La cosmovisión griega entendía la naturaleza como algo dotado de una mente que le confería orden y regularidad. Esta cosmovisión, característica del helenismo, fue asimilada por ciertos autores cristianos que no la encontraron incompatible con la fe en el Dios personal de la Biblia y Creador absoluto de un mundo con una razón de ser. Así, la cosmovisión del mundo antiguo fue conformada por la fusión de creencias griegas y judeocristianas, prevaleciendo durante la Edad Media y llegando hasta inicios del Renacimiento.
Sin embargo, al término de este período, se produjo una revolución de pensamiento que hizo que la naturaleza dejara de verse como un organismo inteligente y pasara a entenderse como una máquina desprovista de sabiduría. A medida que avanzaban los conocimientos científicos, las concepciones del Renacimiento fueron dando lugar a la cosmovisión contemporánea, influida por el pensamiento evolucionista y el materialismo positivista de los siglos XIX y XX. En esta nueva concepción, la naturaleza ya no es vista como un ser, sino como un conjunto de procesos misteriosos de autoorganización que caracterizan toda la materia del universo.
La cosmovisión evolucionista no atribuye intención ni propósito final al mundo natural. Según esta perspectiva de evolución azarosa, el orden surgió del caos, los átomos se unieron espontáneamente en moléculas y, mediante transformaciones, dieron lugar a macromoléculas tan complejas como el ADN.
Sin embargo, dentro de esta cosmovisión, existe un grupo llamado los evolucionistas innovadores, quienes se oponen al darwinismo ortodoxo y están convencidos de que en el futuro se descubrirán las misteriosas leyes físicas o biológicas que explicarán definitivamente la evolución general. Nosotros, como creyentes, sabemos que esas leyes misteriosas son las que Dios estableció para todos los reinos de seres vivientes.
A inicios del siglo XXI, un número cada vez mayor de investigadores ha reconocido la aparición de una nueva cosmovisión científica. El famoso profesor inglés de física teórica Paul Davies fue uno de los primeros en dar la noticia. Refiriéndose a las teorías cuántica y de la relatividad, escribió en el prefacio del libro Dios y la nueva física:
«Los físicos empezaron a darse cuenta de que sus descubrimientos exigirían una reformulación radical de la mayor parte de los aspectos fundamentales de la realidad. Aprendieron a enfocar sus temas de un modo totalmente nuevo e inesperado que parecía alcanzar un elevado sentido común y acercarse más al misticismo que al materialismo» (Davies 1988b).
Actualmente, estamos entrando en una nueva etapa más crítica, que podría llamarse Posevolucionista. Cada vez más investigadores, aunque siguen creyendo en el transformismo (o evolucionismo), denuncian la incapacidad de la teoría evolutiva para explicar de forma eficaz la elevada complejidad e información observable en el universo y en los seres vivos.
La postura de un cristiano en esta nueva cosmovisión
El hijo de Dios debe interpretar la nueva cosmovisión «Postevolucionista» como una percepción que está a unos pasos de la gran verdad divina y como una oportunidad para acercar a los no creyentes a los caminos del Señor. En esta postura, afirmamos que el cristiano debe ser firme en una visión bíblicamente centrada de la vida y el mundo, en su entendimiento, desarrollo y aplicación de la ciencia y la tecnología (Colosenses 2:3). También negamos que las ciencias sean moralmente neutrales, de modo que no se vean afectadas por la visión de la vida y el mundo (Génesis 6:5; 1 Timoteo 6:20-21). Negamos, además, que haya contradicciones reales entre la Palabra de Dios (la Biblia) y las verdades reveladas en la naturaleza (Juan 3:12).
Espero que este artículo haya edificado enormemente tu vida. ¡Dios te bendiga, Comunidad de Impacto Evangelístico!