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12 de Septiembre del 2017

Un milagro en la vida de Marcos

Maltratado en su niñez por un padre agresivo, borracho y mujeriego, con el tiempo se convirtió en un ser con los mismos vicios. Quiso abandonar su familia y su hogar, pero algo ocurrió en su vida que cambió totalmente su destino y le demostró que la fe en el Señor tiene un enorme valor.

  • Un milagro en la vida de Marcos

Susan Amau

 

Madrugada del 15 de marzo de 2002. Buenos Aires, Argentina. Un hombre lloraba desconsoladamente en los pasillos de un hospital. Acababa de nacer su hija, pero una noticia ingrata turbó la noticia que debería haberlo hecho feliz: la niña había nacido con una parálisis cerebral.

Apenas la pequeña vino al mundo, los médicos se percataron de la gravedad del mal, dispusieron su traslado a la unidad de emergencia donde la conectaron a un respirador artificial. Los enfermeros le prodigaron todo tipo de atenciones, pero la situación empeoraba y los esfuerzos parecían inútiles. Un murmullo recorría la sala.

 

  • No vivirá, no vivirá- decían las enfermeras.

 

Pasaron varias horas y la suerte parecía echada. La recién nacida apenas presentaba débiles signos de vida. El padre, sumido en la más profunda tristeza, escuchó decir al médico que su hija fallecería en cualquier momento. “Prepare los trámites para el sepelio”, le dijo.

Con el corazón destrozado y casi agonizando de dolor, Marcos Cuellar se sintió completamente solo en el momento más duro de su vida. No podía darle la noticia a su esposa. Ella también yacía desvalida por la reciente cesárea y la diabetes amenazaba con dificultar la cicatrización. Por otro lado, su hija mayor de dos años, permanecía sola en casa al cuidado de una persona ajena a la familia. Desesperado, lloró por largas horas, preguntándose qué hizo para merecer tanto sufrimiento.

 

Infierno en el hogar

Marcos Cuellar había pasado por dificultades en su adolescencia y su historia no era nada feliz. Cuando tenía dos años, sus padres decidieron dejar su ciudad natal en Lanús, Argentina, y mudarse a Formosa, al norte del país. Era tercer hijo de ocho, que crecía en un seno familiar de clase media, bastante acomodado.

El padre, un empresario dueño de una cadena de supermercados, les daba una felicidad aparente, llena de lujos y dinero que le permitía ocupar una posición importante en la sociedad. Sin embargo, la familia tenía problemas. Al interior del hogar la convivencia era insoportable. Las discusiones parecían nunca acabar.

En la intimidad familiar, el padre, Atanacio Cuellar, se había convertido en un hombre detestable para su familia. Era capaz de golpear a su esposa ante la mirada atónita de sus hijos, quienes, también, recibían constantes amenazas. El adulterio y la embriaguez, cegaban al hombre completamente, llevándolo por una vida disipada. El despilfarro de dinero hizo que la familia quedara en la miseria.

A los doce años, en plena etapa escolar, Marcos tuvo que afrontar una gran responsabilidad sobre su vida. Trabajaba de día y en la noche estudiaba. A los 14 años, pensó sentirse lo suficientemente hombre para enfrentar a su papá. No soportaba un golpe más a su madre y lo intentó detener. Sin embargo, el padre se desconoció por completo y golpeó con tanta fuerza a su hijo que lo dejó desangrado en el suelo. Marcos lo odió profundamente y nunca más se le acercó.

 

Cambio radical

Cierto día, al frente de su vivienda, una vecina comenzó a gritar llamando a todos niños del lugar. Era una Escuelita Bíblica de Vacaciones, sus hermanos pidieron ir y su madre accedió. Para sorpresa, al finalizar la escuelita, uno de sus hermanos menores regresó a casa y soltó una frase que más parecía una sentencia.

 

  • ¡Un día, todos se van a ir al infierno!-

 

Esas palabras sacudieron al hogar, de tal manera que al día siguiente Ana, la madre, fue a averiguar qué cosa le habían enseñado a su hijo en la escuela. Regresó cambiada. Le habían explicado que sus hijos recibieron enseñanza bíblica y ella misma sintió una transformación. Dejó que entrara Cristo en su corazón y volvió a casa con una nueva forma de ver la vida.

Ana nunca más fue la misma, nunca más habló mal a su esposo a pesar de sus tratos malos. Le habló de Dios y buscó una iglesia donde poder congregar. Tenía la valentía y la fuerza suficiente para superar todo obstáculo en su hogar. Muchas veces más soportó los golpes del cónyuge, no reaccionaba con violencia y solo invocaba a Dios.

El hombre buscaba alguna respuesta agresiva y no lo lograba, hasta que cierto día puso un cuchillo en el cuello a su mujer y le exigió: “La iglesia o yo”. Ana no se dejó intimidar y valientemente respondió: “¡La iglesia, con Cristo me quedo yo!”. Inmediatamente su esposo la soltó y nunca más la volvió a golpear.

 

Con la misma tijera

En 1994, al terminar la secundaria, Marcos no tenía recursos para estudiar. Un tío de la gendarmería prometió ayudarlo en el ingreso a ese instituto armado. De ese modo, se unió a la fuerza de seguridad, la Gendarmería Nacional de Argentina, y empezó a estudiar para llegar a ser suboficial.

Después de dos años obtuvo su graduación y fue a visitar a su padre que yacía enfermo en un hospital. Cuando llegó, encontró a su madre saliendo de la habitación junto a uno de sus tíos que era pastor. “Tu padre aceptó a Cristo y recibió al Señor como su Salvador”, le dijeron.

Cuando estuvo a solas con su padre y a verlo en un estado crítico, lloró cual niño enseñándole su título de policía diciéndole: “¡papá lo logré!”. El padre, que no podía hablar, solo asintió. Entonces, él decidió perdonarlo, lo abrazó fuertemente. A las horas, el enfermo falleció.

Pasaron los años y Marcos se casó con Karina Alfonso el año 2000. Lo destacaron a Buenos Aires y el 9 de agosto del mismo año nació su primera hija. Pero los problemas domésticos comenzaron a abundar.

Debido al poco tiempo que dedicaba a su familia, la crisis se apoderó de su hogar. Sus celos lo llevaron al punto de dejar con llave a su esposa para no dejarla salir, poco a poco se fue convirtiendo en un hombre que juró nunca ser.

Se volvió alcohólico, mujeriego y golpeador. Pese a todo, su esposa volvió a quedar embarazada, pero las peleas continuaron y llegó la separación. Llamó a su madre, quién había viajado en alguna oportunidad para ayudarles y llevarlos a la iglesia, pero los pleitos eran mayores. “Nace la criatura y me separo de esta mujer porque ya no la amo”, le anunció.

 

Nace un “Milagro”

Esa era la decisión de Marco, pero la niña nació con parálisis cerebral hundiéndolo en la tristeza. En medio de la soledad, decidió llamar a su madre desde el mismo hospital y entre lágrimas le dijo: “Mi hija se muere”.  Ella respondió: “Hoy es el día de entregarte a Dios”. Él aceptó y por teléfono hicieron la oración de fe. Marcos creyó en aquel momento que Cristo haría un milagro. “Milagros se llamará tu hija”, dijo su madre.

Al día siguiente, la niña comenzó a alimentarse por sondas y las palabras del médico fueron: “Hay esperanza, es un milagro”. Los días siguientes, la niña y su esposa fueron mejorando. La pareja comenzó a leer la Biblia, Dios fue obrando en la salud de la bebe y restauró el matrimonio. No obstante, la duda invadió la vida de aquel hombre que prefirió dar la gloria a los médicos antes que a Dios.

A los 15 días, a punto de salir de alta, la niña cayó otra vez en estado crítico debido a una infección en la cadera derecha. La tuvieron que intervenir de emergencia y Marcos entendió que él tenía la culpa, que por su incredulidad la bebé se moría. Se cerraron las puertas del quirófano y de la mano de su esposa se inclinó de rodillas y comenzó a pedir perdón: “Ten misericordia Señor”, las lágrimas, la culpa, el dolor se apoderaron de él.

“Fue duro verla salir del quirófano”, cuenta Marcos, muchos años después. La mitad del cuerpo de la niña estaba completamente enyesada y la sostenían con sus piernas hacia arriba. Los días pasaron y ella fue evolucionando favorablemente. Después de 40 días, la pareja hizo una promesa al Señor, si Milagros salía del hospital recuperada, irían a la iglesia. Y así fue. El viernes 26 de abril de 2002, dieron de alta a la niña y, al día siguiente, toda la familia visitó el templo del Movimiento Misionero Mundial en la capital federal de Argentina.

 

Verdadera victoria

Llegar a la iglesia de la mano de su esposa y sus niñas fue muy especial para Marcos. Es inexplicable el amor del Señor que sintió aquel día y lo agradecido que estaba por salvar a su familia. Desde entonces 15 años han pasado y nunca han vuelto apartarse de Él.

Al poco tiempo se bautizó junto a su esposa. Dios le bendijo con dos hijos más, Elías y Ruth, y son una gran familia. Marcos aprendió a depositar plenamente su confianza en el Señor, se mudaron a la ciudad de Mendoza y Dios lo llamó a su obra.

En el 2014 dejó la Gendarmería para dedicarse enteramente al Señor. No recibir los ingresos de siempre fue duro para su familia. La Guardia Nacional dispuso no pasarle pensión, debido a su renuncia a pesar de sus años de servicio.

Una noche, al interior de su auto, Marcos lloró amargamente por no tener recursos para su familia. Esperó la ayuda de algún amigo, pastor, familiar, pero nadie llegó, parecía que todos se habían olvidado de él, sin embargo, oyó una voz que le dijo: “Soy yo, quien te proveo”.

Llegó a casa pensando en quemar una agenda vieja y encontró 600 pesos, llamó a su esposa y entonces oyó nuevamente la voz diciendo: “No te desamparé”. Desde entonces, Dios solo ha hecho cosas grandes en su vida.

Milagros ahora tiene 15 años y a pesar de una secuela de retraso en la parte motriz, hace la vida de una niña normal, toca el bombo, y ayuda cantar a su hermana mayor las alabanzas a Dios.

 

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