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11 de Enero del 2022

Exmusulmán: “Rezaba cada noche por la muerte de cristianos, judíos y ateos”

Esta es la historia de cómo un hijo del Golfo Pérsico se encontró con el Hijo de Dios.

  • Exmusulmán: “Rezaba cada noche por la muerte de cristianos, judíos y ateos”

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Mi historia comienza en la región del Golfo Pérsico, donde fui criado como musulmán devoto. Cuando era niño, mi padre me despertaba a las 5 de la mañana para que pudiéramos asistir a la oración de la mañana en la mezquita. Todos los días, me sentaba con mis tíos para leer el Corán. A los 10 años ya había memorizado la mayor parte del libro.

Durante mi infancia y adolescencia realizaba mis oraciones obligatorias en la mezquita, e incluso me despertaba cada noche para orar una hora más. Estaba orgulloso de ser tan celoso de mi fe. Quería obtener las bendiciones y el favor de Alá. Sin embargo, mi familia se mudó a un país de habla inglesa. Odiaba ese lugar. Pasamos de ser ricos a tener que dividir un apartamento de dos habitaciones entre seis miembros de la familia. Recuerdo haber tenido una conversación con mi abuela, quien me advirtió: “Ten cuidado con los infieles, y no te hagas amigo ni te asocies con ellos; son una enfermedad para la sociedad”.

En la escuela, formé un grupo islámico que trabajó agresivamente para hacer que todos a nuestro alrededor se ajustaran a nuestra religión. Exigimos que la escuela sirviera comida halal exclusivamente. Durante el Ramadán, forzábamos a otros alumnos a orar con nosotros. En una ocasión, cuando otro estudiante criticó nuestro comportamiento, un amigo musulmán lo golpeó con la cabeza, rompiéndole la nariz. Todos estábamos satisfechos de haber castigado a ese ‘infiel por su falta de respeto’.

Yo oraba por la muerte y destrucción de judíos, cristianos y ateos que eran para mí tan impuros como los cerdos y los perros, y que no debían ser tocados. Nunca había conocido a un cristiano, pero supuse que odiaban a los musulmanes porque estaban celosos de la grandeza del islam. Cuando un hombre cristiano dijo que quería visitar nuestro apartamento, nos opusimos fuertemente. Temíamos que su sola presencia contaminaría tanto nuestro hogar como nuestras almas.

Mi primera conversación con un cristiano fue con ese mismo hombre. Vino a nuestra casa trayendo regalos: ropa para nuestra familia y un auto para mi padre. Me habló con amor y bondad. Incluso pidió orar por nosotros. Inclinando la cabeza, dijo: “Padre en los cielos, oro por tus bendiciones sobre esta familia. Muéstrales tu amor, misericordia y gracia”. Me sorprendió mucho verlo orar de esta manera mientras que yo oraba por su destrucción y muerte.

Con el tiempo, formé amistades con cristianos, pero los cuestionaba sin descanso sobre su fe. Pero a pesar de mis esfuerzos, no lograba disuadirlos. Parte de mí admiraba su reverencia por Dios, pero seguía viendo el cristianismo como una religión de confusión y fábulas. Mis amigos cristianos sabían que me estaba resultando difícil adaptarme a mi nueva vida, que extrañaba a mi familia y a mi antigua comunidad. 

Me invitaron a un servicio de su iglesia para orar y apoyarme. Al principio me negué, pero finalmente acepté ir. Al entrar en la iglesia experimenté una extraña sensación: Cuando la gente comenzó a alabar a Dios, sentí una oleada abrumadora de emoción y caí de rodillas. Me sentía indefenso y débil, pero también sentía como si alguien me estuviera asegurando que todo saldría bien. No entendía lo que estaba pasando, pero mis amigos estaban seguros de que esta sensación de consuelo venía de Dios.

Después del servicio, recibí una Biblia y un formulario de contacto. Tenía miedo de proporcionar cualquier detalle, porque sabía que mi familia podría rechazarme al saber que había visitado una iglesia. Decidí tomar la Biblia y llenar el formulario con información falsa. Días después, comencé a leer el Nuevo Testamento y me enamoré del carácter de Jesús. Como musulmán, sabía de Jesús, pero no estaba familiarizado con los milagros que había realizado, ni con las afirmaciones que había hecho sobre su condición de ser el Hijo de Dios.

En cuestión de meses, había leído la Biblia en su totalidad. Después la leí unas cuantas veces más. Cuanto más leía, más veía a Dios como mi verdadero y amoroso Padre. La Palabra de Dios hablaba a todas las situaciones difíciles de mi vida, a mis muchos temores y ansiedades. Sabía que cada vez que abriera la Biblia, sentiría el consuelo de Dios.

Un día subí a mi habitación, cerré la puerta, caí sobre mi rostro y oré a Dios. Le dije que pondría mi confianza en Cristo como Señor y Salvador. Quería compartir esta decisión con mi familia, pero me aterrorizaban las repercusiones. Recuerdo haber llamado a mi tía favorita —quien era como una madre para mí. Le pregunté: “Si yo creyera en Cristo, ¿qué pensarías?”. Ella respondió: “Se te darían tres oportunidades de regresar al islam o ser ejecutado”. Después de esa conversación, decidí mantener mi fe oculta.

Empecé a despertarme todos los domingos por la mañana para asistir a la Iglesia, y mi familia lo notó. También se dieron cuenta de que no había estado leyendo mi Corán. Cuando mi madre y mis hermanos encontraron mi Biblia, tenían pruebas de que me había convertido en cristiano. Una noche, alrededor de las 2 a.m., recibí una llamada de mi abuelo. Mientras hablábamos de mi fe, se enojó cada vez más, y gritó: “¡Ya no eres parte de la familia! ¡Cambia tu nombre, estás muerto para nosotros!”.

Le envié un pasaje del Sermón del Monte, el mandato de Jesús: “Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen” (Mateo 5:44). Pero esto no pareció tener poder contra su ira. Mi tío me llamó con una advertencia: “Reúne a tu familia, empaquen sus maletas y múdense de la casa”, dijo, “porque tu abuelo va a contactar grupos terroristas, y si te encuentran, matarán a cada persona en la casa”. Mi familia me desconoció.

De Pablo, en 1 Corintios, aprendí que puedo conservar algunas de mis tradiciones y seguir siendo un seguidor de Cristo. Adoptar esta mentalidad ha mejorado mi relación con mi familia, algunos de los cuales ahora han escuchado el Evangelio con corazones cálidos. Hoy trabajo para un ministerio que comparte el amor de Dios con los musulmanes.

(*) Con recursos de Christianity Today / Imagen de Christopher Irlanda

(**) Nombre omitido por razones de seguridad

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