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Impacto Evangelístico > Noticias > Actualidad > ¿QUÉ DICE LA CIENCIA SOBRE EL NUEVO TESTAMENTO?
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¿QUÉ DICE LA CIENCIA SOBRE EL NUEVO TESTAMENTO?

El Nuevo Testamento es la principal fuente histórica que provee de información acerca de Jesús. Debido a esto, durante los siglos XIX y XX muchos críticos han atacado la confiabilidad de los documentos bíblicos. Tal parece que hay una constante oleada de acusaciones que no tienen fundamento histórico o que han sido descartadas por la investigación y por los descubrimientos arqueológicos. Josh McDowell

Publicado julio 4, 2016
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19 Min lectura

En el siglo XX, los descubrimientos arqueo­lógicos han confirmado la exactitud de los manuscritos del Nuevo Testamento. El descubri­miento de los antiguos manuscritos (el manus­crito John Ryland, 130 A. D.; el papiro Chester Beatty, 155 A. D.; y el papiro Bodmer II, del año 200) sirvió de puente entre el tiempo de Cristo y los manuscritos existentes de la fecha posterior. [A. D.: Anno Dómini, en el año del Señor]

Millar Burrows, de la Universidad de Yale, dice: “Otro resultado de comparar el Nuevo Tes­tamento griego con el lenguaje de los papiros [descubiertos] es el aumento de confianza en la exacta transmisión del texto del Nuevo Testa­mento”. Descubrimientos de esta naturaleza han acrecentado la seguridad de los eruditos en la confiabilidad de la Biblia.

William Albright, considerado el más desta­cado arqueólogo bíblico en el mundo, escribe: “Podemos afirmar con absoluta seguridad que ya no hay ninguna base sólida para determinar el tiempo en que se escribió el Nuevo Testamento en fecha posterior al 80 A. D. Esto quiere decir que fue escrito dos generaciones antes de las fe­chas indicadas por los críticos contemporáneos más radicales del Nuevo Testamento”. Él reitera este concepto en una entrevista concedida a la revista Christianity Today (Cristianismo Hoy): “En mi opinión, cada uno de los libros del Nue­vo Testamento fue escrito por un judío bautizado entre el año 40 y 80 del primer siglo A. D.”

Sir William Ramsay es considerado uno de los arqueólogos de más renombre en la historia. Estudió en una escuela alemana de Historia que enseñaba que el libro de los Hechos fue producto de la mitad del siglo segundo A. D. y no del pri­mer siglo, como el libro parece dar a entender. Después de leer la crítica moderna acerca del li­bro de los Hechos llegó al convencimiento de que eso no era un documento fidedigno en relación con los acontecimientos de ese periodo de la his­toria (el 50 A. D.) y que, por lo tanto, no merecía que lo tuviera en consideración un historiador. Así que en su investigación sobre la historia del Asia Menor, Ramsay le puso muy poca atención al Nuevo Testamento.

Sin embargo, con el transcurso del tiempo su investigación lo obligó a considerar los escritos de Lucas. Observó la meticulosa precisión de los de­talles históricos y paulatinamente empezó a cam­biar su actitud hacia el libro de los Hechos. Se vio forzado a concluir que “Lucas es un historiador de primera categoría… este autor debe ser colocado al lado de los más grandes historiadores”. Como consecuencia de la exactitud de los detalles, Ram­say aceptó al fin que el libro de los Hechos no era un documento del siglo II, sino del I.

Muchos de los críticos modernistas se ven obligados a considerar que el Nuevo Testamento fue escrito en una fecha anterior a la que habían fijado. Hoy, los críticos de “la forma” dicen que el material se divulgó oralmente hasta que fue es­crito en la forma de Evangelios. Aunque el perio­do fue mucho más corto de lo que antes se creía, concluyen que los relatos del Evangelio tomaron la forma de la literatura popular (leyendas, cuen­tos, mitos y parábolas).

Soy de la opinión de que la confiabilidad his­tórica de las Sagradas Escrituras debe ser proba­da utilizando los mismos criterios con los cuales son aprobados los documentos históricos. El his­toriador militar C. Sanders enumera y explica los tres principios básicos de la historiología. Son: la prueba bibliográfica, la prueba de las evidencias internas y la prueba de las evidencias externas.

LA PRUEBA BIBLIOGRÁFICA:

La prueba bibliográfica es un examen de la trans­misión textual mediante la cual los documentos llegaron hasta nosotros. En otras palabras, al no tener los documentos originales, ¿cuán confiables son las copias que tenemos en relación con el número de manuscritos y el intervalo de tiempo transcurrido entre el original y la copia existente?

Podemos apreciar la tremenda riqueza de au­toridad del manuscrito del Nuevo Testamento al compararlo con material textual procedente de otras fuentes antiguas notables.

Aristóteles escribió su obra Poética alrede­dor del 343 a. C. Sin embargo, la más antigua copia que tenemos de ella data del 1100 d. C. Eso quiere decir que entre el original y la copia hubo un periodo de cerca de 1400 años.

César compuso su Historia de las guerras gálicas entre el 58 y el 50 A. D. La autoridad de su obra, en lo que se refiere a manuscritos, se basa en nueve o diez manuscritos escritos mil años después de su muerte.

Cuando llegamos a la autoridad del Nuevo Testamento en lo que a manuscritos se refiere, en contraste, la abundancia de material es des­concertante. Después de los descubrimientos de los antiguos manuscritos en papiro que sirvieron como puente entre los tiempos de Cristo y el si­glo I, otros manuscritos en abundancia salieron a la luz. Hoy existen más de 20 000 copias manus­critas del Nuevo Testamento. De La Ilíada, por ejemplo, existen 643 manuscritos, y es la obra que ocupa el segundo lugar en cuanto a autoridad de manuscritos, después del Nuevo Testamento.

El erudito en Nuevo Testamento griego J. Ha­rold Greenlee, afirma: “Puesto que los eruditos aceptan generalmente como fidedignos los escri­tos de los antiguos clásicos, aunque sus manus­critos más antiguos fueron escritos muchísimo tiempo después que los originales, y el número de los manuscritos existente es en muchos casos mínimo, queda claro que la fidelidad del texto del Nuevo Testamento está igualmente confirmada”.

La aplicación de la prueba bibliográfica al Nuevo Testamento confirma que, en lo que a ma­nuscritos se refiere, tiene más autoridad que cual­quier obra de la literatura clásica. Si agregamos a esa autoridad el hecho de que durante más de 100 años se le ha hecho una intensa crítica textual al Nuevo Testamento, uno puede concluir que se ha establecido un auténtico texto del Nuevo Tes­tamento.

LAS EVIDENCIAS INTERNAS:

Lo único que ha determinado la prueba biblio­gráfica es que el texto que actualmente tenemos es el que originalmente se escribió. Todavía que­da por determinar si ese documento es creíble y hasta qué punto. Esto corresponde a la crítica interna, que es la segunda prueba que C. Sanders plantea sobre la  historicidad. En este punto, la crítica literaria todavía si­gue la máxima de Aristóteles: “El beneficio de la duda se le debe atribuir al documento mismo, no al crítico”. Dicho de otra manera, y tal como John W. Montgomery lo resume: “Uno tiene que oír las afirmaciones del documento que está analizando, y no asumir que hay fraude y error, a menos que el autor se descalifique a sí mismo mediante contradicciones o aspectos inexactos conocidos con respecto a los hechos”.

Louis R. Gottschalk, exprofesor de Historia de la Universidad de Chicago, esquematiza su método histórico en una guía que muchos usan en su investigación histórica y señala que la “ca­pacidad para decir la verdad”, del escritor o del testigo, le es útil al historiador para determinar la credibilidad, “aunque el testimonio de esta ‘ca­pacidad’ se encuentre en un documento obtenido por fuerza o mediante fraude, o en cualquier otro sentido censurable, o se base en testimonios de referencia, o proceda de un testigo interesado”.

Esta “capacidad para decir la verdad” está íntimamente relacionada con la proximidad del testigo tanto geográfica como cronológicamente, a los acontecimientos que escribe. Los escritos del Nuevo Testamento sobre la vida y las enseñan­zas de Jesús fueron redactados por hombres que habían sido testigos oculares de los eventos rea­les y de las enseñanzas de Cristo, o por personas que relataron lo que les dijeron directamente los testigos oculares.

Lucas 1:1-3: “Puesto que muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que en­tre nosotros han sido ciertísimas, tal como nos las enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, después de haber investiga­do con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo”.

San Juan 19:35: “Y el que lo vio da testimo­nio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice la verdad, para que vosotros también creáis”.

San Lucas 3:1: “En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes tetrarca de Gali­lea, y su hermano Felipe tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia…”.

Esta proximidad a los acontecimientos que se escribieron es un medio muy efectivo para cer­tificar con exactitud lo que retiene el testigo. El historiador, sin embargo, también tiene que hacer frente al testigo ocular que consciente o incons­cientemente dice falsedades, aunque haya estado cerca del evento y sea competente para decir la verdad.

Los datos que da el Nuevo Testamento acerca de Cristo estaban en circulación durante la vida de aquellos que vivieron cuando Cristo estuvo en la Tierra. Estas personas realmente podían confirmar o negar la exactitud de los aconteci­mientos. En defensa de su argumento a favor del Evangelio, los apóstoles habían acudido al acon­tecimiento común que se tenía de Jesús, aun al enfrentar a sus más implacables oponentes. Ellos no solo dijeron: “Mirad, nosotros vimos esto” o “Nosotros oímos que…”; sino que también les devolvieron el reto, y justo frente a sus críticos más severos dijeron: “Y vosotros también sabéis acerca de estas cosas…” “Vosotros las visteis; vosotros mismos sabéis acerca de ello”. Es mejor que uno tenga cuidado cuando les dice a sus opo­sitores: “Vosotros mismos lo sabéis”, pues si no tiene razón en lo que dice y no es exacto, es re­chazado inmediatamente y se lo echarán en cara.

Con respecto al valor de la fuente primaria de los documentos del Nuevo Testamento, F. F. Bruce dice: “Pero los predicadores primitivos no solo tuvieron que vérselas con testigos amisto­sos; hubo otros que estuvieron menos dispuestos pero que también estaban enterados de los hechos más importantes del ministerio y de la muerte de Jesús. Los discípulos no podían exponerse a la presentación de datos inexactos, mucho menos a la manipulación maliciosa de los hechos, pues habrían sido descubiertos de inmediato por quie­nes se hubiesen sentido satisfechos de poder ha­cerlo. Pero sucedió todo lo contrario: uno de los puntos fuertes que surgen de la predicación ini­cial de los apóstoles es la confianza con que ape­laban a los conocimientos que tenían aquellos que los escuchaban. No solo dijeron: ‘Nosotros so­mos testigos de estas cosas’, sino que agregaron, ‘como vosotros mismo sabéis’ (Hechos 2:22). Si hubiese habido cualquier tendencia a apartarse de los hechos en cualquier sentido, la presencia de posibles testigos hostiles en el auditorio habría servido posteriormente de correctivo”.

Ernesto Trenchard enseñó exégesis durante unos cincuenta años en España y su magisterio ha llegado a formar “escuela”. Sus libros sobre esta materia son conocidos en América Latina. Comentando los fragmentos correspondientes a Hechos 2:22 y 26:26-29, destaca las amplias repercusiones que las obras de Jesús tuvieron en círculos nada sospechosos de influencia cristiana: “… las características principales del ministerio de Jesús eran conocidas por el reiterado testimonio de muchos testigos, favorables y contrarios. Uno que se llama ‘Jesús Nazareno’ había vivido entre ellos y en los estrechos límites territoriales de Palestina había llevado a cabo un ministerio extraordinario. Los milagros eran innegables y formaban parte de la conversación de miles de hogares y puntos de reunión de los judíos. Pero declara que estas obras eran las ‘credenciales’ que Dios dio a este varón con el fin de que todos supiesen que su misión era divina”.

LAS EVIDENCIAS EXTERNAS:

La tercera prueba de la historia es la de las evi­dencias externas. Lo que se discute en este caso es si otro material histórico confirma o niega el testimonio interno de los documentos en cues­tión. En otras palabras, ¿cuáles son las fuentes que existen, fuera de la literatura que se está ana­lizando, que comprueban su exactitud, confiabili­dad y autenticidad?

Gottschalk argumenta que “la conformidad o el acuerdo con otros hechos conocidos, históricos o científicos es a menudo la prueba decisiva del testimonio, bien sea de uno o más testigos”.

Dos amigos del apóstol Juan confirman la evidencia interna de los informes. El historiador Eusebio preserva escritos de Papías, arzobispo de Hierápolis (130 A. D.): “El Anciano [el após­tol Juan] acostumbraba decir también esto: Mar­cos habiendo sido el intérprete de Pedro, el cual ajustaba sus enseñanzas según las necesidades y no como si estuviera haciendo una compilación de los dichos del Señor. Por lo tanto, Marcos no cometió errores al escribir las cosas tal como las menciona, y es que puso atención en una sola cosa: no omitir nada de cuanto había escuchado ni incluir ninguna declaración falsa entre todo ello”.

Ireneo, obispo de Lyon, escribió: “Mateo publicó su Evangelio entre los hebreos [es decir, judíos] en su propia lengua, cuando Pedro y Pa­blo estaban predicando el Evangelio en Roma y fortaleciendo a la Iglesia allí. Después de su par­tida [es decir, su muerte, que una sólida tradición coloca en el tiempo de la persecución neroniana en el año 64], Marcos, el discípulo e intérprete de Pedro, personalmente nos entregó por escrito la sustancia de la predicación de Pedro. Lucas, el compañero de Pablo, escribió en un libro el Evangelio predicado por su maestro. Entonces Juan, el discípulo del Señor, el que se recostó sobre el pecho de Jesús [esta es una referencia a Juan 13:25; 21:20], produjo su propio Evangelio cuando vivía en Éfeso, en Asia”.

La arqueología ofrece frecuentemente un po­deroso testimonio externo. Contribuye a la crítica bíblica, no en sentido de inspiración y de la reve­lación, sino por el hecho de las evidencias que provee sobre la exactitud de los acontecimientos que se narran. El arqueólogo Joseph Free escribe: “La arqueología ha confirmado innumerables pa­sajes que habían sido rechazados por los críticos por considerarlos antihistóricos o contradictorios de los hechos conocidos”.

F. F. Bruce dice que “donde se ha sospecha­do que Lucas fue inexacto, y la exactitud ha sido vindicada [por] la evidencia de alguna inscrip­ción [evidencia externa] se puede decir legíti­mamente que la arqueología ha confirmado los datos del Nuevo Testamento”.

A. N. Sherwin-White, un historiador clási­co, escribe que “para el libro de los Hechos, la confirmación de su historicidad es abrumadora”. “Cualquier intento de rechazar su historicidad básica, aun en materia de detalles, ahora puede parecer absurdo. Los historiadores romanos hace mucho tiempo que lo consideran verídico”.

Después de intentar personalmente aniqui­lar la historicidad y la validez de las Sagradas Escrituras, he llegado a la conclusión de que son históricamente fidedignas. Si alguna perso­na descarta la Biblia por no considerarla veraz en este sentido, tendrá que descartar la mayor parte de la literatura de la antigüedad. Uno de los problemas que constantemente enfrento es la intención de muchos de aplicar un patrón de prueba a la literatura secular y otro a la Biblia. Tenemos que aplicar la misma prueba, si la li­teratura que se investiga es secular o religiosa. Habiendo dicho esto, creo que podemos decir: “La Biblia es fidedigna y su testimonio acerca de Jesús es cierto”

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