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05 de Diciembre del 2017

El milagro del niño Jafet

Había nacido en el seno de un hogar cristiano, pero abandonó el camino del Señor en su juventud para emprender una vida mun

  • El milagro del niño Jafet

Había nacido en el seno de un hogar cristiano, pero abandonó el camino del Señor en su juventud para emprender una vida mundana. Cuando la tragedia tocó su hogar, elevó sus oraciones y la gran misericordia de Dios salvó a su pequeño hijo de una terrible enfermedad.

Susan Amau

Ruth Ester Castillo González nació en 1981 y creció en el seno de una familia cristiana, un camino que siguió solo hasta su juventud. Los afanes y las cosas terrenales de este mundo la sedujeron y apartaron del sendero divino. A los 19 años se alejó de casa para irse a vivir con un joven que conoció y amó con frenesí. Ciega de amor cambió su felicidad verdadera por una que le duraría poco tiempo.

Una simple nota fue lo que encontraron Alejandro Castillo y Berta González el día en que la hija abandonó la casa de Vista Bella, distrito de Arraiján, Panamá. La separación, sin duda, tomó a sus padres por sorpresa. Un duro golpe para el padre, un pastor que fue el primer secretario de la Obra del Movimiento Misionero Mundial (MMM) en Panamá. La madre rompió en llanto y oró para que Dios mantuviera a salvo a su hija y la hiciera recapacitar de su mal proceder.

Lejos de casa, cuando creía que todo sería color de rosa, comenzaron los problemas para la muchacha. Los celos de su pareja, Abdiel Muñoz, le hacían pensar que había tomado una mala decisión en su vida. Sin embargo, era inútil volver atrás, ya no era la misma y si pretendía retornar a su hogar tendría que cumplir las normas de papá. “Eso nunca”, se dijo a sí misma.

Los conflictos fueron aumentando en medio de una vida desordenada junto a su pareja. Las bebidas alcohólicas y las discotecas se volvieron una constante. En su soledad, recordaba entre lágrimas una oración muy sencilla que le hacía al Señor cuando niña: “Señor, te pido por favor que mi alma no se pierda”, palabras que ahora golpeaban fuertemente su corazón y tenían un peso en su vida.

Un año después, en el 2001, Ruth quedó embarazada y tuvo que dejar la universidad. El nacimiento del primer hijo no impidió que los problemas continuaran en casa. Luego llegó su hija, pero la situación era cada vez peor. Los celos de Abdiel estaban consumiendo la relación. Las peleas eran más fuertes y constantes, al punto que pensó en separarse. La agresión verbal mutua los llevó a recibir terapia de pareja.

Incontables fueron las lágrimas de Ruth, todo el tiempo le perseguía la culpa y el vacío de Dios en su corazón. Presa del pecado pensó que no tendría otra oportunidad con el Señor, había fallado mucho a los seres que más quería y, aun así, infeliz, prefería seguir su senda elegida. Hasta que el 2 de agosto de 2011, nació Jafet Muñoz Castillo, un lindo niño que trajo la luz a su hogar.

Cruel enfermedad

La familia recibió con alegría la llegada del nuevo ser. Pasó un mes y los problemas disminuyeron para entonces, la relación con su esposo empezó a mejorar. Sin embargo, no todo sería felicidad por mucho tiempo. Una tarde el niño presentó fiebre alta que lo condujo hasta emergencias. Al principio, le diagnosticaron una infección glandular, lo bañaron y lo mandaron a casa con medicinas.

En cierta ocasión, el niño lloró toda la noche. Los padres esperaron que el medicamento haga efecto, pero solo obtuvieron que se moviera con dificultad y la temperatura se normalizara. De inmediato partieron para el Hospital del Niño, donde descubrieron que la criatura convulsionaba. Una sorpresa para Ruth, que no sabía que un niño podía convulsionar sin tener calentura.

El pequeño Jafet fue internado. Una especialista afirmó que podría tratarse de una bacteria que estaría provocando esas convulsiones. La angustia y desesperación se apoderó de Ruth, sentía su pecho apretarse sin entender lo que estaba pasando. Su madre, quien la acompañaba, le brindó tranquilidad y oró a Dios por una pronta recuperación del bebé.

Después de unas horas trasladaron al niño a una sala, donde un médico examinó sus pupilas. Para sorpresa de todos, el doctor salió corriendo, pero luego de unos segundos volvió para informarles que había ordenado hacerle un ultrasonido cerebral de inmediato. Parecía que el caso era complicado y todos fueron desalojados del ambiente.

Algunos opinaban que el niño no resistiría más tiempo. Nadie le daba un diagnóstico concreto a la madre. Ella solo veía a los médicos correr y su corazón le decía que algo andaba mal. Con lágrimas en los ojos buscó una respuesta a la situación, pero no encontró ninguna. Una enfermera en evidente desesperación pidió a los médicos que se apuren y le mostró a su bebé solo por un momento. El niño parecía dormido y le advirtió que no se asustara si el menor salía entubado porque iría a cuidados intensivos.

La senda antigua

Esas palabras bastaron para Ruth, quien temió lo peor en aquel momento. Comenzó a llorar y pensó “Hasta aquí llegué”. La mujer sintió que su vida marchaba hacia la desgracia. Su padre, quien había presenciado la escena, no dejó que la desesperanza la venciera y le pidió que hablara con Dios.

Como le había sido advertido, el bebé salió entubado y fue llevado a cuidados intensivos. Una doctora le habló: “Su hijo tiene meningitis bacteriana, que no solo ha afectado la membrana cerebral sino al mismo cerebro”. El niño se veía muy delicado y las restricciones eran demasiado drásticas para Ruth, solo podían verlo los padres por cinco minutos en las mañanas. Lo más importante era estudiar el caso del menor para descubrir el tipo de bacteria y brindarle un antibiótico efectivo.

A la salida de los médicos, la madre se acercó a preguntar si su niño tenía esperanza.

–Pídale a Dios, solo Él sabe –le dijo uno de ellos y se fue.

Esas palabras tocaron el corazón de Ruth, quien se regresó a su casa con un profundo dolor. Se postró de rodillas y rindió su alma, corazón y vida al Señor. Esa noche lloró sin cesar y no durmió suplicando a Dios misericordia.

En algún momento pensó que nada merecía de Dios por haberse apartado de su camino. Sin embargo, recordó la gran misericordia del Señor. Entonces oró fervientemente y, desde lo más profundo de su corazón, prometió servirle. Suplicó perdón, clamó por un milagro y de repente una paz invadió todo su ser, algo difícil de expresar.

Al día siguiente Ruth era distinta, comenzó a recordar los coros del pasado. Camino al hospital cantó “Estoy confiando en ti, Señor”, uno de sus himnos favoritos. Cuando mencionó a sus padres su reconciliación con Dios, ellos sintieron gozo a pesar de la situación. Sabían que no había mejor esperanza que tomar una segura decisión. Ellos habían orado todo el tiempo por Ruth desde que se fue de casa y ahora más por la salvación del bebé.

Cadenas de ayuno y oración a nivel nacional se promulgaron a favor del menor, una iglesia unida en Panamá conocía la situación y esperaba un milagro de Dios. Jafet pasó siete días en cuidados intensivos; era duro para la madre ver un cuerpo tan pequeño resistir tantos tubos, adhesivos en el rostro, hinchado y, a veces, ni siquiera poder verlo los cinco minutos, porque al oír a su madre el bebé se ahogaba e intentaba moverse, lo que perjudicaba más su salud.

Milagro del Señor

Después del séptimo día, pasaron al niño a otra sala y una doctora le explicó que el bebé podría quedar con secuelas a raíz de la enfermedad. La envió a recibir capacitación. Allí le explicaron durante varias semanas que su hijo podría quedar con hidrocefalia, ciego, sordo, mudo o tener problemas psicomotrices, por lo que el menor debía ser evaluado todo el tiempo por las múltiples consecuencias que afectarían su desarrollo.

A pesar de todo ello, el Señor ahora era su fortaleza. Ruth no se dejaría vencer y confiaría en Dios hasta el fin, pase lo que pase. Los días transcurrieron y los médicos solo decían que lo veían muy mal. Después de un mes lo dejaron ir a casa, pero debía tener citas constantes con una neuróloga y recibir terapias.

La confianza en Ruth aumentó de tal manera que cuando llevó a su hijo a las terapias, notó que las enfermeras que atendían a Jafet no podían creer que su niño presentara tan rápida recuperación. Después de seis meses de terapias volvió al hospital. La doctora que intervino al menor le dijo: “Si no hubiera sido yo misma quien atendió a este bebé, diría que me estás trayendo a otro niño”. Sorprendida por estas palabras, admiró la grandeza de Dios.

Han pasado seis años y Jafet es un niño que siempre estuvo en los planes de Dios, sonríe y juega siendo luz a donde él va. No presenta ninguna secuela de la enfermedad y todavía la ciencia no puede explicar la superación del niño. El pequeño continúa creciendo y ha logrado acercar a sus padres a los caminos del Señor. Ahora son una familia feliz. Ruth sigue siendo fiel al Señor y afirma: “Para Dios, nada es imposible”.

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