Presionar ENTER para activar modo de accesibilidad Presionar ENTER para desactivar modo de accesibilidad

Envía tu saludo

Historias de Vida
07 de Marzo del 2019

EL HOMBRE QUE SUPO PERDONAR

Desde muy joven buscó venganza por la muerte de su padre en una prisión de Guinea Ecuatorial. Durante años, concibió truculentos planes de desquite contra los presuntos culpables, pero su vida dio un giro radical cuando conoció al Señor. Ahora vive en paz porque aprendió a liberarse del odio y el rencor.

  • EL HOMBRE QUE SUPO PERDONAR

Por Steven López / Fotos: Archivo familiar

Edelmiro Ivina Dicombo aprendió a odiar desde muy niño. Creció anidando venganza en su corazón bajo el amparo solitario de su madre, que logró hacerlo un hombre de bien. Sin embargo, en secreto, tenía un profundo rencor que no lo dejó vivir en paz por muchos años.

Nació el 31 de julio de 1964 en la ciudad de Malabo, capital de Guinea Ecuatorial, en la parte central del África. Rodeado de una cómoda posición económica, crecía con el amor filial. Félix Ivina, su padre, era un distinguido político del país.

Durante esa época, Guinea Ecuatorial soportaba una intensa lucha por el poder. El referéndum de 1963 llevó a los ciudadanos a su independencia, dejando atrás los más de 50 años de dominio español. Sin embargo, la emancipación trajo una época de violenta convulsión política.

Un grupo de hombres aprehendió a Félix Ivina y lo encarceló. La familia quedó sumida en la angustia. La esposa, Manuela Dicombo, era la única que podía ver al hombre encarcelado hasta que, cierto día, los compañeros de celda le soltaron una información descarnada. “Ya no venga más, su esposo ha muerto”, le dijeron.

Ella lloró y reclamó el cuerpo para darle cristiana sepultura, pero los guardias se negaron a entregárselo con diferentes argumentos. Tampoco quisieron darle detalles sobre las causas de la muerte, aunque sospechaba que había sido torturado, asesinado y sepultado a escondidas.

Con la carga familiar a cuestas, debía asumir la responsabilidad de la manutención familiar y se dedicó a la venta y compra de automóviles. De ese modo, pudo criar a sus hijos y darles una educación adecuada.

Por su parte, Edelmiro creció con odio visceral contra quienes destruyeron la tranquilidad de su hogar. Era poco sociable y apático; algunas veces se lastimaba físicamente para tratar de sentir paz interior. No creía en Dios ni en el diablo, su dios era él mismo.

Pensaba solo en vengarse y, por esa razón, en la adolescencia comenzó a practicar las artes marciales. Aprendió de sus pocas amistades los modos de elaborar armas y explosivos.

En una ocasión, la Policía convocó a un concurso para choferes. Edelmiro vio allí la posibilidad de acercarse hacia quienes, según pensaba, habían matado a su padre. De ese modo, podría vengarse.

Logró el puesto y, en poco tiempo, la destreza en el manejo de diversos tipos de vehículos le hizo ganarse la confianza y el respeto de sus jefes. Escaló, por esa razón, a tercer chofer de la guardia presidencial.

Por ese entonces, convivía con una joven que frecuentaba una iglesia cristiana. Las constantes visitas de los hermanos de la fe a su casa, lo incomodaban de tal modo que prohibió a su concubina a ir a los cultos. La mujer no lo obedeció y siguió congregando. La reacción de Edelmiro fue buscar al pastor y agredirlo.

QUIERO ESE PODER

Una noche salió de su casa furtivamente, nadie sabría adónde fue. Llegó al templo y observó al predicador en el púlpito a punto de comenzar el mensaje. Una hermana lo descubrió, le invitó a pasar y tomar asiento. Él se negó, pero ella insistió. “Acá nomás me quedo, estoy esperando al pastor”, enfatizó Edelmiro con cólera ante la insistencia.

– Pase adelante, o ¿acaso tiene miedo? –respondió la hermana.

Desde que tenía uso de razón, las palabras miedo o cobardía no existían para él; siempre se sentía valiente. Sin embargo, cuando escuchó la frase de la mujer, su cuerpo comenzó a temblar por primera vez. Para mostrar que no tenía temor, aceptó y entró. “Yo no tengo miedo a nadie, ni a nada. Te lo demostraré”, dijo y entró.

Sentado en la última banca del templo, comenzó a escuchar el Mensaje de Dios. Poco a poco empezó a incomodarse, pues, mientras el predicador hablaba del amor de Jesús, él sentía rencor y ganas de venganza.

Pese a ello, continuó sentado hasta que oyó relatos que parecían extraídos de su propia vida y que él mismo tenía olvidados. Entonces, Edelmiro pensó que su pareja había contado todo al ministro de Dios. Iracundo, siguió escuchando hasta que un pasaje lo dejó anonadado.

Sus planes de venganza eran absolutamente secretos, nadie más que él los sabía y, sin embargo, el predicador comenzó a hablar de ese tema. “Si has venido a vengarte, deja que Dios haga justicia, él te conoce”, exclamó el pastor. Edelmiro empezó a temblar ante tamaña revelación.

Luego de la exposición, el pastor invitó al altar a aquellas personas que quisieran entregar su vida a Dios. “El que no acepta la invitación es un cobarde”, dijo. Ante el llamado y para no considerarse pusilánime, Edelmiro decidió acudir al llamado, sin imaginar que Dios estaba obrando en su corazón.

“Dios es omnisciente. Él está en varios lugares a la vez y tú también puedes tener esas experiencias. Solo acepta a Dios como tu Salvador y verás el poder en tu vida”, dijo el predicador mientras el joven comenzaba a elucubrar planes al ir hacia el altar. Estaba acatando el llamado, y eso podría darle el poder del que hablada el pastor. Pensaba que ese poder podría ayudarlo en sus planes de venganza y hasta hacerlo invisible para lograr sus objetivos.

Luego del culto, regresó a su casa. Había olvidado que no llegó a golpear al predicador y, por el contrario, hasta obedeció su llamado al altar.

UN CAMBIO INESPERADO

Después de cenar, se recostó sobre su cama para dormir. En sus sueños vio un barranco de más de 100 metros de profundidad; estaba a punto de caer y si no fuera por una mano salvadora que lo rescató, habría muerto. En ese momento se despertó y escuchó una voz:

– Edelmiro, da gracias que tú no has caído aquí.

Fue el primer momento de toda su vida en que tuvo miedo. Levantó su mirada al cielo y, a toda voz, pidió perdón y misericordia a Dios. Los vecinos escucharon los gritos y se acercaron a ver qué pasaba.

“Por favor, llamen al pastor, quiero pedirle perdón. Quise pegarle y hoy me siento arrepentido, quiero que ore por mí otra vez”, dijo el joven. Los presentes alabaron a Dios por el milagro en su vida y llamaron al predicador.

El misionero llegó y oró nuevamente. El cambio parecía haber llegado. Edelmiro empezó a congregar más seguido, pero la duda y el odio querían volver a su vida. Buscó a sus jefes y contó lo sucedido; ellos quisieron que se retirara de la congregación, argumentando que las iglesias cambian la mente de las personas.

Un nuevo sueño afirmó su vida por completo al servicio de Dios. Soñó el levantamiento de la iglesia donde había una sola moneda y una sola iglesia: la cristiana. Los pocos que quedaban después del levantamiento empezaron a predicar por las calles y caminaban con una vela por delante. Entonces, despertó y se arrodilló para orar a Dios y pedirle misericordia.

Durante un tiempo más, siguió trabajando como conductor y predicaba la Palabra de Dios a sus compañeros y jefes. Los ánimos de venganza en su vida habían desaparecido por completo. Había perdonado.

LLAMADO MISIONERO

A los seis meses de convertido, Dios lo bautizó con su Espíritu Santo. Durante un ensayo en la iglesia entonó una alabanza: “Ya viene Cristo, señales hay, almas salvadas viene a buscar. Los que durmieron se quedarán, los que velaron se irán con él. Me voy con él, me voy con Cristo”. En ese momento sintió una voz que preguntó: “¿Qué has dicho?”.

Edelmiro cayó al suelo y se puso a orar. La voz continuó: “¿Tú dices que te vas conmigo, pero solo?”. El joven respondió: “Entonces, ¿qué quieres que haga?”.

– Quiero que lleves almas al cielo –dijo la voz celestial.

Edelmiro puso muchas excusas a Dios. Que no sabía predicar, ni hablar otros idiomas… hasta que aceptó el llamado. “Señor, si tú me necesitas, aquí estoy dispuesto a ir donde tú quieras que vaya”, exclamó. La oración duró desde las siete de la noche hasta las tres de la mañana. El llamado misionero estaba dado.

Al año de convertido, bajó a las aguas del bautismo y empezó a trabajar en la Obra de Dios. Las oraciones constantes en las madrugadas sirvieron de ejemplo para los jóvenes, quienes veían el milagro de Dios al salir de orar: encontraban monedas todas las mañanas, que eran utilizadas para su desayuno diario.

Al año, Edelmiró salió a la obra misionera en Gabón, donde estuvo cerca de 10 años; se casó con la hermana Diana Usuro y junto a su familia sirven al Creador en Guinea Ecuatorial.

  • Impacto Evangelístico
  • Impacto Evangelístico
  • Impacto Evangelístico

Impacto Evangelístico es una publicación oficial del Movimiento Misionero Mundial con 50 años de circulación en el mundo entero, editado en seis idiomas. El contenido, con reportajes, testimonios, historias e información, está orientado a edificar la vida de nuestros lectores.

Issuu

issuu.com/impactoevangelistico.net

Visualiza en 7 idiomas nuestra edición digitalizada

Ordenadores y Móviles