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05 de Marzo del 2018

Un Rayo de Luz Entre las Rejas

Fue capturada como cabecilla de una peligrosa banda de delincuentes que actuaba en Estados Unidos. Desde muy pequeña había robado, inducida por los amigos en su natal Perú. En la cárcel conoció la Palabra del Señor y pudo enmendar su camino. Ahora es una mujer que se dedica a servir a Dios.

  • Un Rayo de Luz Entre las Rejas

Alguien dijo “Bingo” detrás de ella y a los pocos segundos estaba rodeada de policías estadounidenses. La esposaron y la condujeron a una prisión de la ciudad de San Francisco. Fue condenada por robo a 5 años de prisión en cada urbe donde cometió sus fechorías; su sentencia final fue de 20 años tras las rejas.

Hilda Mallqui Ortega pagó cara su osa- día de visitar una cárcel de Estados Unidos donde una sobrina suya purgaba condena. Pensaba que no iba a ser descubierta, pero se equivocó. Ella tenía orden de captura y los policías la detectaron con rapidez. Así terminó la carrera delictiva que inició en el Perú cuando era muy pequeña.

Desde niña vio que la gente de su entorno más cercano robaba. Y ella lo asumió como algo normal. A pesar de las orientaciones de sus padres para que no siguiera el camino del mal, abandonó la escuela, al igual que sus hermanos, y se dedicó al robo. Rápidamente aprendió las mañas del delito y entre las niñas de su edad fue la más avezada del barrio limeño de El Agustino.

Con una vida desordenada y sin con- trol, la adolescente tuvo su primer hijo a los 15 años. El joven con el que vivió un romance y tuvo dos hijos la maltrató y la abandonó; se quedó en el desamparo. Entonces, ella se refugió en el alcohol para olvidar su dolor.

Después se unió a una banda de delincuentes y conoció a otro hombre. En estos vaivenes pasaron muchos años y tuvo varias hijas. Hasta que un día, cansada del mal vivir, ella y su pareja decidieron buscar un futuro mejor y migraron a Estados Unidos. Convencidos de querer un cambio en sus vidas, decidieron trabajar y ganar dinero con honestidad. Trabajar era algo que había realizado poco en su vida; motivada por sus hijos, lo hizo.

Tres años después, su hermana, que se había quedado al cuidado de sus hijos, viajó a Estados Unidos para darle el encuentro. Ella la hizo regresar al camino del mal. Ambas se dedicaron nuevamente a robar y arrastraron a la pareja de Hilda al sendero del delito.

Lo que intentó construir en tres años se destruyó en cuestión de días. Hilda se desconoció a sí misma, se volvió peor de lo que era en el Perú. Armó una banda criminal y comenzó a delinquir en diversas ciudades estadounidenses. Generó mucho dinero y lo derrochó dándose una gran vida. Sin embargo, sus riquezas no pudieron llenar la soledad de su corazón.

Mostraba una imagen fría, autoritaria, abusadora; sin embargo, cuando es- taba sola, era muy débil, lloraba porque extrañaba a sus hijos y se preguntaba por qué le tocó vivir un destino tan cruel.

Sus delitos crecieron al igual que su infelicidad. Un día, cuando estaba a punto de perpetrar un acto criminal, una llamada paralizó su corazón. Ervin, su hijo menor, había fallecido. La desesperación la consumió de inmediato; sin pensarlo dos veces dejó el país y se fue al encuentro de sus hijos. Lloró desconsoladamente y juró no volver a dejarlos solos.

Meses más tarde regresó a Estados Unidos, pero esta vez acompañada por sus hijas. Aun así, no pudo cambiar. Cada vez se hundía más en el delito y su nombre comenzó a figurar en la lista de personas más buscadas y perseguidas por la Policía de ese país. Se separó de su pareja y su hogar cayó en la ruina.

Afortunadamente, sus hijas, Yesenia, Jenifer y Brenda buscaron caminos distintos y se alejaron del mal. Sin embargo, la situación era distinta para su madre, hasta que fue aprehendida.

TRAS LAS REJAS

Sola, sin poder recibir visitas, lloró todos los días después de su captura. No dormía y por las noches escuchaba una voz que le decía: “¡Mátate!, ¡mátate!, no sirves para nada”. Esa voz la atormentaba y en la cárcel la veían como loca porque deambulaba por las celdas anunciando su muerte.

Estuvo veinte días en ese estado, hasta que se fijó en las imágenes que otras in- ternas tenían como santos. Entonces oyó una voz que le repetía: “Si ese es tu Dios, que te saque”. Desesperada, comenzó a llorar y se dijo: “Si esto no es Dios, ¿qué es entonces?; si no es Dios, ¿para qué sir- ve?”. Una extraña sensación la consumió,

y en el acto rompió todas las imágenes que tenía.

Aquella noche durmió finalmente y en sueños vio caer agua del cielo a su celda, agua que iba directamente a su boca y renovaba todo su ser. Al día siguiente comenzó a sentir curiosidad por la Biblia y obtuvo un ejemplar gracias a una mujer que visitaba a las internas. Hilda le había confesado sus experiencias y ella le aconsejó que dejara a Cristo entrar en su corazón.

Una tarde, en su celda se postró delante de Dios y oró, luego se dirigió al baño y lamió el wáter llorando amargamente. Cuando pudo hablar, dijo: “Señor, yo soy una mujer muy soberbia, si así tengo que pagar para que tú me perdones, no me importa. Me rindo ante ti. Dame una oportunidad para vivir...”. Tras un momento en silencio se levantó, cogió un cuaderno y anotó todos los deli- tos que había cometido en su vida.

Rompió la hoja y la arrojó al wáter, tiró de la palanca y le rogó a Dios: “Señor, llévate mis delitos y perdona mis maldades”.

Al transcurrir algunos días, conoció el ayuno y comenzó a practicarlo. Tenía fe, estaba convencida de que era esencial para recibir la gloria de Dios, así como la oración. Año y medio después la cambia- ron a una celda compartida y las demás presas le prohibieron leer la Biblia. Sin embargo, Hilda la leía a escondidas. Cierto día, una reclusa le propinó una paliza

tan fuerte que ella sintió salir de su ser una gran serpiente, similar a un dragón. Nadie pareció notar lo acontecido.

AMOR ENTRE REJAS

Una dulce voz le dijo entonces: “Yo te escogí; por mi bondad, vete y no peques más, predica mi Palabra...”. Desde entonces, sintió una fuerte necesidad de predicar el mensaje de Dios. Su único maestro y amigo el fue Jesús; Él la preparó para el mandato. Una gran pasión y amor por las almas perdidas nació en su corazón.

Compartir las buenas nuevas era ahora una tarea diaria que reunía a las reclusas para hablarles de Dios. En la cárcel, Hilda recorrió las celdas y pabellones más peligrosos para conquistar el corazón de las presas con la Palabra del Señor. Fruto de ello, una joven drogadicta cambió su vida por completo y comenzó a compartir las Santas Escrituras.

Meses después de estos sucesos, la trasladaron a Nueva York. Finalmente, sus hijas podían visitarla. Tres años habían pasado y aún le faltaba mucho para completar su castigo cuando llegó el día en que debe- ría escuchar otra sentencia. El fiscal de este caso pidió que le dieran 8 años de prisión, pero como ese mismo día falleció un familiar suyo, tuvo que marcharse, por lo que su puesto lo asumió otro fiscal. Este, al escuchar su caso y mirarla, exclamó: “Mujer, yo no te condeno”, y se cerró el proceso.

Un tiempo después la deportaron al Perú y en Lima le pidió a Dios que guiara su camino. No conocía una iglesia ni sabía dónde congregar, así que le pidió al Señor que mandara a alguien que la recogiera. Días más tarde se aparecieron unas hermanas buscándola por su nombre. Las recibió amablemente, y sin saber de qué iglesia eran, accedió a acompañarlas a su templo. Cuando llegó, se dio cuenta de que estaba en la iglesia del Movimiento Misionero Mundial de Santoyo, en El Agustino. Allí creció espiritualmente y ahora le sirve al Señor con todo su corazón.

A los 44 años, Hilda se siente agradecida con Dios por la oportunidad que Cristo le dio. Predica la Palabra del Señor, apoya en la cocina, forma parte de la directiva y, sobre todo, es feliz para la gloria de Dios.

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