La historia de Ceferino Espinoza Amado comenzó a los 12 años, cuando su madre llevaba tres años gravemente enferma. Tras buscar médicos y hasta brujos, llegó la sierva Berta con una Biblia y le habló de Jesucristo. Su madre creyó, fue sanada y Ceferino y su familia comenzaron a servir al Señor.
Mucho antes, misioneros de Estados Unidos llegaron a Áncash. Howard Cragin y Walter Erickson, junto a los hermanos Astete, tradujeron el Evangelio de San Juan al quechua ancashino y publicaron en Huaraz el himnario Diosta Sumatsinapak Evangeliu Cantucuna. En ese contexto, Ceferino, desde adolescente, sintió el deseo de estudiar la Biblia y predicar.
Con el tiempo se apartó y luego llegó a Lima. Casado con Nery Quehue Machaca y trabajando como mecánico de maquinaria pesada, conoció el Movimiento Misionero Mundial, impulsado en Lima por el pastor cubano Rodolfo González Cruz. En la Carpa Grau, el llamado volvió a arder en su corazón.
¿POR QUÉ TÚ NO VAS?
En 1991, Ceferino habló con Rodolfo sobre los pueblos de Áncash que necesitaban obreros. «¿Por qué tú no vas?», le respondió. Aceptó y, con Nery y sus dos hijos, llegó de noche a Chavín, sin luz.
Para sostener a su familia trabajaba en las chacras y les predicaba. En septiembre comenzó la obra en quechua y dos meses después el pastor Rodolfo llegó con hermanos de Lima para una campaña. En un año y ocho meses adquirieron un terreno de 500 m².
Desde Chavín, la obra se extendió por los callejones de Conchucos y Huaylas. Lo iniciado en casas se convirtió en iglesias con Escuela Dominical y Sociedad de Adolescentes, donde escuchan el Evangelio niños, jóvenes y adultos.

