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Historias de Vida
06 de Agosto del 2019

EL ÚLTIMO VUELO DE ABRAHAM

Trató de vivir siempre en un mundo de opulencia y placer. Para solventar sus gastos incursionó al mundo del narcotráfico y transportó drogas a través de viajes aéreos en los que fungía de turista, hasta que cierto día todo cambió para él.

  • EL ÚLTIMO VUELO DE ABRAHAM

Por Steven López / Fotos: archivo familiar

Desde su nacimiento, la vida de Abraham Roggeban Herkt, estuvo marcada por el desamor y la indiferencia familiar. Sus padres se separaron a causa de constantes discusiones y peleas, dejándolo en el abandono moral.

Abraham, su padre, un holandés radicado en Italia y Cecilia, su madre, una ecuatoriana, se había enamorado intensamente del holandés. Lamentablemente, la relación duró muy poco tiempo y ella tuvo que regresar al Ecuador, junto con su hijo.

La infancia de Abraham transcurrió en la provincia de Esmeralda en medio de las comodidades proporcionadas por sus abuelos maternos, dueños de extensas haciendas plataneras. 

De niño, era cuidado por jóvenes empleados que lo maltrataban de mala manera, a espaldas de la familia, que estaba más dedicada a los quehaceres de su hacienda y le prodigaban poca atención. Cierto día, uno de los jóvenes ingresó a su dormitorio y abusó sexualmente de él. En su inocencia, soportó la agresión sin pedir auxilio y guardó el secreto por muchos años, hasta que, en la adolescencia, lo contó a su entorno más cercano.

Para entonces había crecido mucho, tenía una formidable estatura, pero en su corazón anidaba odio contra el tipo que lo había vejado. La venganza no lo dejaba vivir en paz y solo pensaba en castigar a su agresor.

Sin embargo, nunca logró su cometido y, agobiado por la rabia, se sumergió desde muy joven, en el alcoholismo. Pese a su corta edad, podía entrar con facilidad a las tabernas y cantinas de la zona, amparado en su gran estatura.

Con el propósito de estudiar una carrera profesional, siendo aún muy joven viajó a Quito. En esta ciudad, su vida empeoró, bebía todos los días junto a sus amigos de la universidad. Los excesos llegaron a tal extremo que, en varias oportunidades, fue conducido al hospital por comas etílicos.

Su madre le aconsejó muchas veces, intentando convencerlo de cambiar su vida, pero todo era en vano. El joven continuaba su vida, preso del alcohol. No había semana en la que no bebiera hasta las últimas consecuencias.

Tiempo después, la familia entró en crisis económica; los negocios de bananos quebraron. La única opción era migrar hacia el extranjero. Los parientes tomaron, entonces, la decisión de enviar a Holanda al joven universitario.

Abraham no quería viajar, una de las razones, la más poderosa, era una hermosa muchacha que había cautivado su corazón, en el trajín de las noches desenfrenadas en que vivía.

Ante la insistencia de la familia, aceptó a duras penas viajar a Holanda, y partió. Antes, Abraham, hizo la promesa de llevarla en un par de años; sin embargo, su obsesivo sentimiento amoroso no le permitía vivir con tranquilidad en Holanda, aturdido por las noticias de infidelidad, que le llegaban constantemente.

Aun así, la relación amorosa seguía, a pesar de la distancia. Intentó varias veces terminar el romance que cada vez se tornaba más toxica, pero no podía. Más tarde, supo que la joven le había hecho un amarre con una bruja. De ese modo, pudo recién romper el maleficio, terminar la seducción y continuar con su vida, pero el alcohol seguía dominando sus días.

CAÍDA AL ABISMO

La vida disipada le hizo conocer a jóvenes que se dedicaban a pasar alucinógenos a diferentes países de América y Europa.

Abraham no tenía a nadie cerca que le aconsejara y sucumbió al abismo de las drogas. Su madre, junto a sus abuelos, se esforzaban por sacar adelante sus tierras en Ecuador y no podían darle apoyo moral. En la soledad y la decepción amorosa aceptó ser pasante de drogas.

Poco a poco, aprendió las modalidades para transportar droga a otros países sin ser descubierto. En el primer viaje debía trasladar hasta Republica Dominicana una remesa de estupefacientes, conocidos como éxtasis, debajo de su ropa interior.

El viaje tenía una escala en Paris, lo cual representaba una de sus primeras trabas. Aunque nervioso, salió del aeropuerto de Ámsterdam sin ningún problema. Fingiendo ser turista, llegó a la capital francesa y los controles migratorios fueron más exhaustivos, pasó por una malla de metales y la señal de alerta sonó. Parecía que había sido descubierto.

Fue colocado a un lado para una revisión más profunda. En ese momento, pidió ayuda a Dios, no quería ser descubierto. La Policía le pidió separar las piernas y levantarse la camisa a fin de hacer un chequeo y ver porqué sonaba la alerta. El hombre acató, sin resistencia, resignado a su suerte. Sin embargo, pasó algo extraño, la droga no fue descubierta.

Los efectivos policiales le dejaron ir. Al llegar al aeropuerto de Las Américas en República Dominicana, las cosas parecían ser más peligrosas. En el control migratorio su pasaporte no era aceptado porque la máquina de visado lo rechazaba.

La mujer de migraciones consultó con su supervisor y luego de varios minutos de espera, lo dejaron ingresar al país caribeño.

- Gracias, Señor, por ayudarme- dijo para sí Abraham mirando al cielo.

Al cabo de una semana en República Dominicana y con los alucinógenos entregados a sus destinatarios, regresó a Holanda. Su vida se tornó peor. Hablaba orgulloso ante sus amigos sobre el modo en que pudo pasar los controles con éxito, sin ser detectado. Con el dinero obtenido se dedicó a la bohemia, la prostitución y las drogas. El fácil dinero ganado en el tráfico, lo motivaban a seguir como pasante de drogas.

Al cabo de unos meses, supo que su próximo viaje sería a Curazao. Mientras se preparaba el envío, comenzó a vender droga al menudeo en las discotecas que frecuentaba y donde también se dedicaba a beber en grandes cantidades.

CONOCERÁS A DIOS

Una tarde, Abraham y un amigo fueron a disfrutar del sol en una playa. Después de beber junto a varias mujeres, abordaron el tranvía de retorno. En una parada, una anciana subió, empezó a predicar de Dios e invitó a las reuniones que se efectuaban en una iglesia cristiana cercana.

Ambos jóvenes escucharon con atención, sintieron que algo cambiaba en su interior y decidieron acudir al templo. El ambiente que se vivía en la congregación les alegró el corazón. Sin embargo, apenas salieron, regresaron a su vida anterior. El pecado los atraía.

Al cabo de unos días, la madre peruana de otro amigo comenzó también a predicarle la Palabra a Abraham. Cuando iba a visitarla, la mujer aprovechaba la oportunidad para hablarle de Dios.

Llegó el día en que tenía que viajar a Curazao. Se levantó temprano y comenzó a ingerir los dedales de droga para llevarlos en el estómago. Nada anormal ocurrió, pero muy en el fondo él sentía mucho temor.

Sus cómplices lo acompañaron hasta el aeropuerto, para embarcarlo. Varios temores lo atormentaban en el camino. Pensaba que tal vez una de las bolsas de drogas pudiera reventarse en su estómago montándolo por intoxicación, o, quizás, podría ser detenido por la Policía.

Finalmente, abordó el avión sin contratiempos y emprendió el largo viaje. En el trayecto a Curazao, empezó a orar a Dios, pidiéndole que lo proteja. Empezó a sentir una especie de arrepentimiento por lo que estaba haciendo. Por momentos pedía un milagro para impedir que cumpla con entregar la droga.

Al llegar al aeropuerto, los agentes de migraciones le solicitaron mostrar su bolsa de viajes. Él no pudo mostrar el dinero para su estadía y, de inmediato, le negaron el ingreso Curazao. Lo devolvieron a Holanda, sin lugar a reclamos.

Desde que subió al avión de regreso a Holanda, las lágrimas le caían incesantemente. Dios le estaba dando una oportunidad de rehacer su vida. Lloró por varias horas, hasta que, cuando recobró la calma, comenzó a predicar la Palabra en la propia nave y contar las maravillas de su Salvador.

A partir de ese día, Abraham dejó las malas amistades y las drogas. El viaje a Curazao fue su último vuelo, como pasante de drogas y comenzó una nueva vida, lejos del pecado y las malas compañías.

Al cabo de tres meses, Dios lo bautizó con el Espíritu Santo y al año y medio se conoció con una joven cristiana y se casaron.

En la actualidad sirve a Dios junto a su esposa, Rosanna Marte Herasme, y sus hijos en la iglesia de Róterdam, Holanda. Dios le enseñó al amor por la Obra de Dios y los más necesitados.

(*) Revista Impacto Evangelístico - Edición 787 - Historia de Vida

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