RAÍCES HUMILDES Y UN LLAMADO EN LA SOLEDAD
Antes de convertirse en una voz clave del avivamiento pentecostal, Frank Bartleman conoció el rigor de la vida. Nació el 14 de diciembre de 1871 en una granja de Pensilvania, en un hogar humilde y dividido espiritualmente entre las raíces católicas de su padre y la crianza cuáquera de su madre. Desde temprana edad batalló contra una salud sumamente frágil.
A los veinte años partió rumbo a Filadelfia. Allí, inspirado por el testimonio de creyentes jóvenes, empezó a escudriñar las Escrituras. El 15 de octubre de 1893, solo en su modesta habitación de pensión, tomó la decisión de rendir su vida a Dios, hallando la paz profunda y el perdón que tanto anhelaba.
LAS CALLES COMO PÚLPITO Y EL PRECIO DEL MINISTERIO
Aunque se le presentó la oportunidad de costearse estudios teológicos universitarios formales, Bartleman declinó la oferta: sintió el llamado directo a servir en los barrios marginales y en las calles. Dedicó sus primeros años a predicar con el Ejército de Salvación, viajar en carretas evangelísticas (Gospel Wagon) y distribuir folletos bíblicos, dependiendo por completo de la providencia divina y enfrentando hostilidad y escasez.
En 1900 contrajo matrimonio con Anna Ladd, consolidando un hogar. Sin embargo, la comodidad fue breve; su vocación misionera lo trasladó a California a finales de 1904. Pocas semanas después, el 7 de enero de 1905, enfrentó una de sus pruebas más desgarradoras: la repentina muerte de su primogénita Esther. En lugar de claudicar, selló junto a su ataúd un compromiso aún mayor con Dios, intensificando sus ayunos, su intercesión y sus sermones diarios.
EL DESPERTAR EN LA CALLE AZUSA Y UN TESTIMONIO HISTÓRICO
Convencido de la necesidad urgente de un derramamiento espiritual, se sumó a las reuniones de oración que prepararon el camino para lo sucedido en 1906. Cuando William Seymour llegó a Los Ángeles y las reuniones se trasladaron al número 312 de la calle Azusa, Bartleman no acudió como dirigente, sino como intercesor, testigo y cronista.
En aquel modesto recinto con vigas bajas y piso rústico, presenció algo inusual en plena época de segregación racial: creyentes de diversas etnias y procedencias adoraban y oraban juntos. Aquella escena lo llevó a inmortalizar una de sus expresiones más recordadas: la línea divisoria del color había sido borrada en la sangre de Cristo. Paralelamente, tras el devastador terremoto de San Francisco ese mismo año, escribió tratados evangelísticos que alcanzaron a decenas de miles de personas con un mensaje de arrepentimiento.
FIDELIDAD AL EVANGELIO Y UN LEGADO IMBORRABLE
Bartleman fue siempre celoso de la gloria de Dios. Advirtió con firmeza contra el sectarismo, el afán de protagonismo y las estructuras humanas que relegaban a Jesucristo del centro espiritual.
Agotada la etapa inicial de Azusa, continuó su labor como misionero itinerante, viajando por diversos continentes sin patrocinio económico institucional, anunciando el Evangelio en Europa, Asia y Medio Oriente. Falleció el 23 de agosto de 1936, tras más de cuarenta años dedicados a la predicación, la oración y la palabra escrita, dejando testimonios y documentos invaluables sobre uno de los mayores despertares espirituales de la historia contemporánea.