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10 de Enero del 2017

La liberación de Jorge

Puede la más oscura vida transformarse en luz? Desde la existencia más sórdida, Jorge Dionisio Montejo Mateo confirma, una vez más, el infinito poder del Señor. Librarse del homosexualismo, las drogas y el alcohol nadie lo creyó posible. Pero para Dios, nada es imposible. 
  • La liberación de Jorge

Jorge coge su pequeña Biblia y se dirige a su comunidad de La Laguna, ubicada en la ciudad altiplánica de Jacaltenango, Guatemala. Al llegar al lugar o campo blanco, como denomi­na la Iglesia del Movimiento Misionero Mundial a los sectores donde recién empieza la Obra, limpia el pequeño recinto e invi­ta a los pocos hermanos que habitan ese lugar.

Esta tarea de evangelización, Jorge la ha desempeñado desde que dio sus primeros pasos de fe en el cristianismo. Él sabe, como todo buen cristiano, que tiene que librar una dura batalla contra el diablo, arrebatándole los cientos de almas de aquel sector que también es su tierra natal, y ganarlas para Cristo como un día lo ganaron a él cuando anduvo perdido en el alcohol, las drogas y el homosexualismo. Una experiencia que marcó su vida.
 
INFANCIA CONFUSA
 
Hoy, con 30 años de edad y con un amor incesante por las al­mas perdidas, Jorge Dionisio Montejo Mateo se aleja de tapu­jos y confiesa abiertamente que fue homosexual. Lo dice a todo aquel que le pregunta sobre su tórrido pasado. No tiene miedo al qué dirán, porque el Todopoderoso lo hizo libre de pecado a él y al que fue su pareja en mayo del 2010, una fecha inolvidable en que ambos volvieron a nacer y fueron nuevas criaturas por voluntad del Creador. Sin embargo, también recuerda los ince­santes acosos que recibió en su niñez, los cuales generaron en él serios conflictos de identidad sexual. “No sé qué pasó conmigo que me indujeron a esa conducta… Eso iba conmigo, pero yo trataba de cambiar, de ser diferente, pero eso se enraizaba más en mi vida”, recuerda.
 
Aquella experiencia traumática cambió su forma de ser, de hablar y de caminar y se dejó llevar por sus precoces instintos frente a sus compañeros de la escuela. Su conducta llamó la aten­ción y lo consideraron un niño afeminado. “Me trataban como un afeminado, como una persona que no era bien vista y con todos los calificativos que se le puede dar a una persona así”.
 
Ya en la educación intermedia, la presencia de Jorge siempre fue un sinónimo de diversión y burla para todos sus compañe­ros. No existió momento ni juego alguno en que no sintiera una mano que hurgara su intimidad y lo mostrara tal como era. Esto lo llevó a una terrible depresión y a odiarse a sí mismo por ser de ese modo, y a encerrarse en su soledad. Sus padres, Baltasar Montejo Hernández y Catarina Mateo Díaz, no pudieron hacer nada para enderezar a aquel último hijo de ocho, que crecía tor­cido en el seno de su hogar. “Yo creo que mis papas se dieron cuenta de la conducta que yo llevaba, porque una ocasión no quise que me compraran juguetes de varón sino de mujer… Ellos sí se dieron cuenta, pero como no conocieron la Palabra de Dios, no me dieron una instrucción y como que me empujaron a ese estilo de vida”, recuerda.
 
ESA DURA VIDA
 
Al egresar de sus estudios secundarios, Jorge se cansó de su do­ble vida y se confesó homosexual, se entregó a un hombre ca­sado, con quien mantuvo una relación y lo llevó a conocer más ampliamente el mundo perverso en su pequeña localidad gua­temalteca. En medio de ese ambiente se hizo conocido como ‘Yorch’, frecuentando bares y discotecas donde decenas de jó­venes como él exhibieron su trastocada personalidad. Poco le importaron las habladurías de su familia y de la gente en torno a su orientación sexual. Jorge se aceptó tal como era. “Nos vestía­mos como rockeros, con los pelos parados, nos pintábamos los ojos, las cejas, las uñas, utilizábamos maquillaje, hasta lentes de contacto para llamar la atención”.
 
Fue así que Jorge empezó su frenesí, conociendo muy de cerca la vida caótica de muchos jóvenes homosexuales. Cayó en el alcoholismo y en las drogas. Allí empezó su ruina y su vida se hundió en un profundo vacío. “Muchos de los jóvenes se pros­tituyen por dinero. Sacados de sus hogares por sus padres, se travisten, o sea, se visten de mujeres, salen a las calles, se paran en las esquinas para ser llevados. Muchos de los jóvenes son apuñalados por sus amantes o por sus mismos compañeros, por la infidelidad; o son asesinados por personas homofóbicas. Hay casos de jóvenes en las ciudades que son secuestrados, tortura­dos, desmembrados y asesinados”.
 
Ya con 20 años de edad y curtido con nuevos vicios, hizo de la promiscuidad su bandera y se relacionó con un sinfín de jóve­nes que buscaron una noche de diversión y perversión. Su vida confusa lo llevó a recorrer ciudades aledañas como Quetzalte­nango y Ciudad de Guatemala, donde era conocido en bares y discotecas gay. “En esos lugares había muchas infidelidades, muchos conflictos, peleas… Uno le quitaba la pareja a otro. Al­gunos llegaban a matar por odio… Muchas veces me pregunté: ¿por qué estoy aquí, en este lugar? Este lugar no me pertenece a mí… En mi ignorancia quería cambiar. No quería estar en las drogas y el alcoholismo, quería ser una persona diferente y no quería estar en esa situación”, relata.
 
Dos años después, Jorge aparentemente sentó cabeza y es­tudió Enfermería Profesional con una beca que le fue otorgada para la Universidad Rafael Landívar. Sin embargo, al cabo de seis meses dejó su preparación médica y se aferró al Desarrollo Humano y Deportes en la Universidad Galileo, en la capital de su país. Al cabo de un año, se dejó llevar por sus instintos mun­danos y abandonó sus estudios. El libertinaje  lo  esperaba.
 
LA VERDAD OS HARÁ LIBRES
 
A mediados de 2009, Jorge trabajó como docente en una insti­tución y conoció a otro joven homosexual que anteriormente había sido un cristiano evangélico, del cual se enamoró y con el que convivió arrendando una pequeña habitación en una ciu­dad aledaña a su pueblo. En pocos meses, ambos establecieron un pequeño negocio de venta de productos médicos, cuyas ga­nancias malgastaron en bares, discotecas y todo tipo de fiestas  y depravaciones. Estando en medio de ese mundo, Jorge nue­vamente cuestionó su existencia junto a ese vacío en el corazón que lo hundía mucho más. Sin embargo, una lectura bíblica cambió su vida. “Una noche platicaba con este varón con quien conviví y me preguntó si era posible que yo pudiera cambiar mi vida. Yo le contesté que no, porque todo estaba arraigado dentro de mí, y no podía hacerlo. Entonces, él me enseñó la Palabra de Dios y cuando la abrió y me habló por primera vez de Jesucristo, el Espíritu Santo abrió mi entendimiento y su Palabra entró a mi corazón y la de él”, recuerda Jorge.
 
Pasadas las semanas y tratando de salir del homosexualismo, Jorge vivió una serie de circunstancias que le revelaron que lu­chaba contra el mismo demonio, que no lo quería fuera de sus dominios. Fue así que un delincuente lo atacó y por poco pierde la vida, además su fe en Dios fue puesta a prueba cuando se en­teró de que su pareja padeció del VIH. Afortunadamente esta enfermedad fue descartada con los exámenes médicos que se realizó.
 
HOMBRE DE DIOS
 
Unos meses después, Jorge y su compañero se decidieron por Cristo y ambos asistieron a una campaña evangelística que se realizó por las calles de su localidad. Esto ocurrió el 24 de mayo de 2010, fecha significativa para ellos porque fueron cambiados y obtuvieron una nueva naturaleza. Con el tiempo, Jorge llegó al Movimiento Misionero Mundial. “Dios hizo el cambio comple­to en mí. En las manos de Él, somos nuevas criaturas. Aunque me juzguen, Jesús ya me perdonó y con Su sangre limpió mis pecados”, afirma Jorge.
 

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