| noviembre 3, 2026

Como ovejas sin pastor

No basta con vestir como pastor, se necesita el corazón y la compasión del Maestro.

JESÚS VIO a la multitud como ovejas sin pastor. Hoy por hoy hay muchos líderes, pero pocos pastores; hay muchos administradores del altar, pero pocos pastores; porque el pastor debe tener la capacidad de conocer y de entender a las ovejas.

Un pastor es alguien que se entrega, que camina y lleva las ovejas al mejor lugar. Hay muchas ovejas sin pastor, y una cosa es ser figura y personaje de pastor, y otra es tener corazón de pastor. Hay quienes visten incluso como pastores, pero no tienen corazón de pastor, no tienen compasión por las ovejas, las golpean, las maltratan, no les dan el alimento a tiempo, no cuidan de ellas, les están sacando la lana continuamente, las dominan, son unos dictadores. Y aquí necesitamos que sean pastores, que cuiden el rebaño, que tengan el estilo de Jesús, el buen pastor que da su vida por las ovejas (Juan 10:11).

Jesús vio a la multitud y la contempló como ovejas sin pastor, entonces dijo a sus discípulos: «A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies» (Mateo 9:37-38).

Hay quienes presentan el Evangelio como si fuera cualquier cosa, algunos toman el ministerio como si fuera cualquier ocupación, pero debemos entender que esto es una entrega. Y el Señor, antes de llegar a esa cruz, dice: «Mi alma está muy triste, hasta la muerte» (Mateo 26:38). Hay amargura del alma, hay heridas profundas, luchamos todo el tiempo con cosas que golpean nuestro ser; y necesitamos la sanidad, necesitamos el bálsamo, necesitamos del Señor.

Jesús, viendo los dolores de la cruz, le dijo al Padre: «Padre, si quieres, pasa de mí esta copa» (Lucas 22:42). Si Jesús dijo: «No puedo más», ¿quiénes somos nosotros para tratar de demostrar fortaleza cuando no hay ninguna? Él dijo: «No puedo más, Padre; pasa de mí esta copa». Era el punto culminante de la rendición de la voluntad del Hijo al Padre, y en ese momento dice: «Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (v. 42b).

Cuando Jesús vio los dolores de la cruz, no salió corriendo, ni le echó la culpa al diablo, sino que afirmó su rostro y siguió adelante.

Aunque vino la adversidad, Jesús fue fuerte, «afirmó su rostro» (Lucas 9:51), y dijo: «Muerte, yo seré tu muerte» (Oseas 13:14). Y afirmando su rostro caminó al Calvario firme y seguro que iba a alcanzar la redención nuestra, y entregó su vida por nosotros.

¡Dios le bendiga!

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