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Historia
11 de Julio del 2013

Los emperadores en los siglos de persecución (I)

 

Las persecuciones contra los cristianos tuvieron un objetivo: fortalecer el decadente Estado romano para restaurar la religión nacional que había enseñado al pueblo a considerar al emperador como un dios. 

  • Los emperadores en los siglos  de persecución (I)

El imperio romano toleraba las reli­giones de los pueblos conquistados, mientras no intentasen hacer prosélitos; de ahí que el judaísmo era considerado como religión lícita, porque no buscaba convertir a gentes que no fueran judíos. El Nuevo Testamento nos mues­tra que había prosélitos de entre los griegos, que desengañados de las religiones paganas se acercaban a las sinagogas judías para aprender del Dios de Israel. Se mencionan algunos de es­tos prosélitos en los Hechos de los Apóstoles y parece que un buen número de ellos recibieron el Cristianismo con motivo del milagro de Pen­tecostés.

 

Pero el judaísmo no era una religión prose­litista, o agresiva con respecto a las religiones paganas. Los judíos piadosos se consideraban, y aún se consideran, el pueblo elegido, y no buscaban compartir su suerte con las gentes de otros pueblos; eran éstos en todo caso que se acercaban a ellos y les instaban a que les ense­ñasen su religión.

 

En cambio, el Cristianismo era todo lo con­trario. Jesús había dicho: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura». La misión de la Iglesia ha sido siempre, es y será, una labor misionera, y lo era de un modo particular en aquellos primeros siglos, cuando los primeros discípulos, enardecidos por la verdad que ha­bían visto en la persona de Cristo, o que habían oído de labios de los apóstoles y discípulos que habían sido testigos de la presencia del Hijo de Dios en el mundo, no podían callar y se esfor­zaban de todas las maneras para cumplir las órdenes del Maestro y Jefe supremo.

 

Por esto el Cristianismo, que empleaba to­dos los medios posibles para conquistar adep­tos, era considerado como una religión ilícita. Además de esto, la determinación de los cris­tianos de separarse del mundo, les llevó a ser mirados como ateos, enemigos de los dioses y de la humanidad. Añádase a esto el hecho de que las reuniones nocturnas que celebraban y las relaciones de fraternidad que mantenían entre sí dieron lugar a que les acusasen de li­bertinos. Todo lo malo les fue atribuido y estos rumores populares les hicieron objeto de odios injustificados. El hambre, los terremotos, los reveses militares, las conflagraciones, los in­cendios, eran motivo para que el populacho se levantara contra ellos acusándoles de res­ponsables de tales desastres, pues creían que sólo ellos podían haber provocado la ira de las divinidades.

 

Por tal razón las persecuciones de los cris­tianos no pueden atribuirse exclusivamente a los decretos persecutorios de los emperadores, durante el período «llamado de las persecucio­nes». Desde el año 68, cuando Nerón hizo in­cendiar Roma y atribuyó el hecho a los cristia­nos, hasta la conversión de Constantino en el año 321, hubo jefes del Imperio depravados; y otros bien intencionados y reflexivos; pero aun estos últimos, interesados en la rehabilitación del Estado, que iba decayendo, insistieron en las persecuciones contra los cristianos. Predo­minaba en ellos la idea que para rehabilitar y dar fortaleza al Estado era necesario restaurar la religión nacional que había enseñado al pue­blo a considerar al emperador como un dios.

 

Otras veces, aun dentro del reinado de un emperador benévolo tenía lugar algún conato de persecución por iniciativa del pueblo albo­rotado, o de algún procurador fanático y cruel.

 

Muchas veces las persecuciones eran inicia­das por la plebe que les acusaba, como hemos indicado, de toda clase de crímenes: de inmo­ralidad, por el amor con que se trataban unos a otros llamándose hermanos, pues el mundo aun después de veinte siglos apenas puede comprender la realidad del amor cristiano sin el aliciente sexual; de canibalismo por el sím­bolo de la comunión, pues llegó a decirse que sacrificaban a niños y comían su carne y be­bían su sangre. Finalmente, por la frecuencia con que apelaban y se referían al juicio de Dios, con que prevenían a las gentes de que el To­dopoderoso iba a castigar a los pecadores del mundo, recibieron el apodo de «enemigos del género humano». Esto era debido a que ellos consideraban inminente la segunda venida de Cristo trayendo tal juicio a la tierra.

 

Para tener una idea del curso del Cristia­nismo durante los tres primeros siglos y poder ubicar los hechos referidos en los próximos ca­pítulos, será útil dar una lista de los emperado­res romanos y su actitud hacia el Cristianismo.

 

Vespasiano (69-81): Fue el padre de Tito, el general que destruyó la ciudad de Jerusalén. Este emperador no persiguió a los cristianos.

 

Domiciano (81-96): Fue benigno con los cristianos al principio de su reinado, pero al final de su vida los persiguió con violencia em­pezando por su propia familia.

 

Cuenta Eusebio «que temiendo este rey que los judíos se sublevaran y algún descendiente de sus reyes los empujara a ello, ordenó que se buscara a los descendientes de David. Por sus espías supo que vivían dos nietos de Judas, el hermano del Señor, e hizo que le fueran pre­sentados. Preguntó si en efecto eran descen­dientes de David. A su respuesta afirmativa preguntó por sus medios de vida. Respondié­ronle que no tenían dinero, que juntos poseían un campo que cultivaban, produciéndoles lo necesario para vivir y pagar los tributos, y al mismo tiempo le enseñaron sus manos enca­llecidas por el trabajo. Domiciano preguntóles finalmente en qué consistía el reinado de Cristo y cuándo se realizaría. Contestáronle los nietos de Judas que el reinado de Cristo no era tem­poral ni terreno, sino angélico y celestial. Que se establecería al fin del mundo, cuando Cristo apareciera rodeado de gloria para juzgar a los vivos y los muertos y dar a cada uno según sus obras. Domiciano al oír tales afirmaciones que consideró una manía inofensiva, entre burlas jocosas ordenó que fuesen dejados libres.

 

Sin embargo, poco a poco se hizo déspota y cruel, sobre todo después del fracaso de su campaña contra los dacios. Se hizo llamar a sí mismo «dominis et deus» (señor y dios), de ahí su nombre de Domiciano, y empezó a perse­guir a los cristianos y a los judíos que se nega­ron a tributarle tales honores. Hizo desterrar al apóstol Juan a Patmos, y finalmente hizo ase­sinar a su propio sobrino Clemente y desterrar a éste con su esposa Domitilia a la isla Panda­taria, a pesar de que les había antes designado como herederos y sucesores suyos.

 

Nerva (96-98): Este emperador que tuvo un reinado muy corto, mostróse justo y clemente con todos sus súbditos y también con los ju­díos, a quienes, habiendo sido desterrados por sus predecesores les permitió regresar a sus hogares, devolviéndoles sus bienes. Prohibió se tomaran en consideración las acusaciones de los esclavos y libertos contra sus dueños, y hasta amenazó de muerte a aquellos que acu­saron a sus amos convertidos al Cristianismo. Ello trajo un descanso consolador para los cris­tianos, que fue de poca duración.

 

Trajano (98-117): Influido por Tácito y Plinio sostuvo la religión del Estado como medida política, aun cuando se opuso a la persecución específica de los cristianos, pero autorizando su martirio si eran acusados y no apostaban, simplemente para castigar su terquedad.

 

Plinio, gobernador de Bitinia, escribió al Emperador explicándole cómo los cristianos celebraban su culto reuniéndose en el día del sol (domingo) para cantar himnos en loor de Jesucristo, participar de manjares inocentes (la Santa Cena) y juramentarse de no robar, ni cometer adulterio, no engañar, etc., y le pre­guntaba cuál debía ser su proceder con tales sectarios. Trajano respondió: «A los cristianos no hay que andar a buscarlos, pero a los que de serlo sean acusados y convictos, aplíquese­les la pena».

 

“¡Oh sentencia inicua y contradictoria!», ex­clamaba algunos años más tarde el jurista cris­tiano Tertuliano, «no hay que buscarlos, ¡luego son inocentes! Aplíqueseles la pena, ¡luego son culpados! Parece piedad y es crueldad; parece perdonar y en verdad atormenta...; si los con­denas, ¿por qué no buscarlos? Si no hay que buscarlos, ¿por qué no hay que absolverlos?».

 

¡Tales son las contradicciones en que, desde tiempos primitivos, ha incurrido «la intolerancia religiosa que no quiere tener el nombre de tal!

 

Envalentonado Trajano por sus victorias, nos dicen las actas de los mártires, llegó a per­der hasta este menguado espíritu de tolerancia.

 

Pero la conducta pública de los cristianos y su pronta disposición para sufrir el martirio, refutaba de un modo evidente las calumnias de que eran objeto e inclinaba en favor de la fe cristiana a las mentes más sensatas. Por ejem­plo, Justino, el filósofo de Antioquía conocido bajo el nombre de Justino Mártir, en el apolo­geticus dedicado al emperador

 

Antonio escribe: «Yo que había abrazado la doctrina de Platón, al oír que los cristianos eran acometidos con calumnias y al verles fuertes e intrépidos contra la muerte y las demás cosas que son consideradas como terribles (la tortu­ra) juzgaba en mi interior, no es posible que tales hombres y mujeres se hubiesen entrega­do a los vicios y placeres como se les acusaba; porque ¿quién que está entregado a las volup­tuosidades de ia carne, o sea, intemperante, o tenga su delicia en comer incluso carne hu­mana, podría abrazar gustosamente la muerte que ha de arrebatarle y privarle de todos sus apetitos? más bien ¿no procuraría vivir larga­mente en esta vida y por tanto pasar desaper­cibido de los magistrados; y mucho menos se delatarían espontáneamente como cristianos para así ser privados de la vida?»

 

Tenía, sin duda, toda la razón el noble fi­lósofo y maestro cristiano de Roma, quien en el año 155 tuvo que dar su vida por Cristo en el anfiteatro con la persuasión y firmeza que veremos al referir su martirio.

 

Adriano (117-138): Este emperador era un gran fanático del paganismo. Si durante el imperio de Trajano no era lícita la profesión de cristiano, fue peor con su sucesor, que la condenó exprofesamente, de cuyas resultas se originaron tumultos y matanzas en muchas ciudades que no fueron atajadas por las auto­ridades locales, para complacer al emperador o para adquirir popularidad entre el vulgo. Tales sucesos no duraron, sin embargo, mucho tiempo, debido a que al paso del emperador por Atenas, dos sabios cristianos, Cuadrato y Arístides le presentaron brillantes apologías. Estos tuvieron más éxito que Ignacio con Tra­jano, pues Adriano publicó un edicto imperial amenazando con castigos a los que tomaran parte en aquellas manifestaciones tumultuosas contra los cristianos.

 

Antonino Pío (138-161): A Adriano siguie­ron los dos Antoninos, Antonino Pío era un príncipe humano y filántropo que no permitió que se considerara fuera de la ley a una parte de sus súbditos, y cuando con motivo de repe­tidas calamidades públicas el populacho em­pezó a vejar a los cristianos, promulgó varias órdenes para poner coto a tales violencias.

 

Marco Aurelio (161-180): Yerno de An­tonino Pío, desplegó más celo que su suegro para mantener el culto pagano. Los cristianos fueron tratados tan rigurosamente en el Asia Menor que Melitón, obispo de Sardis, presen­tándose al emperador pudo interceder por las víctimas del furor popular.

 

El nombre de Marco Aurelio está unido a todo lo piadoso y noble del paganismo clásico.

 

Podría servir de ejemplo a muchos cristia­nos por la costumbre que tenía de autoexa­minarse cada noche. Desgraciadamente, no comprendió el Evangelio, que despreciaba, y su nombre figura entre los perseguidores de la nueva fe. Fue en sus días que sufrieron el mar­tirio Justino Mártir y Policarpo que referimos en  un capítulo aparte .

 

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