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LAS DEMANDAS DEL ANGUSTIADOR

Rev. Alberto Ortega En Isaías 51:23 dicen las Sagradas Escrituras: “Y lo pondré en mano de tus angustiadores, que dijeron a tu alma: Inclínate, y pasaremos por encima de ti. Y tú pusiste tu cuerpo como tierra, y como camino, para que pasaran”.

Publicado octubre 19, 2011
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En un momento determinado de nuestra vida cada uno de nosotros hemos experimentado lo que es la angustia. Esta consiste en un sentimiento interno, opresivo, de ansiedad o de incertidumbre, que sobrepuja al dolor físico, y del cual no se libra ningún hijo de Dios –no importa la posición jerárquica que ocupe dentro de un concilio o iglesia.

No obstante, según el original griego del Nuevo Testamento, la palabra “angustia” va más allá del sentido limitado que le damos hoy. En efecto, la misma significa: “caminar por un camino tan estrecho, que uno no puede salirse hacia un lado ni otro”; en otras palabras, la angustia consiste en sentirse atrapado o encerrado en una situación sin tener ningún tipo de movimiento o de maniobra posible.

Ahora bien, si en la escala del sufrimiento la angustia ocupa un lugar más alto que el dolor físico, esto quiere decir que el angustiador (o sea, el que provoca la angustia) es uno de nuestros enemigos más temible y poderoso. El menospreciador, por ejemplo, nos hace sentir rechazados y humillados, pero no es un angustiador. El primero desearía vernos eliminados y raídos del mapa, mientras que el angustiador tiene otro tipo de intenciones.

La porción bíblica de Isaías revela que el angustiador no se dirige al intelecto, sino al alma del ser humano para presionarla e intimidarla. Luego, el angustiador enuncia sus demandas: 1) que el alma se incline delante de él (“dijeron a tu alma: inclínate”); 2) que le deje pasar por encima de ella (“pasaremos por encima de ti”); 3) que ponga su cuerpo como tierra para dejarlo pasar (“pusiste tu cuerpo como tierra”).

A diferencia del menospreciador, el angustiador no solamente quiere pasar por encima de usted, sino que desea verle como tierra, como polvo, como algo inútil que se lleva el viento. Y es que el angustiador se deleita, al caminar por encima de aquellos a quienes ha hecho inclinar y volverse tierra delante de él. Sin duda, ante los ojos de Dios, no somos nada y nos humillamos para reconocerlo; mas cuán duro es oír decir al angustiador que no valemos ni tampoco servimos para nada.

I. CARACTERÍSTICAS DEL ANGUSTIADOR

En primer lugar, como indica el Salmista, el angustiador desgasta a las personas con el dolor y las lágrimas que provoca: “Mis ojos están gastados de sufrir; se han envejecido a causa de mis angustiadores” (Salmo 6:7). Su meta estriba, pues, en entorpecer o borrar nuestra visión por medio del quebrantamiento.

En segundo lugar, el angustiador se caracteriza por su furia y su ensañamiento mortal en contra de nosotros: “Levántate, oh Jehová, en tu ira; álzate en contra de la furia de mis angustiadores” (Salmo 7:6).

En tercer lugar, los ataques del angustiador son muy organizados e intensos, hasta que logra infundir en nuestra alma el sufrimiento de la angustia: “Porque ha perseguido el enemigo mi alma; ha postrado en tierra mi vida; me ha hecho habitar en tinieblas como los ya muertos. Y mi espíritu se angustió dentro de mí; está desolado mi corazón” (Salmo 143:3-4). Por último, el angustiador es también persistente, ya que éste lleva a cabo sus ataques de forma continua e interrumpida, para lograr provocar en nosotros la desesperación. Su estrategia de predilección consiste en afrentarnos, en hacernos sentir que no valemos nada y que somos inútiles. Por eso mismo gritó el salmista en medio de su angustia: “¿Hasta cuándo, oh Dios, nos afrentará el angustiador?” (Salmo 74:10).

Existen dos tipos de angustiadores: aquellos que atacan a las personas y aquellos que atacan la obra de Dios y sus ministros.

Tristemente, a veces los que nos angustian son aquellos a quienes teníamos por amigos. Los compañeros de Job se tornaron en sus angustiadores, que lo molían y lo desgastaban con sus comentarios. Por eso tuvo que gritar aquel hombre probado: “¿Hasta cuándo angustiaréis mi alma, y me moleréis con palabras?” (Job 19:2).

Asimismo, nuestros propios hermanos (de carne y sangre o en la fe) se pueden convertir en nuestros angustiadores, como sucedió en el caso de José. Después de haberlo vendido como esclavo, aquellos hermanastros sin entrañas se dijeron los unos a los otros: “Verdaderamente, hemos pecado contra nuestro hermano, pues vimos la angustia de su alma cuando nos rogaba, y no le escuchamos; por eso ha venido sobre nosotros esta angustia” (Génesis 42:21). Así pues, el angustiador no se apiada de nadie, ni siquiera de los suyos.

II. LA MESA DE DIOS PARA EL ANGUSTIADO

Detrás de cada uno de nuestros angustiadores, se enmascara el angustiador por excelencia: Satanás (el Señor lo reprenda). Él sabe escoger muy bien a sus víctimas, y no se interesa por aquellos que no tienen un llamado divino o tratos de Dios para con sus vidas. A éstos, el angustiador los ensalza y no los afrenta. Sin embargo, el diablo se indispone, se alza y ataca sin misericordia a todos aquellos con quienes Dios tiene propósitos; él odia a muerte a los que no se hacen tierra para que él camine por encima de ellos.

Ciertamente, parece incomprensible o contradictorio que, si el Señor tiene planes con nosotros, permita que lleguen los angustiadores a afrentar nuestras vidas. ¿Por qué? Porque los angustiadores son instrumentos que nos forman para lo que Dios nos tiene reservado más adelante.

Otro punto paradójico estriba en que Dios no elimina al angustiador, sino que hace algo todavía más poderoso con él. En efecto, existe una promesa hermosa en el Antiguo Testamento, reservada a todos los que están sufriendo a causa de los angustiadores: “Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores” (Salmo 23:5).

En otras palabras, Dios trae el angustiador ante la mesa que Él le está preparando, pero el angustiador no tiene parte ni suerte con usted. El angustiador tiene que quedarse de pie ante la mesa que Dios nos ha aderezado, pero no se puede sentar a disfrutar de ella con nosotros. Dios invita al angustiador a la mesa, pero solo para que contemple los manjares que Él nos está dando.

Amados lectores, la mesa divina siempre estará a la medida de los sufrimientos que nos inflige el angustiador. Cuando nos sentamos a la mesa del Señor, Dios mismo nos sirve el pan de los fuertes y la copa de los vencedores. En aquella mesa recibimos nuevas fuerzas, fortaleza, paz, sosiego y bonanza en medio de nuestra angustia y de nuestra tormenta.

¡Vale la pena ser humillado por el angustiador! Después, nos toca a nosotros comer en la mesa de Dios, y aquél solo mirar cómo Dios nos sirve. Cuando estamos sentados en la mesa de Dios, el angustiador ya no puede hablar ni afrentarnos.

Dios siempre ha respaldado y respaldará a los angustiados, a los que el angustiador quiere inclinar y convertir en la tierra para caminar por encima de ellos. En medio del desierto de la soledad y de la angustia que estemos cruzando, el Señor todavía puede poner mesa para nosotros (Salmo 78:19).

III. EL MESÍAS ANTE EL ANGUSTIADOR

Como hemos visto, en el Antiguo Testamento existía una promesa hermosa para el angustiado: Dios pondría mesa para él en presencia del angustiador. No obstante, por este medio, Dios ya estaba proyectando la victoria final sobre el angustiador de los angustiadores; por cuanto la mesa de Dios fortalece al angustiado, y lo honra mientras espera la derrota del que lo angustia.

En Isaías 53:7, hallamos la siguiente profecía acerca del Mesías que habría de venir al mundo: “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca”. También dice más adelante: “En toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz los salvó; en su amor y en su clemencia los redimió, y los trajo, y los levantó todos los días de la antigüedad” (Isaías 63:9).

La angustia es un sentimiento humano, no divino, mas el Hijo de Dios también fue angustiado en todas las angustias que puedan ser las nuestras. Nuestro amado Salvador también conoció ese proceso que desgasta, que nos muele, y que nos hace sentir abandonados.

Cristo fue el “varón de dolores, experimentado en quebranto” por excelencia (Isaías 53:3). El Señor Jesucristo sabe lo que sentimos cuando la angustia nos oprime, por cuanto el angustiador vino a afrentarlo también a Él durante su estadía en la tierra.

Los ataques de Satanás en contra de Cristo sucedieron en momentos claves de Su ministerio terrenal. El diablo siempre esperó los momentos oportunos, o ciertas condiciones favorables para ejercer su presión de tentador, mas no intervino como angustiador.

Por ejemplo, cuando Cristo fue enviado por el Espíritu al desierto, el diablo apareció para tentarle solamente al cabo de cuarenta días, deduciendo que el Maestro tenía hambre: “Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre. Y vino a él el tentador” (Mateo 4:2-3).

Así pues, el diablo se manifestó varias veces tras la figura del tentador; mas Cristo estaba esperando que se manifestara como angustiador.

En Génesis 3:15, Dios dijo a la serpiente antigua: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”. La meta de Jesús estribaba en llevar al angustiador de los angustiadores a la cruz del Calvario con Él, para allí aplastarle la cabeza para siempre.

Durante treinta y tres años, Satanás estuvo esperando pacientemente la manifestación de alguna señal en Jesucristo, para levantarse contra Él como angustiador. Por lo tanto, cuando nuestro amado Salvador llevó a Sus discípulos al huerto de Getsemaní, dicen las Escrituras que: “Comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera” (Mateo 26:37), y exclamó: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte…” (Marcos 14:33-34).

Amados lectores, este grito no consistía en una confesión de miedo, sino en un llamado directo al angustiador de Su alma, un reto para que éste viniera a confrontarlo. En otras palabras, Cristo estaba dándole una cita a Satanás, para que éste viniera a encerrarse en la trampa del huerto de Getsemaní. Ahora bien, cuando la serpiente antigua penetró en el huerto, vio que aquellos a quienes Jesús había pedido que velaran con Él se habían dormido (Mateo 26:38-44). El angustiador los pasó, pues, de largo, porque él nunca importuna a los que están dormidos espiritualmente.

Sin embargo, a un tiro de piedra de los discípulos, se hallaba el Maestro orando solo, postrado con Su rostro inclinado, mientras grandes gotas de sudor como sangre corrían por Su frente y caían en tierra. La angustia de aquel momento crucial le hacía rogar: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).

Como dijimos anteriormente, una de las demandas del angustiador consiste en que nos inclinemos ante él. Cuando Satanás vio a Cristo postrado de rodillas, pensó que nuestro Señor se había inclinado, que se había vuelto como tierra para dejarlo pasar por encima de Él. No obstante, en el momento cuando la serpiente antigua intentó pasar por encima de Cristo, sintió como una mano fuerte la asió. Durante toda Su vida, nuestro Salvador siempre había estado esperando a aquella serpiente, para tomarla por la cabeza y llevarla con Él a la cruz. Amados, mientras clavaban los pies del Señor en el madero, la serpiente le estaba mordiendo con furor el calcañar; mas Él, a su vez, le estaba aplastando la cabeza con más fuerza todavía. Cada martillazo de los romanos en los clavos era un golpe terrible en la cabeza de la serpiente. El angustiador suyo y mío fue crucificado en la cruz junto con Cristo.

Al morder el talón de Cristo, la serpiente antigua intento transmitir a nuestro Salvador su veneno mortal. Sin embargo, en 1 de Corintios 15:54-55, leemos: “Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?”. El verbo “sorber”, en el original griego, significa “succionar algo y escupirlo a lo lejos”. Cristo succionó aquel veneno diabólico y lo echó lejos de Él, y por ende, lejos de nosotros también. Aquel terrible día de la crucifixión, el angustiador perdió para siempre todo poder sobre nuestras almas.

Querido hermano, si usted siente que el angustiador le está acechando, si le está ordenando que usted se incline ante él para que pueda pasarle por encima; vaya a la cruz del Calvario, y contémplelo crucificado allí para siempre. Ningún angustiador podrá nunca quitarnos la paz de Dios, por cuanto todos ellos fueron crucificados con el angustiador por excelencia. Dígale a su angustiador que no tiene parte ni suerte con usted.

Amigo, al entregar Su vida y al morir por usted en la cruz, Cristo permitió que la serpiente antigua le mordiera el talón y lo hiriera. Mas esto fue para que el angustiador no pudiera seguir mordiéndolo a usted. En efecto, dice la Palabra de Dios: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:5-6).

Jesucristo fue a la cruz del Calvario a causa de sus rebeliones y de las mías. Él llevó sobre Sus hombros el peso de nuestros pecados, no importa cuáles sean, y por Su sacrificio fuimos justificados. Él llevó también a la cruz nuestras angustias y nuestros temores, y nos dio una paz inconmensurable. Acéptelo hoy mismo como su único y exclusivo Salvador, confiese sus pecados y entréguele su corazón y su vida. Dios le bendiga.

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