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Historias de Vida
01 de Mayo del 2019

EL PANDILLERO ARREPENTIDO

Crecer sin el amor y cuidado de sus progenitores lo empujó a la delincuencia y las drogas. Formó parte de una peligrosa pandilla e

  • EL PANDILLERO ARREPENTIDO

Crecer sin el amor y cuidado de sus progenitores lo empujó a la delincuencia y las drogas. Formó parte de una peligrosa pandilla en Honduras y pasó diez años en la prisión, olvidado por todos. Hasta que cierto día encontró la salvación.

Por Steven López / Fotos: archivo familiar

Edwin Orlando Pastor permanecía aislado de los demás reclusos por su alto grado de peligrosidad. Era como una fiera enjaulada que daba vueltas en su celda. Solo las drogas que consumía diariamente le permitían sustraerse del mundo en que vivía y soportar el olvido de sus familiares más cercanos. Había formado parte de una sanguinaria pandilla de Honduras y pasaba sus días postrado en una celda oscura y mal oliente.

Una tarde, de pronto, retumbaron los parlantes ubicados en el patio del centro de reclusión. Era un llamado a una campaña evangelística que se iba a celebrar allí. Los altavoces sonaron por varios minutos y él no pudo evitar oír la voz que invitaba a conocer el camino de Jesús.

Sintió deseos de asistir, pero una voz interior trató de impedírselo. “No vayas, Dios no te perdonará. Tú eres un malvado, has hecho mucho daño a todas las personas”, le decía. Sin embargo, la curiosidad venció y salió de la celda.

Traspuso los largos pasadizos que unían los pabellones y cada paso que daba parecía un obstáculo difícil de vencer, pero pudo avanzar a duras penas. Llegó hasta el lugar donde se efectuaba la campaña y se sentó en medio de todos los asistentes. Los reclusos convertidos a Cristo y los demás curiosos se sorprendieron al verlo en una condición paupérrima; ya no era el feroz delincuente al que todos temían, sino un tipo débil, enflaquecido y sucio.

El pastor empezó a predicar la Palabra de Dios con una voz que venció la resistencia del recluso. El mensaje parecía dirigido exclusivamente a él, a la vida desventurada que conocía desde muy niño. Absorto, escuchó las palabras que le hacían recordar su triste pasado y algo en su corazón comenzó a cambiar.

EL NIÑO EDWIN

Edwin Orlando Pastor había sido arrancado desde muy pequeño de la tutela de sus padres y fue llevado a vivir con su abuela paterna cuando tenía solo 2 años. Al comienzo, los tíos y primos con los que compartía el hogar lo sometieron a maltratos físicos y psicológicos. En realidad, desde pequeño se convirtió en una suerte de empleado de la casa.

Debido a ello surgió el menosprecio hacia sus parientes más cercanos. Nunca recibió una caricia o una palabra de amor cuando más la necesitaba. Como no tuvo la fuerza para defenderse o alguien que abogara por él, su corazón se llenó de resentimiento y odio contra los que lo abandonaron desde muy temprana edad: sus padres.

Su niñez la pasó en la pequeña ciudad de Danlí, departamento de El Paraíso, en Honduras. Con lo poco que tenía, la abuela lo inscribió en la escuela, pero fue peor el trato que recibió de sus compañeros de aula, que se mofaban de él porque lo consideraban un desamparado.

Durante las actividades de cada fecha festiva, era el blanco de burlas de sus tos con sus padres y pasaban delante de él para restregarle que estaba solo. El odio crecía cada vez más en su corazón.

A los 15 años, cansado de los continuos abusos y restricciones de sus familiares, decidió escaparse y vivir en la calle. Acompañado por otros adolescentes, emprendió el camino de la perdición que lo llevaría a la cárcel.

En la calle encontró malas juntas y se sumió en las drogas y el alcohol. Comenzó a robar para conseguir dinero y así poder saciar sus vicios. De manera paulatina se convirtió en un arriesgado ladrón, motivo por el cual tuvo varias denuncias. La Policía comenzó a buscarlo y por eso, para evitar su captura, decidió irse a otra ciudad.

Viajó a la localidad donde se encontraba su padre, con la idea de que allí encontraría una pizca de amor y apoyo. Llegó a San Pedro de Sula, una de las ciudades más peligrosas de Honduras, donde fue recibido por su progenitor. No pasó mucho tiempo y volvió a huir a la calle para convertirse en un delincuente peligroso que empezó a vender al menudeo sustancias alucinógenas.

LOS MARAS

Como microcomercializador de drogas, Edwin Orlando Pastor conoció a mucha gente que pertenecía a organizaciones criminales, entre las que se encontraban los Maras. Al poco tiempo se plegó a las pandillas para dedicarse al robo a mano armada y los asesinatos selectivos. Su ferocidad le permitió escalar rápidamente posiciones en ese grupo delictivo. Siguiendo las costumbres de los pandilleros, se hizo tatuajes en el cuerpo y se convirtió en lugarteniente de una de las bandas más conocidas en Honduras. Su familia quedó muy atrás. Sus cómplices lo eran todo para él en esos tiempos.

A los 17 años tenía una orden de captura por haber cometido una seguidilla de atracos; entonces volvió a huir a su ciudad natal, donde siguió su vida sumergido en la delincuencia y las drogas. Un día, cuando recorría montado en su bicicleta las calles de Danlí, un automóvil a alta velocidad lo embistió. Quedó tendido en medio de la calzada. Muchos lo rodearon y empezaron a observar la escena, sin atinar a ayudarlo.

Semiinconsciente, observó a la gente y sintió que unas sombras oscuras venían para llevárselo. Intentó gritar, pero ningún sonido salió de su boca; en ese momento levantó la mirada al cielo y le pidió a Dios una oportunidad para ser salvo. A los 10 minutos recobró la conciencia, mientras era atendido por los paramédicos. Dios oyó sus súplicas y lo salvó. Al poco tiempo recobró la salud; sin embargo, olvidó su ofrecimiento y se involucró más en las pandillas.

CUMPLE LA PROMESA

Tiempo después conoció a unos jovenzuelos que pertenecían a bandas de rock que lo indujeron al mundo de la oscuridad. Cambió su manera de vestir y comenzó a usar ropa negra, cabellera larga y prendas con figuras de calaveras. Su vida se perdía más. En las fiestas roqueras participó varias veces de ritos satánicos, en los que blasfemaban contra Dios y usaban las hojas de la Biblia para drogarse. Cierto día, Edwin Orlando Pastor se encontró con un amigo de infancia que le regaló una Biblia para que cambiara su vida. Recibió las Sagradas Escrituras y las puso encima de su velador. Poco le interesaba Dios en esos momentos.

Una noche en que consumía drogas, volvió a ver el libro de la Palabra; por curiosidad, lo abrió y leyó una cita bíblica que conmovió su corazón. “Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante” (Mateo 5:25-26), decía la cita que lo hizo reflexionar pero no cambiar.

A los 20 años ingresó por primera vez en un centro de reclusión, pero después de tres semanas salió libre gracias al apoyo de un amigo. La libertad le duraría poco. Dos años después de nuevo cayó preso y lo sentenciaron a diez años de cárcel; en esa etapa lo sometieron a un duro régimen penitenciario por todos sus antecedentes.

ME BUSCARÁS

Fue en esas circunstancias que acudió a la campaña cristiana y escuchó sorprendido la prédica del pastor, la que parecía dirigida a su persona.

—No importa si has pertenecido a las pandillas o hiciste daño a las personas. Hay un Dios que te ama. Él murió por ti. Cristo te ama. Él quiere verte feliz —predicó el pastor Whiston Lagos.

Los recuerdos de una vida llena de olvido y soledad invadieron la mente de Edwin Orlando Pastor en ese momento. Estaba solo en el mundo, lejos de su familia, a nadie le importaba si vivía o moría en la cárcel. Sin embargo, las palabras del predicador le reiteraban que él era querido. Entonces, su insensible corazón se conmovió. El pastor hizo el llamado al arrepentimiento, pero Edwin no quiso pasar al frente al principio. Un hermano lleno de Dios se acercó a él y le dirigió unas palabras:

—Dios te puede cambiar. Acepta a Jesucristo en tu vida y todo será diferente —le dijo.

Edwin asintió con la cabeza y todos los hermanos se acercaron a orar. Durante la oración observó cómo unas bolas negras salían de su cuerpo, entonces cayó rendido a los pies de Cristo. Confesó todos sus pecados y le pidió una nueva oportunidad al Todopoderoso. Desde ese momento, su vida cambió por completo. Dejó las drogas y las malas compañías para convertirse en un predicador de la Palabra de Dios.

Por su buena conducta empezó a salir a las calles los fines de semana; después, al cumplir su sentencia se liberó de la prisión social y espiritual. En la actualidad, sirve a Jesucristo con todo su ser y predica la Palabra de Dios en las calles más peligrosas de Honduras junto con su esposa, Damaris Suyen Duarte Maradiaga, y sus hijos. Fue olvidado por todos, menos por Dios.

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