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LIBRO DEL PROFETA EZEQUIEL

El nombre de Ezequiel significa "Dios Fortalece". Este libro, al igual que el de Daniel y Apocalipsis, puede ser llamado un libro de misterio. Contiene mucho lenguaje figurado que es difícil de interpretar. Sin embargo, muchas de sus enseñanzas son claras y de gran valor.

Publicado agosto 1, 2013
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10 Min lectura

Pensamiento Clave: «Yo soy el Señor Soberano».

El profeta y su medio

En 2 R 24.8 leemos: «Joaquín tenía dieciocho años cuando comenzó a reinar, y reinó en Jerusalén tres meses». Tan brevísimo reinado terminó en el 597 a.C., cuando el rey Nabucodonosor penetró en Jerusalén, la despojó de todas sus riquezas y deportó a Babilonia a gran parte de sus habitantes: a Joaquín, rey de Judá, a los aristócratas, a los militares y a los artesanos cualificados; a todos ellos junto con sus familias (cf. 2 R 24.8–17). Es muy probable que en aquel entonces, entre los componentes de aquella primera deportación figurara también el sacerdote Ezequiel hijo de Buzi, el cual fue a residir a orillas del río Quebar, entre sus compatriotas cautivos, y a quien allí mismo llamó el Señor a ejercer el ministerio de la profecía (cf. 1.1–3).

Su vocación le llegó en medio de una visión que cambió por completo su vida. A partir de aquel momento, Ezequiel se convirtió en el portavoz de Dios cerca de los exiliados (3.10–11), actividad que desempeñó por lo menos hasta el 571 a.C., año al que corresponde el último de los datos cronológicos contenidos en el libro. En una época de grandes convulsiones y cambios políticos como fue la suya, el profeta, desde la dura realidad del momento que vivía (cf. 18.2, 31–32), miraba con tristeza la historia de las infidelidades de Israel: «Se rebeló contra mí la casa de Israel en el desierto» (20.13; caps. 16, 20 y 23). Sin embargo, veía con esperanza un futuro de salvación: «Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres y vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios» (36.28; caps. 36–37).

En realidad, la situación del reino de Judá, nunca del todo estabilizada después de los reinados de David y Salomón, se fue haciendo cada vez más difícil, hasta que en el 586 a.C. sonó la hora del desastre definitivo: Nabucodonosor destruyó a Judá, asedió, tomó y arrasó Jerusalén, incendió el Templo y envió desterrado a Babilonia a lo más representativo de la población que todavía quedaba en la ciudad (2 R 25.1–21).

Con el transcurso del tiempo, muchos de los exiliados acabaron por acomodarse a su situación, porque en Babilonia disfrutaban de una media libertad que les permitía formar familia, trabajar, negociar, crear riqueza e incluso alcanzar cargos importantes. En efecto, hubo igualmente muchos que acogiéndose al edicto del rey Ciro volvieron a Palestina, a la Tierra prometida y a la añorada Jerusalén, la «ciudad de Dios» (Sal 46.4).

El profeta Ezequiel fue sin duda una de las personas que más contribuyeron a mantener vivo entre los judíos del destierro el anhelo del retorno. Esas ansias de regreso eran necesarias para emprender la reconstrucción de la ciudad y del Templo. Además, eran indispensables para evitar que el pueblo llegara a perder su identidad nacional a causa de la permanencia durante un tiempo excesivo en un lugar tan lleno de atractivos como era entonces Babilonia, el más brillante centro político y cultural del Medio Oriente (cf. Sal 137).

El libro y su mensaje

En la primera etapa de su ministerio, antes que Jerusalén fuera destruida, como se indica en el libro de Ezequiel (=Ez), el profeta ya había anunciado que la ruina de la ciudad se acercaba irremisiblemente (9.8–10). La historia de las gentes de Israel era por entero una sarta de infidelidades a Jehová, a quien una y otra vez habían abandonado para rendir honores a ídolos de dioses extraños; pero la ciudad de Jerusalén era donde se daba la mayor concentración de maldad (caps. 8–12), un lugar lleno de crímenes que no podía dejar impune la justicia de Dios (22).

Ezequiel quería dar vigor al mensaje que predicaba, para hacerlo calar más hondo en el corazón de sus oyentes, a menudo rebeldes y escépticos. Como poseía una voz hermosa (33.32), los sorprendía a veces con extrañas dramatizaciones, con gestos simbólicos (caps. 4–5) que los invitaban a preguntarle: «¿No nos enseñarás qué significan para nosotros estas cosas que haces?» (24.19).

La caída de Jerusalén vino a demostrar la autenticidad de las predicciones de Ezequiel (33.21–22). En aquellos momentos, su prestigio alcanzó probablemente las cotas más elevadas en la consideración de sus compatriotas exiliados. De forma especial, la misión del profeta consistió entonces en hacer comprender a la gente las verdaderas causas del desastre sufrido, y en prepararla para la obra de reedificación a la que habrían de dedicarse los repatriados (36.16–19). Y no cabe duda de que su ministerio contribuyó en gran medida a hacer precisamente del exilio en Babilonia una de las épocas más fecundas de la historia del pueblo de Dios. Ezequiel veía en el destierro babilónico una especie de regreso al éxodo de Egipto, a aquel desierto que Israel hubo de atravesar antes de entrar en Canaán. Y ahora, del destierro en Babilonia, había de salir, purificado, el nuevo pueblo de Dios (20.34–38).

Los temas de la predicación de Ezequiel en aquel período de su actividad encierran una gran riqueza doctrinal, basada en la esperanza de la salvación que había de llegar. Él anuncia que el pueblo disperso había de ser reunido de nuevo y conducido a la Tierra prometida (34.13; 36.24). Como el pastor apacienta sus ovejas, así lo apacentará el Señor y lo guiará a lugares de descanso: «»Yo apacentaré a mis ovejas y les daré aprisco», dice Jehová, el Señor» (34.15). Particularmente significativo es el lenguaje del profeta cuando se refiere a la transformación que el Señor ha de realizar en el pueblo rescatado del exilio: «Esparciré sobre vosotros agua limpia y seréis purificados… Os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros. Quitaré de vosotros el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos y que guardéis mis preceptos y los pongáis por obra» (36.25–27).

La predicación de Ezequiel en cuanto se refiere primero al exilio y después a la restauración de Judá y Jerusalén está contenida en las respectivas secciones de los caps. 4–24 y 33–39. Entre ellas se intercala una serie de profecías dirigidas contra ciudades y naciones paganas relacionadas con Israel (caps. 25–32); porque si bien en algún momento Dios se sirvió de los paganos como instrumentos de su ira, la soberbia y la crueldad con que se condujeron los hizo acreedores al castigo que habrían de sufrir.

Se dice que en la persona de Ezequiel conviven el profeta y el sacerdote, el hombre contemplativo y el de acción, el poeta y el razonador, el anunciador de males y el heraldo de salvación. Tal riqueza de personalidad se revela en su mensaje profético, igualmente rico y complejo. En su condición de profeta, Ezequiel estaba persuadido de haber sido llamado a ejercer de centinela sobre Israel en uno de los períodos más críticos de la historia nacional: «… vino a mí palabra de Jehová, diciendo: «Hijo de hombre, yo te he puesto por atalaya a la casa de Israel»» (3.16–21; 33.1–9); al mismo tiempo, en su condición de sacerdote anhela el retorno de la gloria de Jehová al templo de Jerusalén (43.1–5; cf. 10.18–22), y revela un gran horror hacia cuanto significa impureza ritual (4.14) y una extrema minuciosidad en la distinción entre lo sagrado y lo profano (43.6–46.24).

Los capítulos finales (40–48) contienen una visión del profeta referida a la situación del pueblo de Israel, cuando en el futuro se reorganice como nación y vuelva a celebrarse el culto en el Templo restaurado (40; 43.7, 18).

Esquema del contenido:

1. Vocación de Ezequiel (1.1–3.27)

2. Profecías acerca de la caída de Jerusalén (4.1–24.27)

3. Profecías contra las naciones paganas (25.1–32.32)

4. La restauración de Israel (33.1–39.29)

5. El nuevo Templo en la Jerusalén futura (40.1–48.35)

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