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06 de Abril del 2018

Lejos de aguas tormentosas

Fue un mujeriego sin reparos que estuvo preso del pecado durante gran parte de su juventud. Consumidor empedernido de tabaco, su existencia la tuvo consagrada a los placeres del mundo. Esta es la historia de un hombre de mar que Dios recuperó y convirtió en uno de sus siervos más abnegados.

  • Lejos de aguas tormentosas

Antes de conocer la misericordia de Jesucristo y transformarse en una criatura restaurada por el mensaje del Evangelio, Ricardo Cueto Aranda solía fumar hasta dos cajetillas de cigarrillos por día, tomaba alcohol con amigos los fines de semana y cometía adulterio cada vez que se le antojaba.

Nacido el 9 de junio de 1945, en la ciudad de Lima, creció en el seno de un hogar numeroso encabezado por sus padres, Darío Cueto Rosas y Victoria Aranda León. Desde pequeño, junto con sus once hermanos, conoció al Señor por medio de los ritos de la iglesia tradicional. Sin embargo, la doctrina católica, colmada de costumbres paganas, nunca logró tocar su corazón.

En sus años mozos, luego de mudarse al Callao, ciudad portuaria ubicada a orillas del océano Pacífico, se interesó en incursionar en las Fuerzas Armadas con el objetivo de asegurarse un futuro prometedor. Entonces, en 1963, ingresó al Centro de Entrenamiento de Armas y Electrónica (Cenae) de la Marina de Guerra del Perú para formarse como técnico naval.

Apasionado por la música salsa, se incorporó al Cenae y, casi al mismo tiempo, se sumergió en los placeres mundanos. Fumador desde los 14 años, se volvió un vicioso y adoptó la nicotina como un paliativo para soportar el rigor de la vida en alta mar. Además, flotando a la deriva en cuestiones religiosas, fue presa fácil de las amistades peligrosas, con las que bebía de forma eventual.

–Llegué a fumar hasta un par de paquetes de cigarrillos mientras navegaba, y en mis días libres salía con los compañeros de la Marina –recuerda.

Insensato y carente de buen juicio, el joven marino tomó contacto con el mundo de las drogas en sus andanzas desenfrenadas. Un día, mientras bebía con unos amigos, fue obligado a probar marihuana. Su osadía lo llevó a experimentar alucinaciones que hasta hoy guarda en su memoria como prueba de la mala senda que transitó.

Consciente de sus pecados, acudía a la misa católica únicamente en ceremonias fúnebres y pensaba que el Creador no tenía la capacidad suficiente para cambiarlo. En aquella época, formó parte de la selección de fútbol de la Marina y vistió los colores del club Grumete Medina en la liga de primera división del Callao. Sin embargo, el balompié no impidió que la frivolidad lo atenazara.

En 1968, Cueto conoció a Ana María Díaz, una muchacha temerosa de Cristo, con quien se uniría en matrimonio un año después. Ella, que lo soportó en sus horas disolutas, fue el instrumento que años más tarde lo ayudaría a perseverar en la Palabra. Con constancia, tenacidad y paciencia, la mujer lidió con los pecados de su consorte.

PALABRA REVELADORA

En los años setenta, perdido en lo vano y lo trivial, Ricardo gastó su vida en satisfacciones terrenales que solamente fueron fogonazos en medio de la penumbra que marcaba el discurrir de sus días. Y peor aún, mientras su carrera castrense iba en ascenso y se alzaba como un eficiente maquinista, en su existencia familiar las dificultades maritales fueron parte de sus jornadas.

Al comenzar una nueva década, en 1980, el marino tocó fondo y su enlace nupcial zozobró por su mala cabeza. En aquel momento, atrapado en los deleites carnales, debió aceptar que su esposa no quisiera saber nada de él. También se vio obligado a sobrellevar una severa alopecia que lo dejó casi calvo. Fue una etapa en la que deambuló entre la fornicación y las aventuras extramatrimoniales. –En mi desesperación, recurrí a una hechicera para solucionar mis problemas –evoca.

Aquella bruja, que visitó por recomendación de un compañero, intentó convencerlo de que era víctima de un “daño” y que ella podía sanarlo con su magia. Del mismo modo, pretendió hacerle creer que la responsable de sus males era su cónyuge. Tras escucharla, y con la convicción de saber que su consorte ya estaba en los caminos del cristianismo, desistió de emplear el ocultismo.

Ricardo conoció el poder de Dios con una experiencia sobrecogedora. Un día, cuando su familia se marchó hacia el templo donde congregaba y mientras él veía fútbol, escuchó una voz que le ordenó que apagara la televisión. De inmediato, cumplió el mandato y prometió que al año siguiente sería seguidor de la Palabra.

En el amanecer del sábado 3 de enero de 1981, acostado después de celebrar el Año Nuevo, recordó su promesa y de inmediato decidió buscar a Jesús para cumplir con su compromiso. En ese instante, le dijo a Cristo que lo limpiara por dentro y que él lo iba a hacer por fuera para encontrarlo. En seguida, se fue a la iglesia que cobijaba a su esposa y a sus hijos; allí lo esperaba el Señor.

Al llegar al templo, se entrevistó con el pastor Ángel Colona, quien lo recibió con los brazos abiertos. Acto seguido, se fue a buscar a Félix Ramos, colega de armas que se había convertido, para celebrar juntos su ingreso al cristianismo. Su amigo fue una pieza decisiva para su conversión final. Recién convertido, perdió el apego a la bebida, los cigarrillos y las mujeres. Pronto, Dios lo puso a prueba varias veces, pero él soportó las tentaciones con entereza. Entonces, su interés por la Palabra lo condujo a leer con voracidad las Sagradas Escrituras. Al tercer mes, en mérito a su compromiso, recibió el bautismo del Espíritu Santo.

OBRERO FIEL

Entregado a Jesucristo, fue perdonado por Ana María Díaz y empezó a reconstruir sus lazos familiares. Además, junto a ella, quien había clamado por su salvación durante mucho tiempo, se dedicó a ayunar y a alabar a Dios. De igual modo, ambos, unidos por la fe, realizaron incontables vigilias y participaron de todas las campañas evangelísticas que les fue posible.

Fuera del ámbito cristiano, en su labor profesional, libró más de un combate contra los escépticos para hacer prevalecer su fidelidad al Evangelio. Soportó la burla de los marinos incrédulos y la Biblia le sirvió como espada para defenderse de las criaturas hostiles.

–A bordo, siempre oraba, ayunaba y predicaba el mensaje de Cristo. Dios fue mi mejor aliado en la Marina y gracias a su amor pude anunciar las buenas nuevas a mis compañeros –afirma con alegría.

A mediados de 1981, el marino tuvo la dicha de conocer al reverendo Rodolfo González Cruz, quien había llegado al Perú el 25 de marzo de ese año. Entonces, optó por seguir los pasos del misionero de origen cubano que enarbolaba la sana doctrina y recorría Lima con un mensaje poderoso.

En compañía de sus parientes, fue una de las primeras ovejas que atrajo el pastor González para la Obra en suelo peruano. Asimismo, el 27 de abril de 1983 asistió a la inauguración del templo central del Movimiento Misionero Mundial en el Perú. También fue uno de los miembros iniciales de la congregación.

Cueto fue parte del engranaje que revolucionó la nación sudamericana con las buenas nuevas. Los fines de semana, cuando estaba de descanso, acompañaba al ministro González a predicar la Palabra. El 1 de diciembre de 1989, decidido a servir a Dios a tiempo completo y por el resto de su historia, se retiró de la Marina y se consagró a la labor evangelizadora de la denominación fundada por el reverendo Luis M. Ortiz.

Ahora, con más de 37 años al servicio de Dios, Ricardo Cueto Aranda es un pastor noble abocado a los caminos de Cristo. A cargo de un templo de la periferia de Lima desde diciembre de 1994, el evangelista lidera una familia, integrada por su esposa y sus hijos Rildo, Rosina, Vanessa, Cristian, Abraham, Abel y Daniel, que es un ejemplo de fe y fortaleza cristiana.

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