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UN LLAMAMIENTO A LA UNCIÓN EN EL PÚLPITO

Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí. Isaías 6:8. Por qué no llega el Avivamiento E. Leonard Ravenhill

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Cuando un hombre se ha arrastrado durante años en un cristianismo convencional y de repente levanta un vuelo a una inteligencia espiritual y se hace activo y fervoroso en la ba­talla por el Señor, mostrando un incansable celo por los perdidos, hay alguna razón para ello. El secreto de este hombre o mujer que se levantan como un jet en los caminos del Señor es que en algún lugar o de alguna manera ha tenido, como Jacob, un encuentro con Dios y ha sido herido en su naturaleza carnal, pero ha sido fortalecido por el Espíritu Santo.

Hay dos factores indispensables para la vida cristiana que tiene éxito: son visión y pasión. Los hombres pueden vencer imponentes tempesta­des de criticismo carnal y escalar las más peligro­sas alturas de despiadada oposición diabólica para plantar por encima de todo la cruz de Cris­to. ¿Cómo? Si han cogido una visión y contraído, una pasión.

Algunos nos exhortan ahora a no hacernos tan fanáticos que no seamos útiles para las co­sas terrenas. Hermano, este peligro no existe en la generación actual. La verdad brutal y sin paliativos de nuestros días es que somos tan te­rrenales que apenas somos útiles para las cosas celestiales.

Amigo, si fueras tan diligente en el cuidado de las almas como lo eres para tus negocios se­rías una amenaza al diablo; pero si fueras tan poco diligente para tus negocios terrenales como lo eres para los negocios celestiales, es seguro que tendrías que mendigar tu pan.

George Deakin declaró esta acertada senten­cia: Una visión sin una tarea hace un visionario; una tarea sin visión, un galopín sin oficio ni be­neficio; una visión y una tarea, un perfecto mi­sionero.

Isaías tuvo una visión cuando murió el rey Uzías. Quizá hay una persona en tu vida que está impidiendo tu plena visión del Señor. La expansión espiritual tiene un alto precio y hay que pagarlo a veces mediante una decisión cru­cial. ¿Estás preparado para una visión a ese alto precio, la pérdida de un amigo o de una carrera? No hay precios de ganga para una verdadera renovación espiritual. Si sólo quieres ser sabio y santificado para tu propia satisfacción, el ejército del Señor no tiene necesidad de ti.

Isaías tuvo una visión en tres dimensiones. En Isaías 6:5-9; “¡Ay de mí!”, una frase de confe­sión; “He aquí”, la palabra de limpieza; “Anda”, la palabra de comisión.

Fue una visión de santidad. ¡Amados míos, cómo necesita nuestra generación una visión de Dios con toda su santidad! De humillación: “Sien­do hombre inmundo”. De anhelo: “¿Quién irá?”

Fue una visión de altura –vio al Señor sobre un trono alto y sublime. Una visión de profun­didad –vio los escondrijos de su propio corazón. Una visión de anchura –vio al mundo.

En esta hora cuando la generalidad de la Igle­sia conoce más de promoción que de oración; cuando se ha olvidado la consagración, convir­tiéndola en competencia, y ha sustituido la pro­pagación por propaganda, esta triple visión es imperativa.

Donde no hay visión “el pueblo perece”. Donde no hay pasión, perece la Iglesia aun cuan­do se vea llena hasta las puertas.

Nadie vive más allá de su visión. Inteligentes teólogos no pueden romper las murallas de hie­rro de la superstición y oscuridad espiritual tras las cuales han vivido millones de seres humanos durante milenios. Sólo hombres quizá con me­nos profundidad intelectual, pero con más pro­fundidad de visión pueden hacerlo.

Ser espiritual produce gozo y paz; sin embar­go, el hombre espiritual no puede pasar por en­cima de hechos conturbadores como los siguien­tes. Leedlo y llorad:

JAPÓN.- El gobierno declara que su po­blación excede de los 70 millones de seres huma­nos y está creciendo a razón de un millón cien mil personas por año. Esto significa un aumento de cinco millones de almas sin Cristo cada cinco años, pues no pueden calcularse los verdaderos convertidos anualmente en más de cien mil. Pon esto en tu lista de oración.

COREA.- Allí hay1 nueve millones de ha­bitantes la mayoría refugiados, sin hogar y casi sin alimentos.

INDIA.- Centenares de millones de seres viviendo en tinieblas y sombra de muerte.

PALESTINA.- Un millón de refugia­dos árabes.

EUROPA.- Once millones de personas desplazadas. ¡Qué dolor de corazón causa este pensamiento!

CHINA.- Más de 300.000 refugiados de la China comunista viven en chozas en los subur­bios de Hong-Kong.

Y si venimos a la condición espiritual, ¡qué peso abrumador produce en el alma cristiana pensar que existen quince millones de judíos, trescientos millones de budistas, ciento setenta millones de mahometanos, trescientos cincuen­ta millones de confucionistas, cincuenta millo­nes de hinduistas, noventa de sintoístas, y otros millones de paganos para quienes Cristo murió, pero que no han sido alcanzados con las Buenas Nuevas del Evangelio!

Aun en la misma América del Norte, tan cristiana, se calcula que hay veintisiete millo­nes de menores de edad que no reciben edu­cación cristiana, y diez mil aldeas sin iglesia alguna. Casi un millón de personas mueren cada semana en el mundo sin Cristo. ¿No sig­nifica nada esto para ti? Quizá, ¡quién sabe!, Dios está más enojado con América del Norte e Inglaterra que contra Rusia. ¿Te parece raro? Considera serenamente que en Rusia hay mi­llones que no han tenido jamás la oportunidad de escuchar un claro mensaje del Evangelio, ni tener una Biblia, ni les es fácil escuchar un programa evangélico por radio. Millones acu­dirían a una iglesia si pudieran.

Se cita a William Booth, el fundador del Ejér­cito de Salvación, quien decía que quisiera, si fuese posible, que sus soldados, como final de su entrenamiento, pudieran estar 24 horas contem­plando los sufrimientos eternos del Infierno. El fundamentalismo, que profesa la misma fe que Booth, necesita tal visión. Y el grandilocuente predicador modernista lo necesita todavía más.

Carlos Peace era un criminal que no respe­taba leyes divinas ni humanas. Finalmente fue capturado y condenado a muerte. En la fatal mañana de su ejecución, mientras era condu­cido de su celda al cadalso, en la prisión de Armley (Leeds), Inglaterra, iba delante el ca­pellán de la prisión leyendo rutinariamente textos bíblicos que hablan de la condenación y de la vida eterna que Cristo Jesús vino a ob­tenernos con su sacrificio. El reo tocó al predi­cador por la espalda y le preguntó qué esta­ba leyendo. “Son los consuelos de la religión, para esta hora fatal”, respondió el clérigo. “¿Y usted cree que todo esto es verdad?”, replicó el criminal. El oír leer de un infierno con fuego que nunca acaba de consumir a sus víctimas, con la indiferencia con que lo estaba hacien­do el funcionario de la prisión, era demasiado para Carlos Peace, y al mismo pie del cadalso, en el patio de la cárcel, le espetó el siguiente sermón: “Señor, si yo creyera lo que usted y su iglesia dicen aun cuando Inglaterra estuviera cubierta de costa a costa de cristales rotos yo iría descalzo, o de rodillas, a predicar a las gen­tes que se arrepintieran y evitaran semejante suerte. Creo que los cristianos no deberían vivir para otra cosa que para salvar almas, si realmente creyeran lo que dicen creer.”

Querido lector, porque la Iglesia ha perdido el fuego del Espíritu Santo los hombres van al fuego del infierno. Necesitamos una nueva vi­sión del santo Dios.

Estar en su presencia un rato con temor y temblor antes de dirigirnos a nuestro trabajo dia­rio sería un poderoso estimulante para nuestras almas. Quien teme a Dios no teme a los hombres. El que se arrodilla ante Dios sabrá estar de pie ante cualquier situación difícil. “Un ministro santo sería una poderosa arma en las manos de Dios”, decía Roberto Murray McCheyne.

¿Puede el Espíritu Santo ser invitado a acom­pañarnos por los corredores de nuestra alma? ¿No hay allí fuentes secretas de mal? ¿Motivos egoístas y cámaras secretas conteniendo cosas corruptas que dominan nuestras almas? Se ha dicho que hay tres personas en cada uno de no­sotros. La que nosotros pensamos ser, la que la gente piensa que somos y lo que somos realmen­te a los ojos de Dios.

No sirve llamar al pecado con algún otro nombre, diciendo: “Aquella persona sí que tie­ne el genio diabólico, el mío es sólo justa indig­nación por ciertas cosas. Ella es intratable; mi irritabilidad es sólo un caso de nervios. Él es codicioso; yo no hago sino extender mi negocio. Él es terco; yo soy solamente un hombre de con­vicciones. Ella es orgullosa; yo no hago más que tener buen gusto por las personas y los objetos.” Hay excusa para todo, si nos lo proponemos.

Pero el Espíritu Santo no nos engaña ni disi­mula nada si nos sometemos a su infalible escru­tinio. Jesús dijo (al ciego): “¿Qué quieres que te haga?” Él le respondió: “Maestro, que recobre la vista” (Marcos 10:51). Pidamos vista, vista espi­ritual, interior y exterior. Entonces, como Isaías, miraremos arriba y veremos al Señor con toda su santidad miraremos a nuestro interior y ve­remos nuestra necesidad de limpieza y poder; miraremos fuera y veremos a un mundo que pe­rece y necesita un Salvador.

“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame, y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno.” (Salmo 139:23, 24). Entonces habrá unción en el púlpito y movimiento en los bancos de la Iglesia.

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