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LA TRAGEDIA DEL PECADO

Rev. Carlos Guerra Solo Cristo puede hacer de usted un hombre o una mujer nueva, y le permitirá recuperar lo que la lepra del pecado le ha arrebatado.

Publicado enero 3, 2012
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15 Min lectura

“Y el leproso en quien hubiere llaga llevará vestidos rasgados y su cabeza descubierta, y embozado pregonará: ¡Inmundo! ¡Inmundo! Todo el tiempo que la llaga estuviere en él, será inmundo; estará impuro, y habitará solo; fuera del campamento será su morada”(Levítico 13:45-46).

En la Biblia se mencionan muchos tipos de enfermedades. Sin embargo, Dios hizo tal énfasis en la enfermedad de la lepra, que, a la diferencia de las demás dolencias, le dedicó varias leyes. Dicha enfermedad era peculiar, dado que no era tratada por los médicos, sino por los sacerdotes. Sus características estribaban en ser una enfermedad hereditaria, muy contagiosa y oculta, o sea, uno podía llevarla en el cuerpo muchos años sin percatarse de ello. Los primeros síntomas de la lepra eran unas pequeñas manchas blancas rojizas que aparecían en la piel, pero cuando el individuo las veía, ya era demasiado tarde para él.

El pecado funciona de la misma manera se inicia con cosas pequeñas, que juzgamos insignificantes y de las cuales pensamos que no afectan ni nuestro corazón, ni nuestra mente, ni nuestro cuerpo. La lepra del pecado se esparce poco a poco, hasta que carcome la moral y hunde al hombre y a la mujer en la más sórdida corrupción. Uno empieza con un trago de alcohol, con un cigarrillo, con una primera inyección de droga, con un poquito de pornografía y, cuando viene a darse cuenta, el pecado ya le está ahogando. Hoy día, al pecado se le ha minimizado y dicha palabra ha tomado un significado leve. Algunos prefieren pintar el pecado de otros colores, pero el pecado sigue siendo pecado a pesar de que se le cambie el color. Aunque estamos en el siglo XXI, la paga del pecado todavía es la muerte.

A través de este mensaje, deseo que logremos entender cuáles son los estragos del pecado y por qué debemos guardarnos de él. Poco importa nuestra posición en la Iglesia o en algún concilio; si el virus del pecado infecta nuestras vidas y bajamos la guardia en nuestra congregación al Señor, cualquiera de nosotros puede perder todo lo que hemos ganado.

El judío leproso no solo padecía de una enfermedad maligna, sino que también era considerado como una persona inmunda, impura, sucia. Por esta razón, tenía que vivir exiliado y alejado de su familia, de la ciudad, y se le trataba como a un paria de la sociedad. En efecto, los leprosos tampoco podían participar de las fiestas solemnes israelíes y, entre ellas, la fiesta anual de la Pascua. Dicha celebración era la más anhelada y concurrida por los judíos, quienes se sentían privilegiados al poder allegarse a la tierra santa para adorar al Señor.

Además del sufrimiento del aislamiento, el leproso pasaba por la terrible humillación de tener que advertir a los transeúntes sobre su enfermedad, pregonando ¡inmundo! por las calles mientras caminaba. Imagínese usted el terror que experimentarían los niños al ver a aquel personaje sin orejas, sin nariz, en harapos y hediondo dado la putrefacción. La gente se apartaba lo más posible de él, porque temían al contagio. Cuando el gentío se había alejado lo suficiente, entonces el leproso pedía si alguien le pudiera dar algo de comer; según la costumbre, se les hacía limosna de un trozo de pan o de algún pescado.

Amados, cualquiera de nosotros podía haber sido un leproso. Pero, en esta ocasión, vamos a imaginar que se trataba de un joven profesional, a quien todo le sonreía tanto en lo profesional como en su vida personal. Un día, su esposa nota algo extraño en su piel que se asemeja a unas manchas blancas rojizas, y le pregunta qué es aquello. Sin duda, él le contesta que eso no es nada, porque esta es la primera expresión que suelen emitir los que ya han sido infectados por el virus del pecado. A medida que las llagas se multiplicaban en el cuerpo, la mujer alarmada le indica que vaya al médico para un chequeo, y el joven empieza a preocuparse también. Qué sorpresa la suya cuando el médico le indica que, por ley, no tiene el derecho de diagnosticar esa enfermedad y le manda ante los sacerdotes.

Amados, existen dolencias que los médicos de esta tierra no entienden ni pueden solucionar. En sus vanos intentos y limitaciones, los especialistas le recetan a las personas somníferos o bien electrochoques. Sin embargo, lo único que hace la ciencia es mandar al paciente otra vez a su casa, sacudido por las descargas eléctricas recibidas y soñolientas, ¿por qué? Porque la medicina humana se encuentra sin recursos ante las enfermedades espirituales y las dolencias del alma, que tan solo un milagroso toque divino puede sanar y restaurar. Jesucristo es el único especialista que puede sanarle de la depresión, y de toda enfermedad moral que esté afectando su vida.

Entonces, aquel joven se dirige preocupado al templo, preguntándose cuál será la causa de aquellas manchas rojizas que el médico no puede diagnosticar. El sacerdote examina con cautela al paciente y, antes de emitir una opinión definitiva, le informa que lo va a encerrar durante siete días. El muchacho, pues, se va a despedir de su familia, prometiéndole, quizás, volver dentro de una semana. Todavía está convencido de que su enfermedad es benigna. A su regreso al templo, el levita le entrega el libro de la ley, para que lo lea y se familiarice con las reglas concernientes a los leprosos. El joven, extrañado, ojea el libro y se dice que no lo necesita porque no está enfermo. La más terrible tragedia del pecado es que la persona es completamente inconsciente de su estado, y piensa que todo está bien. El mal le está carcomiendo, y el pecador no se percata de ello.

Las manchas, no obstante, se siguen multiplicando y la angustia del joven también crece. Al final de los siete días el sacerdote le llama y, al verle, le declara lo que es obvio: éste padece de lepra. La primera reacción del joven es estallar en llanto y gritar de desesperación, porque su vida, su familia y sus planes están destruidos. Amados hermanos y amigos, esta es la segunda tragedia del pecado: destruye las vidas, las familias, los sueños, las ilusiones, las metas, la salud, las finanzas, etc. Nada ni nadie se puede escapar de sus garras, y afecta tanto al individuo como a todos los que le rodean.

A continuación, la próxima reacción del leproso es el rechazo ante la realidad. Nuestro joven se niega a aceptar las consecuencias del pecado y de la lepra que padece. ¿Cuántos no hacen como él? Esconden el rostro en la arena para no atenerse a las consecuencias que entrañan sus actos, pero este tipo de actitud no hace desaparecer los efectos del pecado.

En efecto, déjeme decirle que tan solo un cigarrillo le hace fumador, un trago de licor le hace alcohólico, una inhalación de marihuana le hace drogadicto. Si no consagramos nuestras vidas, el virus de la lepra puede infectarnos a todos. Quizás sus ojos tienen lepra, porque le ha echado un vistazo a una película o a una revista pornográfica; tal vez usted tiene las orejas leprosas, porque ha oído lo que no tenía que oír; quizás usted tiene la lengua leprosa, porque ha hablado mal de los siervos de Dios, de sus superiores, o de sus hermanos en Cristo; quizás tiene usted los pies leprosos, porque ha ido donde no tiene que ir; quizás tiene usted el bolsillo leproso, por haberle robado los diezmos al Señor.

La ley condenaba al leproso a ser exiliado con los demás enfermos durante el resto de su vida. ¡Qué terrible! Imagínese la tragedia hogareña que se armaría cuando la esposa y los hijos ven llegar al enfermo con las ropas rasgadas, como señal de gran calamidad. Ya no puede acercarse a sus familiares, menos abrazarles y, lo peor de todo, ha de gritarles que es inmundo.

Amado lector, otra de las tragedias del pecado es que quebranta a las familias, a los ministerios, a las iglesias y hasta los concilios. En efecto, el pecado es una fuente de división, de disensión, de alejamiento y de rechazo hacia los que le rodean a uno.

Como nos pasaría a todos, la llegada al pueblo de los leprosos en aquel joven provoca frustración, amargura de espíritu, tristeza y el sentimiento de haberlo perdido todo. Después de semanas y de meses en la leprosería, nuestro personaje piensa en el pasado y en lo bien que le iba la vida. También, con remordimientos, pide una oportunidad para hacer las cosas de forma diferente.

Querido amigo, no se mienta a sí mismo: aunque usted tuviera la oportunidad de volver a empezar en cero, volvería a cometer los mismos errores. En efecto, ni el remordimiento ni el hecho de torturarse a sí mismo pueden solucionar nada en su vida de pecado. Lo único que le permite empezar una vida nueva es el arrepentimiento que significa, en griego “dar media vuelta y seguir en la dirección opuesta”.

Pero, a medida que transcurre el tiempo, la condición del leproso no cesa de empeorar y ya casi está irreconocible. Hermanos, también es esta la tragedia del pecado: transforma al hombre en un monstruo, y los demás no logran creer que se trata de su hijo, de su padre, de su esposo, de un hermano de la congregación, de un gran evangelista, de un supervisor, de un presbítero. El pecado desfigura y destruye al hombre, a la mujer e incluso al niño.

Todo su cuerpo está hecho una llaga, tan solo conoce el dolor y desea morirse. Además, conforme la enfermedad empeora, los leprosos se tornan en personas maldicientes, irrespetuosas, de humores insoportables y odiosos. En efecto, maldicen a Dios, a la sociedad, a su familia y a toda persona que se les acerque. La depresión les embarga y pierden las ganas de vivir, de seguir hacia adelante, porque no le encuentran ningún sentido a su existencia en la tierra. El diablo, entonces, aprovecha la ocasión y les susurra al oído que se suiciden tirándose de un puente, tomando barbitúricos o disparándose una bala en la cabeza. Créame, esa no es la solución al problema de la lepra del pecado. Lo único que hace desaparecer esa lepra que está matando a fuego lento, es entregarle su corazón a Cristo.

Estimado lector, aún hay esperanza para usted, pese a la pésima condición en la que se encuentra. No importa lo que haya hecho o la situación por la cual está pasando. Tenga confianza, porque existe alguien quien es el remedio infalible contra la lepra que le carcome. Cristo sana los enfermos, abre los ojos a los ciegos, resucita a los muertos, y también sana a los leprosos.

Imagínese el encuentro del leproso con Jesús. Cuando el primero oye que se acerca una multitud, se levanta, listo para pregonar su condición de inmundo y verles apartarse de su camino. La caravana se detiene, en efecto, observando en silencio a ese monstruo que se aproxima, desfigurado por la enfermedad y hediondo. Pero, cuando alza la mirada, ve a alguien que, en vez de alejarse como los demás, se acerca a él. Amado, ¡Cristo no es como los demás! Haga como el leproso, quien “se postró con el rostro en tierra y le rogó, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme” (Lucas 5:12).

La reacción de Cristo y los efectos de su toque divino no se hicieron esperar: “Entonces, extendiendo Él la mano, le tocó, diciendo: Quiero, sé limpio. Y al instante la lepra se fue de él… sino ve, le dijo, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación, según mandó Moisés, para testimonio a ellos” (Lucas 5:13-14). El pecado destruye y desfigura, pero el toque purificador de Cristo entraña la restauración del individuo.

Amigo que lee estas líneas, solo Cristo puede hacer de usted un hombre o una mujer nueva, y le permitirá recuperar lo que la lepra del pecado le ha arrebatado. Pídale misericordia, Él extenderá su mano y le tocará con su poder. No se quede manchado; todavía hay limpieza en Cristo para usted. Dios le bendiga.

EL ETERNO PROPÓSITO DE DIOS
LA EFICACIA DEL MENSAJE DE DIOS
LA ORACIÓN FUENTE DE PODER
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