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02 de Agosto del 2018

¿Cómo es el infierno?

Cristo fue y es el más grande predicador de la doctrina de la realidad del infierno. El Señor no trata de asustarnos ni de amenazarnos, sino que nos presenta la horrenda realidad de la existencia del infierno, el peligro del tormento eterno, y señala el camino para evitarlo.

  • ¿Cómo es el infierno?

Por Rev. Luis M. Ortiz

Cuando Satanás logró la caída de nuestros primeros padres, en el huerto del Edén, el infierno retumbó de alegría; y cuando hay predicadores, denominaciones y grupos que niegan la existencia y la realidad del infierno, el infierno vuelve a retumbar con alegría.

Hay quienes pretenden negar la existencia y la realidad del infierno. Dicen que este pasaje relatado por Jesús, del rico y Lázaro, es una parábola. ¡No lo es!

Había un hombre rico, había también un mendigo llamado Lázaro. ¿Había o no había? ¡Sí había! Si no había un hombre rico, y si no había un mendigo llamado Lázaro, entonces el Señor dijo algo que no era cierto, y esto ni pensarlo, el Señor nunca usaba mentiras para ilustrar verdades. Esta es una historia literal de dos mendigos, uno que mendigó en esta vida y otro que mendigó después de la muerte.

La historia de Lázaro está en las Sagradas Escrituras, en el Evangelio según San Lucas, capítulo 16, versículos del 19 al 31. Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez. Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquél, lleno de llagas, y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; y aun los perros venían y le lamían las llagas. Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado.

Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Entonces él, dando voces, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama. Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado. Además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá.

Entonces le dijo: Te ruego, pues, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les testifique, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento. Y Abraham le dijo: A Moisés y a los profetas tienen; óiganlos. Él entonces dijo: No, padre Abraham; pero si alguno fuere a ellos de entre los muertos, se arrepentirán. Mas Abraham le dijo: Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán, aunque alguno se levantare de los muertos.

Por medio de esta narración, el Señor establece de un modo contundente, la horrenda realidad del infierno. Cristo fue y es el más grande predicador de la doctrina de la realidad del infierno. El Señor no trata de asustarnos ni de amenazarnos, sino que nos presenta la horrenda realidad de la existencia del infierno, el peligro del tormento eterno, y nos señala el camino para evitarlo.

La Palabra de Dios afirma: “Los malos serán trasladados al Seol (infierno)” (Salmo 9:17). “Fuego, azufre y viento abrasador será la porción del cáliz de ellos” (Salmo 11:6). “Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mateo 25:41). “Y será atormentado con fuego y azufre… y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 14:10-11). “Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego” (Apocalipsis 20:15). “Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (Apocalipsis 21:8).

En esta historia del rico y Lázaro, narrada por Jesús, se establece que el infierno es un lugar donde los que llegan allí tienen plena conciencia de su vida pasada de pecado y de su estado actual de tormento.

Es un lugar donde hay conocimiento y memoria, es un lugar de tormento, de lamentaciones, de agonía y de dolor. Es un fuego devorador (Isaías 33:14). Llamas eternas (Isaías 33:14). Horno de fuego (Mateo 13:41-43). Lugar donde no hay descanso (Apocalipsis 14:11). Lugar de castigo eterno (Mateo 25:46).

Lugar de tinieblas (Judas 1:13). Lugar preparado para el diablo y sus ángeles (Mateo 25:41). Lugar donde el humo del tormento de ellos sube eternamente, lugar donde los que están no quisieran que sus seres queridos fueran (Lucas 16:28). Lugar donde el fuego nunca se apaga (Marcos 9:48).

Es el lugar donde tienen que llegar todos los que no se arrepienten de sus pecados, ni aceptan a Cristo como Salvador: todos los incrédulos, criminales, mentirosos, idólatras, adúlteros, fornicarios, ladrones, afeminados, como también todos los religiosos y moralistas que tampoco recibieron a Cristo como el Salvador de sus almas.

El infierno es el lugar de donde no se puede salir, ni con oraciones ni peticiones por el que está en el infierno. Ni con rezos, misas, ceremonias que se practiquen ni con ninguna cantidad de dinero que se pague. Quien llegue allí, allí se queda. Así como nadie puede sacar a nadie de la felicidad del cielo para pasarlo y enviarlo al infierno, no importa todo lo que haga, tampoco nadie puede sacar a nadie del infierno y llevarlo al cielo, no importa todo lo que haga.

Si todo eso es la descripción bíblica del infierno, ¿cómo será en la realidad misma? Además de lo horrendo y tormentoso que es en sí el infierno, aumenta la intensidad del tormento el recuerdo de una vida perdida en el pecado, el recuerdo de incontables oportunidades rechazadas para ser salvado y así haberse librado de caer en ese lugar.

Lo que hace más espantosos al infierno y al lago de fuego y azufre, no es tanto la presencia del diablo, de los demonios, de los Judas, de los pecadores todos que se olvidaron de Dios y no se arrepintieron de sus pecados; lo que hace más atormentador y desesperante al infierno es la total ausencia de Dios en ese lugar, de donde no hay escape por toda la eternidad.

Aquel hombre rico vivía entregado al placer, al vicio, vivía olvidado de Dios, no había tiempo para Dios, ni para las cosas de Dios, ni para la vida espiritual, ni para ir a la Iglesia, ni para la oración, ni para el arrepentimiento; vivía una vida materialista. No le daba ninguna importancia a las cosas espirituales, a las necesidades del alma. Pero cuando cayó en los tormentos del infierno comenzó a dar voces, comenzó a clamar, comenzó a pedir, comenzó a orar, pero ya era muy tarde.

¿Usted cómo está viviendo? ¿Se ha olvidado de Dios, tiene tiempo para todo menos para Dios? ¿Acaso cree que es una tontería asistir a la casa de Dios para buscarlo, para orar, para escuchar Su Palabra y alabar el nombre del Señor? Mire, exactamente esto creía y esto practicaba el hombre rico, pero luego, después de la muerte, cuando ya era fatalmente tarde se dio cuenta de que el tonto, el necio, fue él, por no haber buscado a Dios en vida.

El hombre rico oró y pidió en el infierno que Lázaro, a quien él tanto despreció en vida, fuera enviado a él con un dedo mojado en agua porque estaba atormentado por aquella llama. ¡Le fue negado! Pidió que Lázaro fuera enviado a la casa de su padre para que testificara a sus cinco hermanos dónde se encontraba y no fueran a aquel lugar de tormento. ¡Le fue negado!

Volvió a pedir con insistencia que si alguno de entre los muertos fuere a ellos, se arrepentirían. ¡Le fue negado!

Allá tienen a los profetas, a los predicadores, a los pastores, ¡que a ellos oigan! También se le dijo: Hijo, acuérdate, acuérdate que recibiste bienes, bendiciones de Dios, oportunidades para compartir estas bendiciones, oportunidades para buscar a Dios, para honrar a Dios, para obedecer a Dios, para arrepentirte de tus pecados, pero nada de esto hiciste; ahora esta es tu paga: separación eterna de Dios (“La paga del pecado es muerte”, Romanos 6:23).

¿Se acordará usted de Dios ahora que tiene tiempo y oportunidad de escapar del infierno o se acordará usted cuando ya esté en el infierno? Si usted no busca a Dios ahora, en este momento, el caso del hombre rico será su propio caso en el futuro.

El único tiempo para escapar del infierno es en esta vida, es en este momento, pues mañana puede ser fatalmente tarde. El Señor dice: “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones… que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 3:8; 9:27).

La única manera de escapar del infierno futuro es arrepentirse del pecado, creer en el Evangelio, y aceptar y recibir a nuestro Señor Jesucristo como su gran Salvador mientras usted tenga vida. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). “Jesús dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).

Venga a Cristo en este instante, acéptele como su Salvador, obedézcale como su Señor, conózcale como su Maestro y sígale como su discípulo, entrónele como su Rey y adórele como su Dios. ¡La decisión es suya, para el cielo o para el infierno!

Dice la Biblia: “El que en Él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (Juan 3:18).

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