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01 de Diciembre del 2016

Moisés, salvado del mal

Su vida ha sido un rescate permanente de la muerte, desde el parto. Su familia materna estuvo ligada a la santería y hechicería y lo ofrendó a Satanás. Con enfermedades como la poliomielitis y muchos pasajes críticos, Moisés Cabrera no debería estar vivo, pero existe por la gracia de Dios.

  • Moisés, salvado del mal

Moisés Cabrera no es aquel príncipe desterrado que azotó a Egipto con las diez plagas y que mandó abrirse a las aguas del Mar Rojo para librar a los israelitas de manos del faraón. No, no es aquel gran profeta bíblico que cientos de generaciones recuerdan por las proezas que hizo en nombre del Altísimo.

No, Moisés Cabrera es un hombre de Dios del siglo XXI, un pastor dominicano que reside en los Estados Unidos, y que con una evidente deficiencia física en sus piernas, ha podido realizar los más grandes portentos de sanidad en el nombre del Señor. Su nombre es un milagro.

RESCATADO DE LA MUERTE

Juan Moisés Cabrera Solís tiene esposa y dos hi­jos que llenan sus días de paz y felicidad. A sus 46 años de edad, no le tiene miedo a las adversi­dades porque conoce el poder de Dios desde an­tes de nacer, librándolo de las garras de la muerte, de un acto de brujería y de la poliomielitis que lo paralizó en su niñez. Él sabe del poder de Dios en su vida.

Moisés narra cómo fue rescatado de la muer­te el 8 de marzo de 1970, a los ocho meses de gestación en el vientre de su madre. Él, quien no cree en la superstición, considera que ese fue el día señalado por el Creador para que hiciera el milagro más grande ocurrido en él, volverlo a la vida después de la muerte.

Aquel día, su madre, Miladis Solís, fue lleva­da de emergencia al hospital del pueblo de San Juan de la Maguana, en la República Domini­cana, con el diagnóstico más desalentador que cualquier madre pudiera recibir; su primogénito yacía muerto en su vientre por causas inexplica­bles o quizás por una enfermedad no detectada a tiempo.

Ella, quien era una reconocida bruja en aquel pueblo, no pudo hacer nada para revivir a su pequeño; pero, al llegar su padre, Moisés Ca­brera, el poder de Dios se manifestó de la forma menos esperada.

Este hombre, quien era obrero de construcción y tenía pocos días de ser cristiano, oró ferviente­mente por la vida de su hijo y el milagro sucedió.

De pronto, el pequeño Moisés empezó a tomar co­lor, mover sus delicadas manos y a contornearse para exhalar su primera respiración, acompañada de un débil quejido que poco a poco fue convir­tiéndose en llanto, que despertó a todos los médi­cos y enfermeras de aquella sala de emergencia. ¡Un milagro!, ¡un milagro!, se dijeron entre ellos. El bebé que había nacido muerto, resucitó.

EL DESIERTO DE MOISÉS

Moisés Cabrera hoy es un reconocido pastor del Movimiento Misionero Mundial en la ciudad de Nueva York, en los Estados Unidos de Nor­teamérica. Por los dichos de su abuela paterna, recuerda que al recuperarse de aquella tragedia, una nueva enfermedad tocó su vida y su alma a los seis meses de nacido, cuando una terrible fie­bre lo llevó nuevamente al hospital de la empo­brecida ciudad de San Juan de la Maguana, muy conocida en toda la isla caribeña por sus brujos y santeros.

Varios días después de controlar su calentura y estabilizarlo, los exámenes detectaron la pre­sencia de poliomielitis en su cuerpo. Sus padres, Moisés y Miladis, no pudieron creer lo que les ocurría. El pequeño Moisés, quien fue resucitado al nacer, nuevamente estaba en peligro.

LA POLIOMIELITIS

En aquella década, la poliomielitis –más cono­cida como la polio– significó un latente peligro para muchas naciones del Caribe y otras partes del continente americano. Aunque actualmen­te no representa una enfermedad mortal, en su pico más alto, registrado en 1952, la poliomie­litis segó la vida de más de tres mil niños solo en los Estados Unidos. Sin embargo, a través de una vacunación masiva en 1979, la enfermedad fue controlada. Su erradicación total fue a partir de 1991.

Al poco tiempo, la polio le afectó el sistema nervioso central, deformando sus miembros su­periores y paralizando los inferiores. El destino de Moisés cayó por los suelos.

“La fiebre fue tan fuerte que mi cuerpo se quedó totalmente deformado. Me dejó una pier­na y un brazo más delgados que los otros… Es una enfermedad del que pocos sobreviven, y fue un milagro el que yo haya sobrevivido”, refiere.

SIN UNA GOTA DE SANGRE

Varias semanas después de recurrir a todo tipo de curaciones con la brujería y santería, su madre ofrendó sacrificios a entes demoniacos como Ye­mayá, Changó o el Bacá (hombre que toma forma de animal por las noches) para que sanaran a su hijo, pero lo único que consiguió en Moisés fue una maldición que lo alcanzó dos años después.

Al cabo de ese tiempo, su bisabuela, quien también fue una santera de la zona, se transportó espiritualmente y por obra de Satanás, hasta la precaria habitación de Moisés. Estando allí, puso la mirada en el dedo gordo de su pie izquierdo, colocó su boca y absorbió la sangre del pequeño en un acto de brujería muy conocido en esa re­gión. Esta maldad llegó a modo de consecuencia por la cantidad de pactos que su madre hizo con los espíritus. Moisés nuevamente se encontraba al borde de la muerte.

“Mi madre y mi bisabuela practicaban la bru­jería desde antes que yo naciera... Mi bisabuela al morir traspasó su poder hacia mi madre”, revela Moisés.

Al cabo de unos minutos, su madre se alertó del estado de Moisés, quien sufrió una taquicar­dia producto del shock hipovolémico y se des­vaneció sin más. Al momento fue llevado de emergencia al hospital del pueblo, donde le su­ministraron plasma y le salvaron la vida.

“Esa fue otra etapa de mi vida en que tuve que ser hospitalizado, porque me había quedado sin una gota de sangre y porque mi madre me ha­bía entregado a esos demonios”, relata.

CONOCIENDO LA LEY DE DIOS

Su padre, al enterarse de la nueva tragedia de su primogénito, regresó de su faena en la construc­ción y lo arrebató de los brazos de su madre, para luego entregarlo a su abuela cristiana Arcadia Disla, con quien vivió en la ciudad de Puerto Pla­ta al norte del país. Allí comenzó una nueva vida, alejada de la brujería y el espiritismo, pero con su postración y deformidad que lo limitó en la vida. Solo esperaba un milagro.

“Era el hazmerreír de todos, caminaba entre los montes como un animalito en cuatro patas o me echaba a correr a toda velocidad con los pe­rros o con mis amigos, para ver quién corría más rápido... Todos me conocían como ‘Naridandi Gorgojo’ (niño de gran nariz)... El enemigo se encargó de borrar mi identidad, porque sabía que Dios tenía un plan para mí”, recuerda.

EL MILAGRO DE MOISES

Siete años después, Moisés fue llevado por su abuela a una jornada cristiana en la ciudad de Santiago de los Caballeros, donde el conocido evangelista Yiye Ávila predicaba la Palabra del Señor. Al llegar al estadio de la ciudad y escuchar el mensaje de salvación, su abuela le confirmó que esa era una noche para que Dios hiciera un milagro en él. Entonces Moisés oró y Dios le res­pondió.

“Recuerdo que estábamos en la parte baja de las gradas y encima de nosotros había un techo de hierro. Yo sentí que algo traspasó ese hierro y em­pezó a meterse en mi cabeza y sentí el fuego que me quemaba el cuerpo. Ahí se manifestó el poder de Dios y de repente mis brazos se enderezaron, los huesos de mi cintura empezaron a doblarse y sentí que mi cuerpo se enderezaba hacia arriba, mientras mi abuela me apretaba fuerte la mano.

El aparato de hierro que llevaba en las piernas se salió de su lugar y mis piernas estaban restaura­das. Ya no sentía el deseo de arrastrarme por las calles o de caminar con las manos”, cuenta.

Ante la sanidad milagrosa y el asombro de su abuela y de la gente de alrededor, Moisés gritó de emoción por aquella proeza divina. Al instante trató de agacharse para tomar la misma posición de costumbre; sin embargo, su cuerpo lo impul­só hacia arriba, colocándolo en forma erecta.

Lo único que cayeron al suelo fueron las muletas, las prótesis que tuvo en sus piernas y las lágrimas que derramó por su sanidad. Moisés había reci­bido su milagro.

“¡Fuiste creado para caminar con las dos piernas!”, le dijo el Todopoderoso.

SANANDO CORAZONES

Tras haber sido sanado por el Señor y ser testi­monio para cientos de sus compatriotas domini­canos, Moisés fue a residir a los Estados Unidos con su padre y Olga, su esposa.

A los 17 años de edad empezó a sentir el llamado del Señor y a los 22 años se dedicó al ministerio por com­pleto, como evangelista y misionero, viajando y cantando por varios países de América y el mun­do.

Su esposa, Rosángel Cabrera, con quien se casó en el 2006, y sus hijos Efraín y Kayleen, son otros de los motivos que lo llevan a ir hacia adelante.

Aunque aún le quedan algunas secuelas de la enfermedad, el pastor Moisés Cabrera ha orado por decenas de personas y niños, quitándoles sus enfermedades y dolencias, y devolviéndoles la sanidad a sus cuerpos. Él sabe que solo es un ins­trumento de Dios, así como lo fue el gran profeta Moisés 

 

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