Al recibir el llamado de Dios, Abraham no se enfocó en los desafíos; dejó las comodidades de su hogar y las ataduras del pasado para entrar de lleno en el propósito divino. Aunque no recibió una dirección específica, se le entregó una gran visión: la esperanza de convertirse en el padre de muchas naciones.
Hoy en día, el Movimiento Misionero Mundial es reconocido a nivel global como una obra fuerte, poderosa y de extraordinario crecimiento, siendo una de las principales organizaciones de habla hispana. Este avance no es fruto de la casualidad ni de un negocio humano, sino de una visión iniciada por Dios en el corazón de los hombres. Aunque la visión le fue entregada originalmente al reverendo Ortiz —quien ya descansa en la presencia del Señor—, la Obra ha logrado sostenerse ante múltiples golpes y desafíos porque su fundamento es divino y no terrenal.
Esta Obra comenzó con esfuerzo y sacrificio, y su magnitud actual se debe a que los líderes que están al frente mantienen el mismo curso y motivos puros. Aunque los hombres cambien con el tiempo, la visión permanece inalterable. Cuando un proyecto es iniciado por Dios, Él mismo se encarga de bendecirlo y sostenerlo en el tiempo.
La visión que Dios ha dado a esta Obra no es la visión de un hombre, sino la visión de Dios. ¡Dios le bendiga!
