Señor.

El intenso amor por la Palabra de Dios condujo a Santiago por senderos difíciles, pero a la vez llenos de victoria. Recorrió las calles de su pueblo en su bicicleta para predicar el Evangelio y se convirtió en un fiel seguidor de Jesucristo. Han pasado más de diez años desde aquella experiencia que marcó su corazón. Hoy es un Pastor, tiene esposa y una hermosa familia que sirve a Dios con todo su corazón.

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