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Historias de Vida
08 de Abril del 2019

ATRAPADO EN LAS GARRAS DE UN BRUJO

Una enfermedad lo llevó a buscar remedios desesperados y acudió al mismísimo diablo para pretender sanar, pero todo resultó un fraude que le generó ingentes gastos. Solo cuando comenzó, arrepentido de sus pecados, a caminar por el sendero del Evangelio recuperó la salud completamente.

  • ATRAPADO EN LAS GARRAS DE UN BRUJO

Por Steven López / Fotos: archivo familiar

Sentado junto a la mesa, Oswaldo Huillcas Huincho esperaba la hora de la cena. Cabizbajo y preocupado meditaba sobre el dinero que gastaba por tratar de recobrar su salud, resquebrajada a causa de un extraño mal que lo atacó desde muy niño, a raíz de una caída y un golpe en la cabeza. 

Había apelado a todas las opciones posibles para evitar los desmayos y las continuas convulsiones. Durante años visitó consultorios médicos de diverso tipo y nada. Acudió entonces a la brujería y el espiritismo, que lejos de sanarlo solo le significaban egresos onerosos. 

Ensimismado en sus preocupaciones, tomó el caldo que su esposa, Griselda, le había preparado exclusivamente para él por mandato del brujo. Ignoraba por completo cuáles eran los ingredientes. 

El hechicero le había anunciado que tendría que ir en la madrugada a una mina abandonada para asistir a un ritual satánico, en el que tendría que hacer un pacto de sangre con el diablo con la falsa esperanza de recibir la sanidad esperada por más de tres décadas. Aceptar un trato con Satanás le resultaba muy difícil y las dudas lo asaltaban. 

Oswaldo arrastraba aquel mal desde la niñez, cuando sufrió un accidente en el pueblo donde nació, el centro poblado de Tucsipampa, en la provincia de Angaraes, departamento de Huancavelica, en las alturas de la serranía peruana. 

Un día de 1977, cuando apenas tenía 2 años, estaba jugando en la calle; de pronto tropezó y su cabeza se estrelló contra la calzada rocosa. El golpe le provocó un desmayo que duró varios minutos y la desesperación se apoderó de Juan Huillcas y Juliana Huincho, sus humildes padres. 

Los desmayos y convulsiones se presentaron constantemente durante los días siguientes. El pequeño fue llevado a distintos médicos, pero no lograron curarlo. Algunos parientes insinuaban que “el mal se apoderó del niño y no tendría sanidad”. 

Al poco tiempo los padres conocieron una iglesia evangélica a la que empezaron a asistir frecuentemente. La sanidad de su niño era una de sus súplicas diarias, pero los desmayos siguieron afectando a su hijo. 

Pronto, Juan Huillcas asumió el cargo de pastor y se convirtió en un representante de la comunidad cristiana, en la que era respetado y admirado por la grey, pero su vida era distinta entre las cuatro paredes de su hogar. Golpeaba constantemente a su esposa y a sus hijos, presionaba a los menores para que acudieran a la iglesia con el fin de que la gente viera que tenía una familia feliz, aunque la verdad era otra. 

Al ver el accionar de su padre, Oswaldo creció con resentimiento. No creía en las familias felices y sentía que la fe no era para él. Pese a su mal, durante su adolescencia se dedicó a la mala vida, las fiestas, las discotecas y el alcohol. Dejó de asistir a los servicios que eran dirigidos por su padre y se involucró en la vida nocturna. El mal seguía presente. 

A los 19 años, a pocos meses de terminar sus estudios escolares, conoció a Griselda Huaura Zevallos. Comenzaron un romance que terminaría en casamiento; la boda fue en la iglesia católica de Lircay. La felicidad parecía llegar y su mal desapareció durante un corto tiempo. 

Se dedicó luego a la minería en Casapalca, una localidad ubicada en la sierra limeña de la provincia de Huarochirí. Cierto día, se desvaneció en plena labor y fue llevado por sus compañeros al tópico. Después de permanecer inconsciente por un tiempo, se restableció y le aconsejaron que visitara un hospital, pero no hizo caso y prosiguió trabajando. 

Al enterarse de lo sucedido, los familiares le recomendaron ir donde el brujo del pueblo, un sujeto conocido como “hermano Pablo” que fungía de curandero de todos los males del cuerpo y del alma. Este hombre aparentaba ser un humilde campesino, pero andaba con una maleta en la que portaba un cráneo y todos los brebajes que utilizaba en sus rituales. 

Cansado de la lástima de los compañeros a causa de las convulsiones, Oswaldo renunció a su trabajo en la mina y se marchó a otra más alejada, donde el mal recrudeció y tuvieron que evacuarlo a un hospital para someterlo a una evaluación completa. 

Después de días de exámenes y análisis, los médicos le diagnosticaron epilepsia severa y le recetaron medicamentos para controlar las convulsiones.

ENCUENTRO CON EL MAL 

El tratamiento farmacológico parecía ser la solución; sin embargo, no fue así. Los consejos de sus familiares para que buscara al curandero con el fin de que lo sanara, tomaron fuerza. Los médicos no lograron hallar remedio para su mal y parecía que su única esperanza era contratar los servicios del llamado “hermano Pablo”. Se había olvidado por completo de Dios. 

Al llegar a la casa del brujo, Oswaldo observó el ambiente y se sentó junto a la mesa preparada para él. 

—Nuestro padre va a venir y te dirá cómo vas a sanar, solo confía —le dijo el “hermano Pablo”.

Después, las luces de las velas que rodeaban la mesa se apagaron y una voz de ultratumba se escuchó. 

—Hijo, ¿qué te pasa? Estoy viniendo porque me has llamado —dijo. 

FALSAS PROMESAS 

El ritual satánico terminó una hora después y Oswaldo siguió con su mal, pero el brujo convenció a la familia para que continuara asistiendo a más sesiones porque la enfermedad “era resistente”. Cada ritual costaba entre 1 500 y 2 000 soles. 

En la segunda sesión espiritista, el curandero volvió a hacer la “limpia” en todo el hogar y roció brebajes para sacar el mal. El resultado fue el mismo, las convulsiones seguían.

La situación económica de la familia era precaria debido a los enormes gastos, ya que las sesiones espiritistas no surtían efectos favorables. Oswaldo pidió al brujo considerar los altos costos de su trabajo. “Vamos a consultar con nuestro papá y veremos qué nos dice sobre bajarte o no los precios”, respondió el charlatán. Obviamente, el supuesto consejo satánico fue seguir con los pagos. 

Oswaldo accedió a pagar una vez más y el curandero le anunció que esta vez no sería en la casa, sino en Uchucchacua, una mina abandonada en la provincia de Oyón, departamento de Lima, donde haría un pacto con Satanás. 

Griselda, su esposa, fue persuadida a escondidas por el brujo de matar a un perro negro y preparar un caldo. “Sírvele sin avisarle. Le va a ayudar”, le dijo, y ella aceptó elaborar el potaje en la víspera de la sesión en la mina abandonada. 

Aquella noche, mientras tomaba el caldo de perro, Oswaldo siguió luchando contra sí mismo. No podía entregarse al diablo bajo ninguna circunstancia. Recordó que Dios podía sanarlo y vino a su mente el testimonio de un compañero de trabajo que había sido brujo y ahora predicaba la Palabra de Dios. Este hombre relataba las artimañas del demonio para engañar a la gente. 

Fue en ese momento que decidió no ir a la mina ni mucho menos volver a buscar al brujo. Prefería morir antes que ser timado otra vez con una sanación que no llegaba.

BUSCANDO A DIOS 

Decidió ir a Oyón en búsqueda de una iglesia. Recorrió varios lugares y encontró un templo de la misma comunidad a la que asistía su padre. Llegó a la iglesia y se arrodilló en busca de perdón. 

—Dios mío, perdóname por todo lo malo que me he portado durante este tiempo —imploró. 

Arrepentido de su mal proceder, siguió con su vida con la esperanza de que Dios le concediera un milagro. Al cabo de un tiempo, Oswaldo fue nombrado alguacil de vara, una autoridad comunal que se encarga, por tradición ancestral andina, de la administración del pueblo, como parte del servicio a la comunidad. 

Durante sus visitas al pueblo de Lircay se encontró con un hermano evangélico, conversaron y acordaron que se reunirían para escuchar la Palabra de Dios. 

El día llegó. Un grupo de pastores llegó a su casa. Al recibirlos, el semblante de Oswaldo cambió repentina mente. La tranquilidad se adueñó de su corazón. 

Después de escuchar las buenas nuevas de Dios, la familia cayó rendida a los pies de Cristo. En ese momento, un espíritu maligno salió de la vida de Oswaldo; el mal que padecía desapareció de su ser. Al año siguiente, la feliz pareja bajó a las aguas del bautismo. 

Han pasado diez años, los desmayos y las convulsiones han desaparecido de la vida de Huillcas. En la actualidad, Oswaldo y Griselda, junto con sus cuatro hijos, sirven a Dios.

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