MARÍA, UNA MUJER DE CONFIANZA
«Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón» (Lc. 2:51). En el corazón de María siempre hubo una disponibilidad espiritual para el servicio, y ella supo guardar en secreto todo lo que el ángel le había revelado con respecto a Jesús y Su misión mesiánica antes de que naciera.
Cuando María y José llevaron a Jesús al templo, para que fuera circuncidado, Simeón le profetizó: «Y una espada traspasará tu misma alma» (Lc. 2:35). ¿Cuántas madres, como María, abrigan tristezas profundas en sus corazones? ¿Cuántas madres mantienen ciertas cosas negativas encerradas bajo llave en el secreto de su corazón, unas cosas que las hieren y las martirizan?
Como se sabe, las madres desarrollan un poderoso instinto de protección para con sus hijos. Y María, como madre, también lo hizo. Ella sabía qué pasaría con Jesús y, seguramente, sentía tristeza al pensarlo. Sin embargo, ella nunca permitió que sus sentimientos maternales interfirieran en el transcurso del plan de Dios.
María tenía una confianza maternal en Cristo, y esto lo demuestra su actuación en las bodas de Caná. Ella no fue a Jesús pensando que Él haría un milagro, sino como una madre que ve las capacidades y los talentos de su hijo. María puso toda su confianza en Jesús, sabiendo que Él era capaz de ayudarla en aquella situación, que no le fallaría, y que sabría hacer lo correcto. Por este motivo, ella dijo a los siervos que atendían a los comensales de la boda: «Haced todo lo que os dijere» (Jn. 2:5).
María confiaba completamente en Jesús. Ella le había enseñado bien, le había inculcado unos principios morales sólidos, y por eso sabía que Él no dañaría nunca su testimonio ni tampoco traería el deshonor a su casa. Es menester concienciarnos de que los principios y los valores fundamentales de la vida se enseñan principalmente en el hogar, no en la iglesia ni en la escuela.

MARÍA, UNA MUJER FIEL
«Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena» (Jn. 19:25). En medio de tanto dolor y sufrimiento, la madre de Jesús estaba al pie de la cruz, apoyando a Jesús como una madre apoya a su hijo. El apóstol Juan analizó muy bien la escena, y no visualizó a María como una mediadora en el plan de la redención que se estaba cumpliendo en aquel momento, sino que le prestó atención a la entrañable relación filial que existía entre ambos.
¿Qué representa la cruz? Sufrimiento, padecimiento, sangre, golpes, torturas, burlas, crisis física y emocional. Asimismo, hoy en día nos encontramos en un estado de crisis gravísimo: las drogas, el alcohol, el sexo libre, la delincuencia, etc., están causando graves estragos en la juventud e incluso en la juventud de las iglesias.
No obstante, cabe decir que existen unas posiciones erróneas aún dentro de la misma iglesia, las cuales plantean que se ha de echar de la casa a aquellos hijos que, por sus errores injustificables (porque no pretendo justificar aquí lo injustificable) han deshonrado nuestro hogar o nuestro ministerio. Muchas veces, incluso, oímos crueles comentarios dirigidos contra los pastores que tienen hijos rebeldes o descarriados: «Si no es capaz de pastorear su casa, ¿cómo pretende pastorear una iglesia?». Amados hermanos, tenemos que ser muy prudentes a la hora de emitir estas críticas acerbas e hirientes, porque uno nunca sabe qué darán de sí sus propios hijos, y con la misma medida que usamos para medir a otros, nos volverán a medir a nosotros.
Ahora bien, la vergüenza que sienten los padres cristianos ante el descarrío o los errores de su prole, les hace perder de vista que tienen a sus hijos clavados en una cruz. Ciertamente, esos hijos no están padeciendo para salvar a nadie, sino que cayeron en una trampa, se enredaron en situaciones que los tienen en un estado de aislamiento. Por eso mismo, nuestros hijos necesitan que estemos a su lado en esos trances de dolor. En todo momento, María se sintió identificada con Jesús, porque el amor de una madre no termina bajo ninguna circunstancia, ni siquiera las peores.
La espada que traspasó el corazón de María, al ver a Jesús en la cruz, también ha traspasado, simbólicamente, el corazón de incontables madres. Muchas han visto a su hijo tras las rejas de una cárcel, arrastrándose bajo los efectos del alcohol y de las drogas, a una hija en edad de disfrutar de la vida con un bebé en los brazos. Pero recuerde que Dios tiene cada una de sus lágrimas en Su redoma.
Jesús sabía a qué había venido, y por qué estaba muriendo en la cruz, pero también era consciente de su responsabilidad filial y, por ende, no perdió nunca de vista sus emociones y sus sentimientos. «Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien Él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa» (Jn. 19:26-27).
«El discípulo la recibió en su casa». ¡Qué frase más hermosa! Esta expresión denota que María se sintió bienvenida en la casa de Juan, hasta el día en que partió de este mundo para volver a encontrarse con Cristo en el cielo.