EL DERRAME DEL CORAZÓN
La flagelación romana y las caídas que Jesús sufrió de camino al Gólgota le provocaron severos daños cardíacos internos. Esto desencadenó lo que la medicina moderna denomina “contusión miocárdica” y “taponamiento pericárdico”, tal como lo revela una revisión indexada en el repositorio médico PMC (PubMed Central).
En palabras sencillas: se acumuló una gran cantidad de líquido transparente alrededor del corazón (derrame pericárdico) y en los pulmones (derrame pleural). Al recibir la lanzada, la punta de la hoja perforó estas cavidades; el líquido transparente atrapado —el “agua”— brotó de inmediato junto a la sangre de las cavidades cardíacas, lo que confirma desde la medicina forense que Jesús ya había fallecido.
LA BATALLA EN EL PECHO: EL COLAPSO DEL VENTRÍCULO DERECHO
Otros estudios fisiopatológicos concluyen que Jesucristo padeció una combinación de insuficiencia respiratoria y circulatoria. Las investigaciones dirigidas por el Dr. August Corominas para la Real Academia Europea de Doctores (RAED) describen que, al estar colgado, Jesús entró en un estado de “asfixia posicional”: sus pulmones quedaron bloqueados, con capacidad para inhalar aire, pero no para expulsarlo.
Para tomar un solo respiro o pronunciar sus últimas palabras, debió realizar el doloroso esfuerzo de apoyarse sobre los clavos de sus pies para elevar su cuerpo. Cuando las fuerzas se agotaron debido al shock hipovolémico (pérdida masiva de sangre), la presión en sus pulmones aumentó drásticamente.
El ventrículo derecho de su corazón —cavidad diseñada para trabajar a presiones bajas— se dilató al límite debido a la falta de oxígeno, lo que desencadenó una arritmia mortal y el paro cardíaco definitivo.
Cada latido del corazón de Jesús en su agonía y cada esfuerzo extremo de su ventrículo derecho para conseguir oxígeno no fueron casualidad. La medicina del siglo XXI confirma que Cristo se entregó voluntariamente a este sufrimiento por amor a la humanidad.
