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03 de Marzo del 2016

Lo que sucedió y salió del Getsemaní

En Lucas 22:39 leemos: “Y saliendo, se fue, como solía, al monte de los Olivos; y sus discípulos también le siguie­ron”. El Señor llegó al Getsemaní, se fue a un huerto a la orilla del arroyo de Cedrón, en una plantación de olivos, ahí se dedicó a orar.

  • Lo que sucedió y salió del Getsemaní

Getsemaní significa “prensa o mo­lienda de aceite”. En la aldea de Getsemaní se dedicaban a la producción de aceite; este aceite de oliva se usaba para uso doméstico y combustible. 

Jesús, aunque era Hijo de Dios, era Hijo del Hombre, y como hombre tenía libre al­bedrío. Él dijo: “No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre” (Jn. 5:19). Y el Padre llevó a su Hijo al huerto del Getsemaní. “Y estando en agonía, oraba más intensamente…” (Lc. 22:44) y “… comenzó a entristecerse y a angus­tiarse en gran manera” (Mt. 26:37). Y esa angustia comenzó a afectar sus emociones y variar el propósito de la voluntad de Dios. A Jesús le afectó su humanidad, y dijo: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa…” (Mt. 26:39), en su oración pedía al Padre si había otra manera de hacer las cosas. 

Cuando estaba llegando el momento di­fícil, empezó a sentir sobre su vida que la carga era muy grande, no le era fácil porque era el Hijo del Hombre. Jesús nunca actuó como Dios, en esta situación peleó como hombre contra el diablo.  Cuando Jesús dijo: “Padre mío, si es po­sible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mt. 26:39), Él estaba arro­dillado, estaba angustiado en una forma te­rrible, incluso “era su sudor como grandes gotas de sangre” (Lc. 22:44).

Los médicos dicen que cuando una persona es sometida a un sufrimiento fuerte, se abren los poros de tal manera que se rompen los vasos capila­res y se suda sangre.  Pero al final dijo: “Hágase tu voluntad y no la mía”, porque cuando usted le esté con­fesando de rodillas a Dios todas sus debili­dades y todos sus sentimientos, mientras no se levante de allí, usted no ha sellado su de­rrota, pero cuando le llegue a decir al Señor que se haga su voluntad, entonces usted ha triunfado. En Lc. 22:43 dice: “Y se le apa­reció un ángel del cielo para fortalecerle”. 

El Hijo fue voluntariamente a la cruz del Calvario, y allí, en el Monte de la Calavera, se presentó la gran pelea. ¿Cuál pelea? Del león rugiente contra el León de la tribu de Judá, y todos nosotros esperando oír el grito de victoria del León de la tribu de Judá, y lo oímos: “¡Consumado es!” (Jn. 19:30). Eso era señal de que había derrotado al enemigo, que le había aplastado la cabeza, “y despo­jando a los principados y a las potestades, les exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Col. 2:15).

El Señor salió victorioso del huerto de Getsemaní; allí es donde confirmó su vic­toria porque aceptó que el Padre hiciera su voluntad, fue exaltado. “Y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mis­mo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y de­bajo de la tierra” (Fil. 2:8 -10). 

“Y Cristo, en los días de su carne, ofre­ciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. Y aunque era Hijo, por lo que padeció, apren­dió la obediencia; y habiendo sido perfec­cionado, vino a ser autor de eterna salva­ción para todos los que le obedecen; y fue declarado por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec” (He. 5:7-10). “Así que, hermanos, teniendo libertad para en­trar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, puri­ficados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura” (He. 10:19 -22). 

Jesús padeció y sufrió, y el Padre le dio toda la autoridad. Él dijo: “Toda autoridad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mt. 28:18). “He aquí os doy potestad [autori­dad] de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará” (Lc. 10:19). 

“Y sabemos que Dios no oye a los peca­dores; pero si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a ese oye” (Jn. 9:31). 

Amado, vaya al Getsemaní y luego de ser procesado estará en la voluntad de Dios. Amén.

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