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05 de Diciembre del 2017

¿Cómo podemos ayudar a otros?

Todo aquel que ha tenido un encuentro personal con Dios lleva en su corazón, aparte del deseo incontrolable de adorarle y alabarle, el de

  • ¿Cómo podemos ayudar a otros?

Todo aquel que ha tenido un encuentro personal con Dios lleva en su corazón, aparte del deseo incontrolable de adorarle y alabarle, el deseo de serle útil, el gran anhelo de ayudar a otros. La mayoría de las personas con las cuales nos relacionamos cada día están heridas, afligidas o enfrentan grandes problemas, y en la mayoría de ellas reina una gran soledad en su corazón.

Hna. Carmen Valencia de Martínez

La gente que carga lastre sobre sí, necesita con urgencia que la conduzcamos hacia el que ha prometido llevar cada carga, solucionar cada problema por más difícil que este sea (“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” Mt. 11:28).

Tenemos una obligación, un deber solemne de ser canales de bendición para aquellos que nos rodean (“Sobrellevad los unos las cargas de los otros...” Gá. 6:2. “En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia.” Pr. 17:17).

“Sólo Lucas está conmigo. Toma a Marcos y tráele contigo, porque me es útil para el ministerio.” (2 Tim. 4:11). Lucas fue un gran amigo para el apóstol, fue su compañero de confianza; ya cerca del fin de su ministerio, cuando todos se habían ido. Todos necesitamos en algún momento ser alentados en esos tiempos duros en que la carga o la presión se hacen mayores.

En el caso de Job y sus amigos (Job. 2:11-13). Este hombre sufrió como pocas personas. Era un hombre justo, perfecto, recto, temeroso de Dios y apartado del mal. Tenía una esposa y diez hijos. Además, era poseedor de muchísimas riquezas. Sus hijos hacían banquetes, y él oraba y presentaba ofrendas a Dios, solicitando perdón para sus hijos, por si habían pecado. Pero un día lo perdió todo, y hasta su salud, pues su cuerpo se llenó de una sarna maligna. Aun así, no le faltaron amigos fieles (Elifaz, Bildad y Zofar) que acudieron para ayudarlo en su triste condición. Algunas cosas las hicieron bien, pero otras no; en unas acertaron y en otras fallaron.

 

I. ¿CÓMO PODEMOS AYUDAR A OTROS?

¿Cuál es la forma más acertada para hacerlo? Tomando a los amigos de Job como modelo, vamos a observar qué hicieron ellos para saber qué debemos hacer o cómo debemos actuar.

• Interesarse por su condición. Cuando los amigos de Job supieron de sus desgracias, fueron a estar con él. Ellos se movilizaron, salieron de su comodidad y bienestar y arribaron donde se encontraba su amigo en sufrimiento.

“Y tres amigos de Job… habían convenido en venir juntos para condolerse de él y para consolarle… porque veían que su dolor era muy grande.” (Job. 2:11-13). Estos hombres quedaron muy abrumados por todo lo sucedido. Se sentaron a su lado en tierra por siete días con sus noches, y ninguno le habló palabra alguna, porque veían que su dolor era muy grande.

Cuando queremos ayudar a alguien, el primer paso es mostrar interés, preocupación, cuidado y esmero. Hay que ir al necesitado, acercarse al que precisa nuestra ayuda y consuelo.

• Sentir dolor por su condición. Ellos lloraron con Job, porque sentían su dolor como propio. Jesús lloró (Jn. 11:35) cuando fue a casa de Marta y María después de la muerte de Lázaro; lo hizo porque le importaba cada uno de los que le rodeaban.

Un hombre sin lágrimas es un hombre sin corazón; qué triste es vivir una vida insensible. La mayoría de los hombres de Dios fueron sensibles, no solo ante su Señor, sino también ante el dolor y la condición de otros. Como David, que luchó por defender a su pueblo; o Pablo, que fue muchas veces encadenado y apedreado porque amaba las almas y llevaba el Evangelio a los gentiles.

• IDENTIFICARSE CON SU CONDICIÓN. Los amigos de Job proyectaron un sentido de identidad, compartiendo su dolor, sentados a su lado. Qué falta hace que nos acerquemos a aquellos que están pasando momentos difíciles; una visita a ese hogar, al hospital o la cárcel, salir de nuestra comodidad, entrar allí donde hay tristeza y dolor e identificarnos con el que sufre.

• GUARDAR SILENCIO. Estuvieron con Job durante siete días con sus noches, en silencio. Hay momentos que las palabras no son suficientes para expresar nuestro dolor y consuelo; por más que deseemos llegar hasta el fondo del corazón del que sufre, quedamos limitados y cortos.

Se necesita en esos momentos que Dios directamente sea el que toque ese corazón. En esos momentos, aunque nuestras palabras queden escasas ante la magnitud del dolor, podremos ministrar a esa persona con nuestro silencio. Estos hombres cerraron su boca y abrieron sus oídos, sencillamente se sentaron al lado de Job. Porque no es tanto lo que hablemos; en muchas ocasiones el solo hecho de estar al lado de alguien que atraviesa alguna circunstancia adversa o dolorosa, el solo acto de tomar su mano, un gesto, una mirada, vale más que mil palabras.

Hay vacíos que solo los podrá llenar Dios con Su presencia, lo único que nosotros debemos y podemos hacer es acompañar a esa persona y clamar a Dios para que directamente Él pueda consolar y ser refugio para ese corazón necesitado.

• ESCUCHAR. Después de esa semana de silencio Job empezó a hablar, deseaba no haber nacido y estar muerto, culpó a Dios de lo que le sucedía (Job. 3). Sus amigos oyeron y reaccionaron ante sus palabras, pero habrían actuado mejor si hubieran escuchado con más cuidado.

Si queremos ayudar a otros, hay que aprender a escuchar. Los amigos de Job oyeron las palabras que él vertía, pero no sintieron el dolor que las originaba; en vez de comprender, discutieron con él y convirtieron su sufrimiento en un debate teológico.

Una persona que escucha con atención, responde a los sentimientos y no tanto a las personas mismas; también sentirá lo que hay detrás de cada palabra, porque hay personas que en medio de su dolor necesitan hablar y requieren de alguien que les escuche. Por eso hay que tratar de entenderlas, percibir qué es lo que les hace hablar neciamente, y aceptar a esas personas.

• No hablar a la ligera. Otro paso que dar, si queremos ayudar a quienes sufren, es aligerar su carga; subsanar aunque sea un poco su dolor y no ser causantes de un mayor sufrimiento por motivo de nuestro ligero hablar. Pero, ¿cómo hacerlo?

Job acusa a Dios. Los amigos se involucraron tanto intelectualmente en su razonamiento, que ignoraron la condición dolorosa por la que atravesaba y la presión que sentía. Cuando las personas están en medio de una situación así, dicen cosas que pueden sorprendernos, mas no por eso hay que apresurarnos a condenarles o a juzgarlos; no hay necesidad de afanarnos por explicar cada cosa. Las explicaciones no siempre alivian el dolor; tratar de comprender y aceptar a esa persona, no quiere decir estar de acuerdo con todo lo que dice o hace. Mejor es hacer como dice el adagio popular: “Es mejor callar, que locamente hablar”.

Es entender la magnitud de esa situación y estar seguros de que Dios actuará en su misericordia. Él sabe comprender y ayudar a cada ser humano, pasar por alto expresiones que salen de la boca de una persona impulsada por una situación dolorosa. Como Moisés cuando expresó: “... que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito.” (Éx. 32:32).

• Consolar, aliviar su pena. Si queremos ayudar a otros, tenemos que permitirle a Dios que haga de nosotros instrumentos de consolación. Consolar significa: aliviar una pena, una aflicción.

No debemos convertirnos en consoladores molestos. Job llamó a sus amigos ‘consoladores molestos’. En lugar de aliviar su dolor, lo que hicieron fue hacer que se sintiera peor, que su sufrimiento fuera mayor. Hubiesen hecho mejor lo que nos enseña Santiago en su carta: “Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse.” (Stg. 1:19).

Nuestra tarea, si queremos ayudar a otros, es ofrecer fortaleza y esperanza por medio de cada palabra que salga de nuestros labios. Un consolador es alguien que pone su fuerza a disposición de otro. “Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos.” (Ro. 15:1). “Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe.” (Gá. 6:10). Según tengamos oportunidad, hagamos bien. “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.” (Gá. 6:2). “Acordaos de los presos, como si estuvierais presos juntamente con ellos; y de los maltratados, como que también vosotros mismos estáis en el cuerpo.” (Heb. 13:3).

 

II. ¿CÓMO INFUNDIR ÁNIMO A LOS DEMÁS?

• Emocionalmente. Con palabras de aliento y esperanza. Asegurándoles que Dios los ama, que está a su lado, y tenerle con nosotros es saber que habrá una salida, es tener la victoria asegurada.

Dando una palabra, un consejo basado en la Palabra de Dios. A veces ignoramos el valor de una palabra. Ella tiene el poder de sanar, animar, ayudar, y de abrir los ojos espirituales del que oye. “Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; mas la lengua de los sabios es medicina.” (Pr. 12:18).

• Físicamente. Ayudándoles con cosas prácticas. Muchas veces la persona no tiene ni ánimo, ni siquiera aliento de hacer lo mínimo por sus propias necesidades. Cosas prácticas como elaborar una comida, lavar una ropa, hacer un favor, mostrar interés en el bienestar de esa persona, de esa familia, dar la mano, un abrazo, pueden obrar para bien de quien sufre.

• Espiritualmente. Con nuestra oración. Así la persona no se dé cuenta, elevar una oración a Dios es de gran apoyo. También leyendo una porción de la Palabra, esta hará y llegará allí donde nuestras palabras no han logrado llegar.

No todos podemos predicar, ni enseñar, pero todos sí podemos orar por los necesitados, por los que sufren. Pareciera que orar no es una labor de mucho valor, pero orar por otros es la actividad más noble, más poderosa que el cristiano puede llevar a cabo.

Necesitamos pedir a Dios que Él nos ayude a ser de bendición a otros, a ser de apoyo, a ser instrumento de consolación, de restauración, que siempre haya una palabra sabia cual bálsamo para el que la necesita. “Jehová el Señor me dio lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado; despertará mañana tras mañana, despertará mi oído para que oiga como los sabios.” (Is. 50:4). Se precisa de una lengua adiestrada por Dios para que exprese palabras con gracia para aquel que está cargado y fatigado a nuestro alrededor.

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