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Héroes de la Fe
12 de Diciembre del 2012

El conquistador de China

Jonathan Goforth predicó la Palabra de Dios durante 41 años en el país más grande del mundo: China. Admirado y criticado por su emotividad, fue un misionero que sentó las bases del cristianismo en un continente donde debió luchar incluso con las limitaciones del idioma.

  • El conquistador de China

Jonathan Goforth, el séptimo de once hermanos, nació el 10 de febrero de 1859 en una granja cercana a la localidad de London, en Ontario, una de las diez provincias que hoy conforman Canadá. Sus padres, Francisco Goforth y Janen Bates, habían emigrado hasta allí desde Inglaterra. A la edad de cinco años, su madre, una fiel creyente del Dios Todopoderoso, lo aleccionó para que amara, leyera y memorizara las Santas Escrituras. Al poco tiempo, se aprendió de memoria los Salmos y logró recitarlos sin mayor esfuerzo. Así cuando era niño, Jonathan estaba siempre leyendo la Biblia y tenía el anhelo de aprender más acerca de Dios y ser uno de sus hijos predilectos, pero no fue hasta los dieciocho años, cuando al fin entregó su vida a Jesucristo.

 

 
Jonathan en sus primeros años de vida tuvo el sueño de convertirse en un respetado abogado y político. Ese anhelo lo acompañó hasta el día que le regalaron un libro que cambiaría su existencia: “Las memorias de Robert Murray M’Cheyne”. No sólo se desvanecieron para siempre todas sus ambiciones, sino que él de inmediato se dedicó a conseguir almas para el Salvador. En ese tiempo, Goforth leyó además los siguientes textos evangélicos: “Los discursos de Spurgeon”, “Los mejores sermones de Spurgeon”, “La gracia abundante” de John Bunyan y “El descanso de los santos” de Richard Baxter. Por supuesto, la Biblia era su libro de cabecera y se acostumbró a levantarse dos horas más temprano para estudiar las Escrituras, antes de ocuparse en cualquier otro quehacer del día.
 
 
ENCUENTRO CON EL SEÑOR
 
 
En su juventud, Jonathan fue a la escuela de teología “Knox College”, de la universidad de Ontario, con la idea de prepararse para difundir el mensaje de Dios. Sin embargo, la vida académica no fue lo que esperaba y debió pasar por una difícil prueba que templaría su carácter y paciencia. Desde el inicio, fue ridiculizado y rechazado con crueldad debido a que sus compañeros lo consideraron un pobre chico de granja. Incluso fue vituperado por su forma de vestirse y por ello se le trató con mucho desdén. Pronto, sin embargo, sus colegas de estudios aprendieron y empezaron a respetarlo porque todo su ser irradiaba el fuego de Cristo. Luego, con el tiempo, lo llegaron a admirar por su pasión y determinación en las tareas de evangelización.
 
 
Un día, mientras estaba en la universidad, Goforth escuchó al misionero George Leslie Mackay, quien predicaba la Palabra de Dios en la isla asiática, conocida a principios del Siglo XX como Formosa, y que en la actualidad es llamada Taiwán. En aquella ocasión, Mackay exhortó a los seguidores de Jesucristo para unírsele y llevar la Palabra del Dios Altísimo hasta este remoto punto del planeta. Después, describiría así lo que le sucedió tras conocer al predicador: “oí la voz del Señor que decía: ¿quién irá a la misión? ¿A quién vamos a enviar? Entonces yo le respondí: yo aquí estoy. Envíame a mí”. A partir de ese instante se preparó para el campo misionero, predicó con más ahínco las verdades de Cristo, y abogó por las necesidades de las personas no evangelizadas
 
 
Más adelante, Jonathan conoció, en el marco de su trabajo misionero, a la mujer que lo secundaría el resto de su vida: Rosalind Bell-Smith. Ella era una joven muy rica que había sido criada en Inglaterra. Sin embargo, deseaba vivir una vida al servicio de Dios. El día que se conocieron, ella no pudo evitar mirarlo con atención. Unos días más tarde, en un encuentro misionero, Rosalind recogió la Biblia de Jonathan y observó que estaba marcada de principio a fin. Después, al ojear las páginas descubrió que algunas de ellas estaban casi hechas jirones debido a su uso frecuente. “Este es el hombre que yo quiero para casarme”, dijo de inmediato. Tiempo más tarde, el 25 de octubre de 1887, aceptó su propuesta de matrimonio con la condición de que en todas las cosas que realizara colocara la obra de su maestro antes que nada.
 
 
MISIÓN EN CHINA
 
 
En el año 1885, Goforth recibido una copia del libro de Hudson Taylor “Necesidad espiritual de China y reclamaciones”. Apenas lo leyó quedó impactado y desde ese momento, con renovada dedicación, comenzó a orar para que las puertas de China se le abrieran. Un par de años más adelante, en junio de 1887, en la Asamblea General de la Iglesia Presbiteriana de Canadá, organización cristiana a la que pertenecía, llegó una renovación de la tarea evangelizadora. Este cambio produjo que fuera designado por su congregación como uno de sus primeros misioneros en el norte de China. Ya para ese momento, gracias a su fe inquebrantable, Jonathan se destacó por su compromiso tenaz con la irradiación de las buenas nuevas.
 
 
El cuatro de febrero de 1888, luego de una despedida memorable, el matrimonio Goforth se marchó a trabajar en la obra de Dios en la China. Al llegar a suelo asiático se instalaron en la ciudad de Chefoo, el mayor puerto pesquero chino, para aprender el idioma local durante nueve meses. Mientras vivieron allí ellos aprendieron valiosas lecciones que templaron su fortaleza espiritual. Dos semanas después de su arribo la casa donde se establecieron fue reducida a cenizas por un incendio y perdieron prácticamente todo lo que tenían. Después, a pesar de todo, se trasladaron hacia la remota provincia de Honan para establecer un punto de cristianización. Sin embargo, sus primeros pasos en China fueron marcados por la muerte prematura de sus dos primeros hijos.
 
 
Los Goforth recurrieron a diferentes técnicas en su afán de predicar los Evangelios. Una de esas técnicas fue convertir su casa en un espacio abierto en el que cualquier viajero encontraba la Palabra del Señor. De este modo, en los primeros cinco meses unos veinticinco mil hombres y mujeres oyeron las buenas nuevas. También recurrieron al método tradicional de difundir la Palabra a viva voz y Jonathan, pronto fue conocido como “el predicador ardiente”. Empero, a pesar de sus victorias en sus labores evangelizadoras, ellos jamás dejaron de atravesar grandes tribulaciones. En 1900 la insurrección de los bóxers, un movimiento armado contra la influencia comercial, política, religiosa y tecnológica foránea en China, los hizo huir de Honan.
 
 
Luego que terminó la revuelta en China, Jonathan retomó su misión con mayor convicción. Su esposa e hijos recién se le unieron en 1902. Tiempo más tarde, en 1907, conoció
 
 
el trabajo evangélico que se venía realizando en ese momento con notoriedad en Corea y se inspiró para repetir la experiencia en terreno chino. Al volver, iluminado y animado por Dios, su ministerio floreció al cabo de unos años debido a su tenaz persistencia. En 1912 logró que ocho chinos seguidores de Jesucristo alcanzaran el grado de pastores. Tras ello, en 1915, recibió el doctorado en divinidad del Knox College. Goforth, fiel a sus raíces evangélicas, en todo este tiempo fue siempre un humilde siervo del Señor y jamás dejó de afirmar que todo era “obra de Dios”.
 
 
FRUCTÍFERA LABOR
 
 
Durante los 46 años que Jonathan estuvo en China fundó 31 centros misioneros, formó 61 pastores nativos, y logró la conversión de más de 13,000 personas chinas. Además ayudó con sus constantes viajes a sentar las bases para que la doctrina de Jesús se esparciera a lo largo del país más grande del mundo. Todo esto lo alcanzó a pesar de muchas dificultades y mucho dolor. Incluso soportó la muerte de cinco de los once hijos que llegó a tener con Rosalind Bell-Smith. También padeció diversas enfermedades y la pérdida de todos sus dientes. Finalmente, se quedó ciego en 1933 y además se angustió debido a serios resquebrajamientos en la salud de su consorte. Debido a ello se vio obligado a regresar a su tierra.
 
 
A su retorno al continente americano, durante dieciocho meses, Jonathan Goforth predicó en grandes auditorios en el Canadá y en los Estados Unidos, y compartió sus experiencias en el lejano oriente. En la noche del 7 de octubre de 1936, después de pronunciar un discurso fervoroso y largo sobre el tema “Cómo el fuego del Espíritu barrió a Corea”, se acostó para dormir. A las siete de la mañana del día siguiente su esposa lo trató de levantar sin éxito. Enseguida comprobó que había partido al encuentro con Dios. Fue el punto final del paso terrenal de un varón que se convirtió en uno de los más conocidos de todos los misioneros de China, admirado por muchos, pero criticado por algunos por su “emotividad”

 

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