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Historias de Vida
30 de Mayo del 2019

ATRAPADA EN EL ALCOHOLISMO

Dedicó la mejor etapa de su juventud al consumo de bebidas alcohólicas. Se encerraba en su cuarto durante varios días en compañía de su único amigo: el licor. Su vida se iba a pique, hasta que un accidente hizo que buscara a Dios.

  • ATRAPADA EN EL ALCOHOLISMO

Por Steven López / Fotos: Archivo familiar

A Rudy Villaroel le dijeron que no podría caminar nunca más después de que sufrió una terrible caída desde una enorme altura cuando estaba en estado de ebriedad. No era para menos, le colocaron seis tornillos y dos placas de platino en la columna que le causaban intensos dolores permanentes.

Su vida libertina, las malas compañías y el excesivo consumo de alcohol le pasaron la factura a sus escasos 19 años. En esa época, ella solo aguardaba un milagro para su vida sin esperanzas.

Pese a su estado de salud, deseaba continuar bebiendo alcohol, y apenas pudo hacerlo buscó la primera botella de licor para olvidar su padecimiento y seguir hundiéndose.

La joven se había enfrascado en el consumo de bebidas alcohólicas mucho tiempo atrás, algunas veces en compañía de los amigos de la universidad, pero la mayoría a solas, entre las cuatro paredes de su habitación.

En ciertos momentos de sus constantes borracheras recordaba su niñez, cuando frecuentaba una iglesia cristiana en Cochabamba, la ciudad donde nació, y se sentía feliz, sin necesidad de consumir alcohol.

Rudy llegó al mundo el 2 de junio de 1993, en un hogar en que los padres profesaban la fe cristiana. Desde pequeña asistía constantemente a la iglesia, junto con su familia. Podía decirse que era dichosa.

Su padre, Modesto Villaroel, se esforzó por darle bienestar económico; la mitad de su tiempo lo dedicaba a la iglesia y la otra mitad a su trabajo. Era un hombre muy estricto en lo referente a las cosas de Dios y procuraba que sus hijos apoyaran su obra. La madre, Albertina Delgado, tenía similar comportamiento.

A los 12 años, sin embargo, Rudy se entregó a las pasiones juveniles. Se juntó con amigos y amigas que la indujeron a la bebida y las noches de desenfreno; así, probó los placeres terrenales, a pesar de que sabía las consecuencias. Sus hermanos siguieron sus pasos y paulatinamente olvidaron el camino de Jesucristo.

Cansada de las reprimendas de sus padres, que le insistían para que volviera a la iglesia, la joven decidió salir del seno familiar a los 16 años. A punto de acabar su etapa escolar, conoció a un muchacho con el que se fugó por un breve tiempo; luego, regresó a casa. Sus progenitores sufrían al ver el comportamiento errático de la chica.

Rudy terminó sus estudios secundarios a duras penas. El alcohol predominaba en su vida y Dios ocupaba el último lugar para ella.

¿CAMBIÓ SU VIDA?

Más adelante, se le presentó la oportunidad de cursar una carrera profesional en la Universidad de Oruro. No lo pensó dos veces y aprovechó esta opción. Pensaba que el cambio de ambiente, tal vez, le permitiría dejar el vicio del alcohol y dedicarse a los estudios. No fue así, se equivocó; su vida empeoró más.

Intentó muchas veces dejar la bebida, pero no pudo. Conoció a compañeros de clases que dedicaban su tiempo a la bebida y ella se acopló al grupo.

Se encerraba varios días con sus amigos en su cuarto para dar rienda suelta al vicio que gobernaba su vida: el alcoholismo. Las ausencias a clases se volvieron constantes. Sus compañeros de buena fe veían la paupérrima situación de la joven universitaria y la motivaban para que dejara el vicio por su bien y el de sus padres, pero ella hacía caso omiso.

Rudy no podía vivir sin una botella de alcohol a su lado. En el ropero, en su cocina o debajo de la cama siempre había una. Empezó a consumir alcohol puro porque las otras bebidas ya no la satisfacían y necesitaba sentirse dopada. Su vida se iba consumiendo más y más.

CITA CON EL DEMONIO

Llegó el momento en que dejó la universidad por completo. El vicio pudo más que los estudios. Durante esos pasajes de su vida, empezó a ser absorbida por las tinieblas.

Una voz la inducía a acabar con su vida. En la soledad de su cuarto y con las botellas de alcohol a su lado, observaba cómo unas siluetas oscuras con forma de animales ingresaban en su cuerpo. Las voces para que acabara con su vida retumbaban constantemente en su mente.

—Mátate, tú sabes que no tienes solución… —le decían.

El miedo que sentía la motivó a levantar su mirada hacia el Creador, se arrodilló en su cama y le pidió a Dios un milagro para su vida, pero nada sucedió.

—Tal vez el alcohol me hace escuchar esas voces y querer matarme— pensaba.

Los días pasaron y la voz seguía incitándola a acabar con su vida. Una noche, cuando iba rumbo a su habitación, pasó por un puente e intentó suicidarse. Sin embargo, se acordó nuevamente de Dios y corrió en busca de una iglesia para pedir perdón.

Recorrió con desesperación las calles con el propósito de encontrar un templo, pero no pudo hallar ninguno; parecía que su final era el suicidio.

—Creo que ni Dios me quiere —se dijo.

El desánimo por no encontrar ayuda en Dios la llevó a seguir consumiendo alcohol para olvidar que su vida no tenía solución. Los días de desesperanza transcurrían y en las noches se despertaba gritando al verse encadenada y ardiendo en fuego.

DIOS NO OLVIDA

Durante días se sumió en la soledad de su cuarto y el alcohol. Entre las tinieblas de la borrachera volvió a pedir ayuda a Dios. De pronto, cierto día, el pastor de una iglesia evangélica tocó la puerta de su domicilio. Parecía llegar una luz de esperanza.

El predicador le compartió el Mensaje de Dios, pero ella sentía dolor de cabeza con cada palabra del pastor y decidió no escuchar más.

Otro día, cuando se encontraba bebiendo alcohol con sus amistades, uno de ellos, en plena borrachera, la empujó desde lo más alto de la casa en que estaban. La joven cayó a la pista y quedó inconsciente.

La evacuaron al hospital más cercano y los médicos la intervinieron de emergencia. Le salvaron la vida, pero su estado era delicado: tenía tres vértebras rotas.

Los familiares llegaron para acompañar a Rudy en esos momentos difíciles. Cuando despertó, su padre quiso compartirle la Palabra, pero ella la rechazó.

—Si Él me quiere, no hubiera permitido que pase por esta situación— argumentó Rudy en esa ocasión.

Unos días después la llevaron al quirófano; la operación fue larga y extenuante, y la recuperación, lenta. Tiempo después mejoró bastante, pero los galenos no le daban esperanza de volver a caminar. Simultáneamente, el dolor y la ansiedad por el alcohol la consumían.

Una mañana, en la cama del hospital, Rudy prendió la radio y empezó a escuchar Radio Bethel a sugerencia de su padre. La prédica del pastor Enrique Valenzuela llegó plenamente a su corazón.

—Dios te ama a pesar de todos los errores que cometiste. Él quiere verte bien —repetía el predicador

Poco tiempo después le dieron de alta y la familia decidió llevarla a Cochabamba. Los padres la cobijaron nuevamente y la cuidaron con esmero. Se sintió mejor y empezó a caminar con un palo de escoba como bastón.

La desesperación por ingerir alcohol la hicieron ponerse de pie y volvió a beber.

A los pocos días las cicatrices de la operación empezaron a abrirse e infectarse. Sus progenitores no sabían qué hacer.

Rudy decidió buscar al pastor que escuchó por medio de la radio. Hablaron y él la invitó a visitar la Casa de Dios y Puerta del Cielo del Movimiento Misionero Mundial. Ella aceptó y acudió al día siguiente.

En el culto de oración, el siervo de Dios la instó a entregar su vida a Cristo. La respuesta fue afirmativa. La oración de fe produjo en la vida de la joven Rudy un cambio radical. Las heridas empezaron a cicatrizarse, el dolor se acabó y, sobre todo, el deseo de beber desapareció por completo.

Durante una vigilia, Dios la bautizó con su Espíritu Santo, sellando por completo su conversión a Cristo. Había sido salvada.

Ahora puede correr, hacer esfuerzos físicos y caminar sin ningún dolor. Los médicos le diagnosticaron que no volvería a caminar; sin embargo, Dios le dio una nueva vida. La joven Rudy Villaroel sirve a Dios desde el 2015, en la iglesia central del Movimiento Misionero Mundial en Oruro, Bolivia. El alcohol no pudo vencer a Dios.

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