ADMIRABLE, INCOMPARABLE

Rev. Luis M. Ortiz En el libro del profeta Isaías 9:6, dice: "Y se llamará su nombre admirable". Ciertamente nuestro Señor Jesucristo es dmirable, Imcomparable.

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Él es la figura central de las Sagra­das Escrituras, Él llena las páginas de la Biblia; de hecho, hay Biblia porque el Verbo Eterno se humanizó. También Él es la figura central de la historia secular y humana -el calendario-, las fechas se cuentan diciendo tantos años antes de Cristo (a. C.) o tantos años después de Cris­to (d. C.). Él es admirable, Incomparable.

Con el transcurso de los años, de los siglos y de los milenios, imperios han subido y han caído, caudillos se han levantado y han fraca­sado, ideas han surgido y han desaparecido, sistemas han florecido y han muerto. Gran­des figuras humanas de ayer, hoy yacen bajo el polvo del olvido, pero no así en el caso de nuestro Señor Jesucristo, mientras más años, siglos y milenios pasan, más se agiganta la fi­gura excelsa y gloriosa de nuestro Señor Jesu­cristo. Él es Admirable, Incomparable.

Nació contrario a las leyes naturales, vivió en pobreza, en su niñez confundió reyes, en su adolescencia asombró doctores de la Ley, en su juventud cambió el curso de la historia. Nació como un niño, se hizo hombre, murió por los pecadores. Sin embargo, Él es antes de todas las cosas. Creó todas las cosas, sostiene todas las cosas, es heredero de todas las cosas, domina todas las cosas. Él es Admirable, In­comparable.

Él dejó las glorias del cielo, se anonadó, se hizo siervo, fue herido por nuestros pecados, dio sus espaldas para ser azotadas, sus me­jillas para ser abofeteadas, su rostro para ser escupido, sus manos y pies para ser lacerados, sus sienes para ser coronadas de espinas, su costado para ser abierto, su sangre para ser de­rramada, su vida para ser ofrecida, y todo esto por nosotros. Él es admirable, incomparable.

Padeció todo esto y en Él no hubo peca­do, nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca, siendo el Hijo de Dios, la Roca de los siglos, el Único Fundamento, Creador del universo, el Verbo Eterno, el Don Inefable, el Príncipe de Paz, Salvador del mundo, Juez de vivos y muertos, y quien pronto volverá a este mundo. Él es Admirable, Incomparable.

Nació en un humilde pesebre, pero los án­geles cantaron y anunciaron su nacimiento; no tenía donde recostar su cabeza, pero fue a pre­parar mansiones para sus seguidores; vivió en la pobreza, pero ha enriquecido a millones con su gracia; sintió cansancio, pero concede eter­no descanso a sus fieles; tuvo hambre, pero dijo: “Yo soy el Pan de Vida” (Juan 6:35, 48); su­frió sed pero dijo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Juan 7:37); no tenía hogar propio pero decía: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37); fue coronado de espinas, pero sus seguidores serán coronados de gloria; pocos lloraron su muerte, pero cuando expiró el velo del templo se rasgó, la tierra tembló y el sol se oscureció; fue crucificado entre criminales, pero fue exaltado a la diestra del Padre; murió por nuestros pecados conforme a las Escritu­ras y fue sepultado en una tumba prestada, pero resucitó triunfante al tercer día rompien­do las ligaduras de la muerte para asegurar a sus seguidores una herencia incorruptible. Él es Admirable, Incomparable.

No desempeñó ningún puesto público, pero su influencia ha sido determinante; no poseía títulos académicos, pero su nombre es sobre todo nombre; nunca asistió a una uni­versidad, pero los más grandes intelectos del mundo no pueden captar, mucho menos igua­lar su sabiduría, los que le escuchaban decían: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” (Juan 7:46); nunca escribió un poema, ni un libro, pero Él es el tema de inspiración de millones de poe­mas y de libros en el mundo. Él es Admirable, Incomparable.

Él fue a las profundidades más terribles del sufrimiento, para levantar al hombre a las más altas cumbres de gloria; Él llevó nuestros pecados para impartirnos su perdón y su jus­ticia; nunca fue mareado por el éxito, o acobardado por sus enemigos, o deprimido por la duda, ni vencido por el miedo. Él es el centro de la historia, la luz del mundo, la puerta al cie­lo, la fuente de la felicidad, la so­lución a cada problema, el tema de nuestra predicación. Él es ad­mirable, incomparable.

Atendiendo a cada necesi­dad y a cada urgencia de sus seguidores, Él dice: Yo soy el Mesías, yo soy el Pan de Vida, yo soy la Luz del mundo, yo soy la Puerta, yo soy el Buen Pastor, yo soy el Agua de Vida, yo soy el Hijo de Dios, yo soy la Resurrección y la Vida, yo soy Señor y Maestro; yo soy el Cami­no, la Verdad, y la Vida; yo soy la Vid Verda­dera, yo soy Alfa y Omega, yo soy Principio y Fin. Si amigos, nuestro Cristo es Admirable, Incomparable.

“Dios… le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se do­ble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para la glo­ria de Dios Padre” (Filipenses 2:9-11).

Él tiene la respuesta a cada pregunta, Él tiene la solución a cada problema, Él nos in­vita diciendo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). Vengamos pues a Él con nues­tras dudas, nuestras inquietudes, nuestras di­ficultades, nuestros temores, nuestras luchas, nuestros fracasos, nuestras enfermedades. Vengamos confiados porque Él es Admirable, Incomparable.

Amigo mío, ¿deseas venir a Cristo, a este Cristo maravilloso y admirable? Ven que Él será para ti todo lo que ha prometido ser. Amén

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