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02 de Agosto del 2018

William, el soldado de Dios

Fue condenado a 60 años de prisión en Colombia. Era uno de los guerrilleros más temidos del país, pero su vida cambió entre los barrotes. Se hizo predicador de las cárceles y está agradecido con Dios por su amor incondicional.

  • William, el soldado de Dios

Por Susan Amau 

Fotos: MMM Colombia y Archivo Familiar

Sentado en el banquillo de los acusados, William Contreras Sanguino escuchó la sentencia. La voz potente del secretario de la Corte de Justicia sonaba en la sala. Lo condenaron a sesenta años de cárcel. Al escuchar tremendo castigo, el mundo se le vino encima. Pasaría el resto de su vida detrás de los barrotes, constreñido a una celda sucia, maloliente y fría.

Los magistrados colombianos habían sido severos por la cantidad de delitos que se le atribuían. No era para menos. En el expediente se le culpaba de numerosos crímenes perpetrados como parte de uno de los movimientos insurgentes que asolaban al país desde hacía décadas y a cuyas filas se había unido cuando apenas era un adolescente.

Para William Contreras Sanguino, la vida nunca había sido fácil. Tuvo que lidiar con todo tipo de vicisitudes, pero sesenta años de cárcel eran demasiado para sus fuerzas. Nunca más sería libre. Moriría en un penal de máxima seguridad. Desde muy niño sufrió penurias y privaciones materiales y emocionales. Tenía que trabajar desde los 7 años para poder llevarse un pan a la boca. La pobreza extrema agobiaba a su familia, que vivía siempre en un permanente clima de violencia. Su situación empeoró cuando a los 12 años quedó huérfano de madre.

En el desamparo, buscó una salida a sus desventuras y escogió el camino equivocado. Con solo 14 años, se plegó a las guerrillas, se internó en la selva colombiana y comenzó una vida signada por la violencia y la muerte. Aprendió el manejo de las armas y todas las estratagemas militares. En poco tiempo ascendió en la estructura de los insurrectos y pronto fue jefe de un destacamento con decenas de hombres y mujeres a su cargo.

Su fama llegó a los medios de comunicación, que comenzaron a publicar artículos en contra de él. Las autoridades le pusieron precio a su cabeza y mucha gente quería ubicarlo para cobrar la recompensa. Así pasaron los años y el joven continuaba con su carrera bélica en las zonas de influencia de las guerrillas. Hasta que tuvo un motivo que lo obligó a salir del bosque.

En 1993 contrajo una enfermedad gastrointestinal que requería tratamiento especializado y no le quedó más remedio que arriesgarse para acudir a un centro urbano. Estuvo varios días tratando de curarse hasta que alguien lo identificó, lo denunció y fue la portada de un diario de Bucaramanga. Las fuerzas del orden lo aprehendieron y sus días de libertad terminaron.

Fue llevado a las instalaciones de la Quinta Brigada, donde no la pasó nada bien. Era la primera vez que pisaba una cárcel en su vida, y aunque esta no había sido un lecho de rosas, lo afectó mucho. En varias ocasiones recibió dura tortura para sonsacarle información sobre las guerrillas, pero resistió por semanas, hasta que llegó el momento del juicio y le aplicaron la severa sentencia que debería cumplir en la cárcel modelo de Bucaramanga. No estaba dispuesto a acabar sus días en ese penal; por eso, durante los primeros meses de reclusión, estudió la forma de fugarse. Podía caer muerto en el intento, pero no quería quedarse más tiempo entre cuatro paredes. Estaba en plena etapa de planificación cuando otro recluso vino a hablarle en la soledad de su celda. Se trataba de un cristiano que quería ayudarlo a enmendar su camino.

                                            –Solo Cristo puede darte la libertad física y espiritual que tanto necesitas– le dijo.

Era la primera vez que alguien le hablaba directamente de Dios. Sabía que había un grupo de reclusos cristianos, pues los había visto en sus cultos diarios, pero solo los miraba a la distancia. El hombre que le hablaba en esos instantes era uno de ellos. Lo escuchó por unos minutos, pero luego reaccionó y comenzó a burlarse del predicador. En aquellos momentos le importaban más sus planes de evasión y la ideología de Marx y Lenin.

Pese a que decidió no seguir escuchando al cristiano, algo casi imperceptible quedó en su mente. En los días siguientes empezó observar con mayor detenimiento las actividades evangélicas del grupo de reclusos. Los veía diferentes, exentos del drama de la prisión, como si estuvieran libres en plena cárcel. Tenían los rostros resplandecientes y estaba siempre alegres. Eso llamó poderosamente su atención.

Cuando faltaba poco para el día de la fuga, el plan quedó al descubierto. La represalia se aplicó de inmediato y fue conducido a la cárcel de Palmira Valle, en la que también encontró a un grupo de cristianos que predicaban la Palabra. Sin embargo, el hombre persistía en su obsesión por fugarse y volvió a ser cambiado de penal. Esta vez lo llevaron a la penitenciaría Picaleña Ibagué Tolima.

En ese centro de reclusión, su salud empezó a deteriorarse, lo que lo condujo a la depresión y la amargura. Desesperado, pensó incluso en suicidarse antes que seguir sufriendo prisión. Sin embargo, entabló amistad con un grupo de internos que lo hicieron partícipe de un nuevo proyecto de fuga. Esta vez parecía que iba a concretar su ansiado objetivo. Cuando ya se aprestaba a ejecutar el plan, los policías los sorprendieron y todos fueron severamente castigados.

El tenebroso penal de alta seguridad de El Barne, en Tunja, Boyacá, fue su nuevo alojamiento. A ese lugar llegaban presos de alta peligrosidad, criminales reincidentes e internos que son castigados en otras penitenciarías. Los internos eran tan avezados que tenían el control de los pabellones. Allí, los llamados “caciques” dominaban todas las actividades en el interior del reclusorio y William Contreras Sanguino se convirtió en uno de ellos.

Era temido y respetado hasta por los guardias de seguridad, y tenía bajo su mando todo un pabellón; sin embargo, no podía escapar de las continuas reyertas que estallaban en el penal. Esas peleas, en muchos casos, se originaban por el poder y el control, que incluían venta de licores y drogas.

En cierta ocasión se desató una gresca descomunal en el patio. Su grupo fue atacado de improviso y todos se alistaron para defenderse. William, como “cacique”, distribuyó entre sus compañeros las armas que tenía y se quedó sin nada para repeler los ataques. En medio del patio del penal y sin nada para defenderse, se sintió desprotegido, pero milagrosamente nadie lo atacaba. En su entorno, la gente peleaba a muerte sin tocarlo en lo más mínimo. Era como si un escudo protector se hubiese levantado a su alrededor. Muchos años después, William pudo comprender lo que había sucedido ese día.

                                          –Dios me protegió con el fin de usarme después para difundir la Palabra –dice.

Salió ileso de la refriega; ni un solo rasguño. Así, continuó su vida de interno con ciertas prerrogativas de “cacique”. En los siguientes años pasó sucesivamente por las cárceles Modelo en Bogotá, la de Cartagena y la de máxima seguridad de Valledupar, conocida como la Tramacúa; luego, lo trasladaron al centro de reclusión modelo de Barranquilla y, por último, llegó a la penitenciaría nacional El Bosque, en la ciudad de Barranquilla, donde su vida dio un vuelco radical.

En todas las cárceles se le predicó la Palabra, pero una de esas noches, estando en Medellín, tuvo una experiencia con el Dios del que tanto le hablaban. Daba vueltas en su frío camastro sin poder conciliar el sueño. Eran más de la 1 de la mañana; de pronto, comenzó a ver el cielo envuelto en llamas y, en medio del fuego, descender un caballo blanco. Él estaba en un desierto, rodeado de una multitud que clamaba de rodillas, señalando que había llegado el fin del mundo y la hora de la segunda venida de Cristo.

No quedó ni una sola persona sin ser pisoteada y la sangre empapó hasta el freno del caballo. William estaba asustado y postrado. Aterrorizado, notó que el corcel venía hacia él; empezó a gritar, pero en ese momento recobró el sentido y se sintió arrepentido de todo lo que había hecho en su vida. Lloró y pidió perdón a Dios.

Allí comenzó su cambio. Sintió algo diferente en su corazón y comenzó a juntarse con los siete cristianos que se reunían para orar. Desde luego, sus excompañeros de milicia se burlaron de él, mas poco le importó. Cada día el Señor le regalaba una experiencia y el pesar que tenía en el corazón se extinguía; William se sentía libre.

Al mes de convertido, se instruyó en la Biblia, descubrió que su sueño tenía relación con el libro de Apocalipsis y empezó a predicar en la cárcel. Para entonces, ya había cumplido ocho años de prisión y los siguientes siete años se los pasó predicando la Palabra del Señor. Tuvo momentos de angustia; su enfermedad se agravó y lo desahuciaron, pero se humilló ante Dios y gracias a su fe, sanó.

William fue libre finalmente. Dios restauró su corazón, perdonó a su padre y hoy lidera un grupo de evangelismo en la penitenciaría de El Bosque de Barranquilla; allí, en el lugar donde Dios lo liberó. Tiene una linda familia y es de bendición para muchas vidas maltratadas por el pecado.

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